El ejército de Auralia llegó al amanecer del tercer día.

Era una columna de acero y estandartes que serpenteaba por la llanura de ceniza como un río de metal. Diez mil hombres, ataviados con las armaduras negras y plateadas de la corona, con catapultas que lanzaban recipientes de aceite ardiente y ballesteros montados en caballos de guerra. A la cabeza, el rey Aldric III en su coraza ceremonial, y a su lado, el duque Beltran de Ceniza, con una sonrisa que se veía a cien pasos de distancia.

Y en un carro detrás de Beltran, envuelta en cadenas de hierro negro que brillaban con un destello dorado, había una jaula. Dentro de la jaula no había nada visible, pero el aire a su alrededor se distorsionaba como el calor sobre el asfalto, y de vez en cuando, un destello dorado parpadeaba dentro como un corazón latiendo.

Las escamas del primer Alto Wyrm. La reliquia más sagrada de los dragones, forjada en una cadena que podía aprisionar a un dragón.

Desde la caldera del volcán, los clanes se prepararon.

El Clan Obsidiana formó la vanguardia: guerreros de fuego negro que en forma dracónica eran bestias de escamas que absorbían la luz, de ojos rojos y aliento de sombra ardiente. Kael se transformó por primera vez ante Isavel.

Fue terrible y hermoso. Su cuerpo humano se desgarró desde dentro, y las escamas brotaron como una marea de obsidiana líquida, cubriéndolo, expandiéndolo, hasta que donde había habido un hombre había un dragón de quince metros de alas de ébano y ojos de fuego. La transformación fue violenta: la ropa se quemó, el suelo se resquebrajó, y el rugido que emitió sacudió las paredes de la caldera.

Isavel no retrocedió. Se acercó a él, puso una mano en su garra —que era del tamaño de su torso— y lo miró a los ojos.

—Vuelvo contigo —le dijo—. O no vuelvo.

El dragón la miró con ojos que ardían, y algo que podría haber sido un equivalente dracónico de una sonrisa cruzó su rostro de bestia.

El Clan Tormenta tomó los cielos: dragones violáceos que desataban relámpagos en vuelo, con Lady Vereth a la cabeza, transformada en una serpiente alada de electricidad y trueno. El Clan Argénteo, los de hielo, se desplegaron en los flancos, sus alientos congelando el aire a su paso. El Clan Esmeralda, los del bosque, emergieron de las grietas del terreno volcánico como si la tierra misma los escupiera.

Y en el centro, el Alto Wyrm Vaelith desplegó sus alas doradas y eclipsó el sol.

La batalla comenzó cuando los primeros ballesteros dispararon.

Las flechas rebotaron en las escamas como lluvia sobre piedra. Los dragones del Clan Tormenta cayeron del cielo como rayos, y cada descarga eléctrica aniquilaba una formación de soldados. Los del Clan Obsidiana avanzaron por el suelo, su aliento de fuego negro fundiendo armaduras y reduciendo catapultas a escoria.

Pero Auralia no estaba indefensa.

Beltran activó la cadena de escamas doradas, y algo ocurrió que nadie esperaba: un campo de fuerza se extendió desde la jaula, una barrera invisible que repelía el fuego dracónico. Los dragones que la atacaban retrocedían con un aullido de dolor, como si la cadena emitiera una frecuencia que les destrozaba desde dentro.

—¡Las escamas del primer Wyrm! —rugió Vaelith—. ¡Están usando su poder contra nosotros!

Era la ironía más cruel: las reliquias robadas, las escamas del padre de Vaelith, forjadas en un arma que podía aprisionar y herir a los dragones. La herramienta con la que el rey humano había sometido al primer Alto Wyrm, reanimada para mantener la sumisión.

Kael cayó del cielo. Una descarga de la cadena lo golpeó en pleno vuelo, y su forma dracónica se convulsionó, perdiendo altitud. Se estrelló contra la llanura de ceniza con un impacto que levantó una nube de polvo negro.

—¡Kael! —Isavel corrió hacia él.

El dragón yacía en el suelo, temblando, las escamas apagadas como carbón muerto. La cadena de escamas doradas emitía un zumbido que lo mantenía paralizado, un sonido que no era audible pero que Isavel sentía en los huesos, en la sangre, en el fuego que llevaba dentro desde la noche de la alianza.

Y entonces supo qué hacer.

No era una guerrera. No era una hechicera. No era un dragón. Pero era el fuego humano de la Alianza, y el fuego humano era la otra mitad de la llama.

Se irguió frente al ejército de Auralia, frente a su padre, frente a Beltran, frente a la jaula que contenía las escamas del primer Wyrm. Y habló.

No en la lengua humana.

Habló en la lengua antigua, la lengua de los dragones, la lengua que había brotado de su garganta la noche de la alianza sin que nadie le hubiera enseñado. Las palabras no las conocía pero las sentía: eran calor, eran verdad, eran el fuego que elegía y el hogar que ardía.

La llama de la Alianza se encendió en su mano. No la pequeña esfera de la prueba: una columna de fuego blanco que se alzó hacia el cielo como un pilar, tan brillante que eclipsó el sol, tan caliente que la ceniza a sus pies se vitrificó.

La cadena de escamas doradas reaccionó. Las escamas, que habían sido forjadas en una prisión, comenzaron a vibrar, a brillar, a cantar. Porque las escamas del primer Alto Wyrm no habían sido creadas para aprisionar: habían sido creadas para aliar. Y la voz de Isavel las estaba despertando.

La jaula se abrió.

Las escamas doradas salieron volando, liberadas de su prisión de hierro negro, y se reunieron en el aire como una bandada de mariposas de oro. Subieron, giraron, y luego cayeron, no sobre los dragones, sino sobre Vaelith. Se adhirieron a su cuerpo, cubriendo las heridas, restaurando las escamas perdidas, completando algo que había estado roto durante tres siglos.

Vaelith Solarius, el último del Clan Solar, el Alto Wyrm, abrió las alas.

Y esta vez no eran solo alas doradas: eran alas de luz pura, de fuego solar, de la furia acumulada de tres siglos de cautiverio de su legado. Abrió la boca y su aliento no fue fuego: fue un sol.

El rayo de luz dorada atravesó el campo de batalla como una lanza divina. No mató a los soldados, pero fundió cada arma, cada armadura, cada cadena, cada símbolo de la guerra. Los soldados de Auralia, desarmados, sin armadura, miraron al cielo y vieron algo que ningún humano había visto en trescientos años: dragones y fuego y luz, no como enemigos, sino como lo que habían sido antes de la traición.

El rey Aldric cayó de rodillas. No de miedo: de reconocimiento. En la columna de fuego blanco que Isavel sostenía, en las alas doradas de Vaelith, en las escamas de obsidiana de Kael que volvían a brillar, vio lo que su linaje había destruido.

Beltran no cayó de rodillas. Corrió hacia Isavel con un puñal en la mano, el rostro deformado por la furia, decidido a matar lo que no podía poseer.

Kael se interpuso.

En forma humana. Sin escamas, sin garras, sin alas. Solo un hombre entre una mujer y un cuchillo. Beltran lo apuñaló en el costado, y Kael trastabilló, pero no cayó. Agarró la muñeca de Beltran con una mano que ardía, y el duque gritó porque el calor le quemó la piel hasta el hueso.

—No la toques —dijo Kael, y su voz era la de un dragón en un cuerpo de hombre—. No la toques nunca más.

Beltran cayó al suelo, la muñeca carbonizada, y los guardias que quedaban lo rodearon y lo tomaron prisionero.

Isavel sujetó a Kael mientras sangraba. La herida no era profunda, pero sangraba como sangran los dracónicos: con un calor que humeaba al contacto con el aire.

—Necesito... un momento —dijo él, con una sonrisa que era más una mueca.

—Te dije que volvías conmigo.

—Cumplo mis alianzas.