La noche en que todo cambió, Isavel fue convocada al Salón del Trono.

El Salón de Piedraluna era una catedral de vanidad: columnas de mármol veteado, tapices con escenas de batallas que los humanos habían ganado y los dragones habían perdido, un trono de piedra negra tallado con gárgolas que parecían observarte desde cada ángulo. En el centro, colgaba la Llama Eterna: una esfera de cristal que contenía un fuego que ardía sin combustible, que nunca se extinguía, que supuestamente era el último regalo de los dragones a Auralia.

El rey Aldric III estaba sentado en el trono, y a su alrededor, la corte formaba un semicírculo de sedas y joyas. Pero no era un banquete: era un juicio.

En el centro del salón, arrodillado, había un joven dracónico del Clan Tormenta. Llevaba cadenas de hierro negro forjado, y sus escamas violáceas asomaban bajo la piel rasgada de sus muñecas, como si estuviera a punto de mudar y no pudiera.

—¿Qué es esto? —susurró Isavel a Seraphine.

—Un delito. Lo atraparon anoche en las bodegas del ala norte. Intentaba robar algo.

—¿Robar? ¿Un dracónico? No tiene sentido.

No tenía sentido. Los rehenes dracónicos no necesitaban robar: todo lo que podían desear les era proporcionado, dentro de los límites de su condición. Robar era una violación del Pacto de las Brasas, y la pena era la ejecución.

Isavel buscó a Kael con la mirada y lo encontró en la galería superior, de pie junto a la columna central. Su rostro era una máscara, pero sus ojos ardían.

El rey Aldric habló con la voz cansada de quien ha repetido las mismas palabras demasiadas veces.

—El rehén del Clan Tormenta, Vorin, ha sido hallado culpable de robo en las criptas reales. Según el Pacto de las Brasas, la pena es...

—Un momento.

La voz de Kael resonó en el salón. Todos los ojos se giraron hacia él. Un dracónico que interrumpía al rey en su propio trono era algo que no se había visto en décadas.

—Lord Drakkarth —dijo el rey Aldric, congelando cada sílaba—. Recordad vuestra posición.

—Mi posición es la de rehén, majestad. No la de mudo. Lo que el rehén del Clan Tormenta intentaba no era un robo. Intentaba recuperar algo que le pertenece a su clan: una escama de muda ancestral, una reliquia que fue tomada de los cazaderos del Clan Tormenta hace tres generaciones y que ahora decora vuestras criptas como un trofeo.

Un murmullo recorrió el salón. Isavel vio cómo su padre apretaba los dedos sobre el reposabrazos del trono.

—Las criptas reales contienen reliquias de la corona —dijo Aldric—. Lo que hay en ellas pertenece a Auralia.

—Pertenecía a Auralia cuando se firmó el Pacto. Pero el Pacto decía que las reliquias dracónicas serían devueltas en un plazo de cien años. Han pasado trescientos.

El silencio que siguió fue de plomo. Isavel entendió, con una claridad que le revolvió el estómago, lo que estaba viendo: no era un juicio. Era un recordatorio. Su padre mantenía a los rehenes dracónicos encadenados a una corte que les robaba su herencia y los llamaba huéspedes.

El rey Aldric ordenó que Vorin fuera encerrado en las mazmorras y que Kael se retirara a sus aposentos bajo pena de considerarse cómplice. La corte se dispersó en un susurro de sedas, y nadie miró a Kael mientras bajaba de la galería.

Nadie excepto Isavel.

Esa noche, ella fue a buscarlo.

Los aposentos de Kael estaban en el ala oriental, la más fría, la que daba al mar. No era una celda, pero casi: una habitación austera con una cama estrecha, una mesa y una ventana que no podía cerrar del todo porque los dracónicos necesitaban el aire libre para no sentir que se asfixiaban.

La puerta no estaba cerrada con llave. ¿Para qué? Kael era un rehén, pero era también uno de los seres más peligrosos del reino. Si quería escapar, no hay cerradura que lo detenga.

Isavel entró sin llamar.

Kael estaba de pie junto a la ventana, sin camisa, de espaldas a ella. La luz de la luna le caía sobre la piel y revelaba lo que ella solo había intuido: líneas de escamas negras le recorrían la columna vertebral, los omóplatos, los costados. No eran cicatrices: eran escamas que vivían bajo su piel humana, que asomaban como una segunda naturaleza que nunca podía ocultar del todo. Parecían obsidiana líquida, y a la luz de la luna brillaban con un destello iridiscente.

—No deberías estar aquí —dijo él, sin girarse.

—¿Porque soy la prometida del duque Beltran? ¿O porque eres un rehén y yo la hija del rey que te mantiene prisionero?

—Ambas cosas. Y porque si te ven aquí, diremos cosas que no podemos decirnos.

—¿Y qué cosas no podemos decirnos?

Kael se giró. A la luz de la luna, sus ojos eran brasas vivas, dos puntos de fuego rojo que iluminaban la habitación. Su cuerpo era una geografía de tensión: los hombros enmarcando la anchura de su torso, las escamas que descendían por el vientre hasta perderse bajo la cintura del pantalón, las venas marcadas en sus antebrazos como ríos en un mapa de guerra.

—Que mi clan lleva trescientos años esperando la devolución de nuestras reliquias —dijo, avanzando un paso hacia ella—. Que vuestro padre no mantiene la paz, sino que la compra con mentiras y cadenas. Que cada dracónico en esta corte es un prisionero disfrazado de invitado. Y que...

Se detuvo. Estaban a un paso el uno del otro.

—¿Y que qué?

—Y que te deseo desde la primera vez que me miraste a los ojos sin bajar la mirada.

El aire entre ellos se cargó como antes de una tormenta. Isavel sentía el calor que emanaba de él, esa temperatura que no era humana, que ardía bajo su piel como si su cuerpo fuera el envoltorio de algo más grande y más antiguo y más peligroso.

—Si me quedo —dijo ella—, no volveré a ser la misma.

—No vas a ser la misma sin importar lo que hagas. El vestido de novia ya está roto.

Isavel sonrió. Fue una sonrisa breve, afilada, la de alguien que ha decidido algo irreversible.

—¿Me vas a enseñar lo que hay debajo de las escamas?

Kael levantó una mano y le apartó un mechón de cabello de la cara. Su pulso ardía contra la sien de ella.

—Isavel.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre sin título, sin cortesía, sin distancia. Sonó como una advertencia y como una promesa.

—No soy un hombre bueno —dijo—. Soy un dragón que finge ser humano, y mi pueblo lleva siglos siendo traicionado por los vuestros. Si te toco, no podré fingir que es solo deseo. Será una declaración.

—¿Declaración de qué?

—De guerra. De lealtad. De algo que no tiene nombre en vuestra lengua.

—Entonces búscalo en la tuya.