Años después, en la gran biblioteca de Piedraluna —ahora abierta a dracónicos y humanos por igual—, una niña de cabello negro y ojos ámbar leía un libro que nadie le había dado. Lo había encontrado en un estante que antes estaba cerrado con llave, en una sección que antes se llamaba «Reliquias Prohibidas» y que ahora se llamaba simplemente «Memoria».
El libro contaba la historia del Pacto de las Brasas. No la versión que se enseñaba en las cortes, la del dragón arrodillado y el rey generoso. La verdadera. La de la traición, la del robo, la de los rehenes encadenados. Y la de la alianza que lo deshizo todo.
La niña cerró el libro y miró por la ventana. En el cielo sobre Piedraluna, dos dragones volaban en espiral: uno de obsidiana, con escamas que absorbían la luz; uno dorado, con alas de sol. Giraban el uno alrededor del otro en un patrón que los marineros llamaban la Danza de las Brasas, y que los dracónicos llamaban con una palabra que no tenía traducción en la lengua humana.
La niña sí la conocía. La había aprendido sin que nadie se la enseñara, como su madre antes que ella, brotando de algún lugar profundo y antiguo que no necesitaba maestro.
La palabra significaba «el fuego que elijo». También significaba «el hogar que arde».
La niña la dijo en voz baja, y la llama de una vela cercana tembló en respuesta.
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