Capítulo 4: Invitados a la culpa

La semana que precedió al encuentro fue un ejercicio de tortura lenta y deliberada. Cada noche, después de que mi madre volviera de su trabajo —o a veces antes de que saliera—, yo la sometía a lo que llamaba “entrenamiento”. No era sexo, no exactamente. Era preparación. Era moldear su cuerpo y su mente para lo que iba a venir.

“Tienes que poder aguantar a dos hombres a la vez”, le decía, mientras la obligaba a practicar con el consolador doble, el mismo de la vez anterior, pero ahora durante más tiempo, con más intensidad. “Tienes que aprender a relajarte por completo cuando te penetren por detrás mientras tienes la boca ocupada.”

Ella obedecía. A veces con resentimiento, a veces con una sumisión que me excitaba más que cualquier resistencia. Sus gemidos ya no eran solo de placer; eran de entrega a una inevitabilidad que ambos sentíamos rodando hacia nosotros como una roca cuesta abajo.

Yo había hablado con Marco y Diego. No les dije que era mi madre. Les dije que era una mujer mayor, una amiga con beneficios que estaba dispuesta a un trío si el ambiente era el adecuado. Les conté, con detalles gráficos, cómo era su cuerpo: los pechos enormes, el culo perfecto, la boca experta. Les mostré fotos —no de su rostro, solo fotos que le había tomado del cuerpo, con la cara fuera de cuadro—. Ellos, dos estudiantes de veintitantos años con más testosterona que sentido común, salivaron. Acordamos un precio. No era mucho, solo un símbolo. Yo me quedaría el dinero, por supuesto. Era el dueño del espectáculo.

Alquilé un apartamento por un fin de semana en las afueras de la ciudad. Un lugar discreto, amueblado de manera impersonal. Le dije a mi madre que era una “escapada”, un sitio donde podríamos estar solos sin vecinos que escucharan. Ella sabía que mentía. Lo podía ver en sus ojos, en la forma en que empacó su ropa —lencería negra y roja, tacones altísimos, vestidos cortos—. Empacó como si fuera a una batalla.

El viernes por la tarde, co