Capítulo 3: Juegos de Estudio

Desperté con el aroma a café flotando desde abajo. Por un momento, la normalidad del olor me confundió. Luego, los recuerdos de ayer inundaron mi mente: el sol en la piel, el agua salpicando, el cuerpo de mi madre entre el mío y el de mi padre, llenándola por ambos lados. Me estiré en la cama, sintiendo un leve dolor en los músculos de las caderas y la espalda. Un dolor satisfactorio, como el de después de un entrenamiento intenso, pero cargado de un significado completamente distinto.

Me levanté y me vestí con unos jeans y una camiseta. Al bajar, encontré a mis padres en la cocina. Mi padre leía el periódico digital en su tablet, mi madre freía huevos. Parecía una escena doméstica perfecta, salvo por la mirada que intercambiaron cuando entré.

—Buenos días —dijo mi madre, su voz un poco más ronca de lo habitual. —¿Huevos?

—Sí, gracias.

Me senté a la mesa. Mi padre bajó la tablet.

—Durmió bien, Elena —comentó, mirándola de reojo. —Ronca un poco.

Ella se sonrojó. —No ronco.

—Anoche sí. Después de… bueno, después de todo el ejercicio.

Ella le lanzó una mirada que pretendía ser de reproche, pero que terminó en una sonrisa cómplice. Yo me quedé mirando mi plato, sintiendo el calor subirme por el cuello. Hablar de ello a la luz del día, en medio del desayuno, era distinto. Más real, quizás. Más comprometedor.

—Hoy es sábado —dijo mi padre, tomando un sorbo de café. —Nada de trabajo. Podemos dedicar el día a… proyectos personales.

—¿Qué tipo de proyectos? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Mi padre sonrió. —El estudio necesita una limpieza. Y tengo algunas ideas para… decoración.

Mi madre dejó el plato de huevos frente a mí. Sus dedos rozaron los míos por un instante. —Tu padre ha estado comprando cosas —dijo en voz baja. —Cosas interesantes.

—¿Cosas?

—Juguetes —aclaró mi padre directamente. —Ataduras, principalmente. De cuero. Muy bien hechas.

Un nudo se formó en mi estómago, mezcla de ansiedad y excitación. —¿Ataduras?

—Para tu madre. Quiero verla inmovilizada. Incapaz de moverse. A nuestra merced. —Sus ojos brillaban con anticipación. —¿Te gusta la idea?

Miré a mi madre. Ella estaba de pie junto a la