Kael Drakkarth llevaba cuatro meses en Piedraluna, y en ese tiempo había aprendido tres cosas sobre los humanos.
La primera: eran frágiles. No solo en cuerpo —aunque su cuerpo era ridículamente fácil de romper, una presión excesiva en el lugar equivocado y se quebraban como barro seco—, sino en espíritu. Se aferraban a cosas efímeras: coronas, juramentos, vestidos de novia. Construían torres de piedra que consideraban eternas y que un dragón derribaría en tres latidos de ala.
La segunda: eran despiadados. Se mataban entre sí con una inventiva que habría impresionado a los peores señores de la Tiñada. Envenenaban, conspiraban, manipulaban. Usaban el amor como moneda de cambio y la fe como herramienta de poder.
La tercera, y la que más le incomodaba: podía desearlos. Específicamente, a una.
La princesa Isavel no se parecía a ninguna humana que hubiera conocido. La mayoría de las cortesanas de Piedraluna lo evitaban con un terror educado, o lo trataban como una curiosidad, un animal exótico enjaulado en un palacio de mármol. Isavel lo miraba a los ojos. Siempre. Como si no le importara lo que había detrás de ellos.
Kael no debía desearla. Era un rehén diplomático, hijo del señor de la Tiñada Obsidiana, y su deber era simple: existir como garantía y no causar problemas. Desear a la hija del rey que lo mantenía prisionero era una estupidez de las que se cantaban en las baladas trágicas.
Y, sin embargo.
La vio al día siguiente del banquete de compromiso, en el patio de armas, practicando esgrima con un maestro de armas que estaba claramente ordenado por el rey para no enseñarle demasiado. Isavel se movía con una furia contenida, cada estocada demasiado fuerte, cada parada demasiado tarde, como si estuviera luchando contra algo que no era su oponente.
—Vuestra técnica es agresiva —dijo Kael desde la galería—. Pero vuestra guardia izquierda es un agujero.
Isavel se detuvo. El maestro de armas aprovechó para tocarle el hombro con la punta de su florete.
—Toque —dijo el maestro, satisfecho.
—Gracias por la distracción —murmuró Isavel, lanzándole una mirada a Kael que habría derretido el hierro.
—No fue una distracción. Fue una observación. Vuestra guardia izquierda está abierta porque compensáis con fuerza lo que no tenéis en precisión.
—¿Y vos sois experto en esgrima, lord Drakkarth?
—Soy experto en no morir. Es una habilidad relacionada.
Isavel despidió al maestro con un gesto —el pobre hombre ya tenía órdenes de no contradecir a la princesa, y la contradicción venía de una fuente que no esperaba— y se acercó a Kael. Sudor y pólvora de hierro. El cabello cobrizo se le pegaba a las sienes.
—Enséñame, entonces —dijo.
Kael levantó una ceja.
—¿Perdonad?
—Si mi guardia izquierda es un agujero, tápalo. Enséñame. A menos que los dragones solo sepan lanzar fuego y presumir.
Era un desafío, y ambos lo sabían. Kael la miró con esa quietud que los humanos encontraban inquietante, esa quietud que era el último instante antes de que un depredador decidiera si atacar.
—De acuerdo —dijo.
Le tendió la espada de madera que había tomado del arma rack de la galería. Sus dedos se rozaron en el intercambio, y ambos fingieron no notarlo.
—La guardia izquierda —dijo Kael, posicionándose detrás de ella. No la tocó. Mantuvo sus manos a un palmo de sus hombros, guiándola con la voz y la proximidad—. No se trata de fuerza. Se trata de saber dónde estará la hoja antes de que llegue. Sentir la intención.
—¿Sentir la intención? —Isavel giró la cabeza, y sus labios quedaron a un palmo de los de él.
—El cuerpo siempre traiciona lo que va a hacer. Una contracción del hombro antes de una estocada. Un cambio de peso antes de un tajo. Si aprendes a leer el cuerpo, nunca necesitas reaccionar. Solo moverte.
—¿Y cómo aprendo eso?
—Peleando con alguien que no te deje ganar.
Sus ojos se encontraron. Rojo contra ámbar. El espacio entre ellos era un campo eléctrico.
—Practiquemos —dijo ella.
Lo golpeó tres veces antes de que él la derribara.
No fue violento. Kael la desarmó con un movimiento fluido, la desequilibró con un golpe suave en el costado izquierdo —el que dejaba abierto, como él le había dicho— y la sujetó antes de que cayera. Su espalda contra su pecho, su mano en su cintura, el peso de él firme y caliente detrás de ella.
—Ahí —susurró él junto a su oído, y su aliento le quemó el cuello—. Ese es el agujero.
Isavel no se movió. Podía sentir cada línea del cuerpo de él contra el suyo: el pecho ancho, los brazos tensos, el calor que emanaba de su piel como si tuviera un horno encendido dentro. Los cambiaformas corrían más caliente que los humanos; era un hecho conocido, un dato clínico que ahora se volvía una experiencia íntima.
—Suéltame —dijo ella, pero su voz sonó como un suspiro.
Kael la soltó inmediatamente. Dio un paso atrás, y Isavel notó que sus manos temblaban ligeramente. Pero no de frío.
—Otra vez —dijo ella.
Se entrenaron cada amanecer durante las dos semanas siguientes.
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