El vestido pesaba como una cota de malla.

Isavel se miró en el espejo de plata pulida y no reconoció a la mujer que la miraba. El traje de novia era una cascada de encaje blanco y perlas cosidas a mano por las monjas del convento de Santa Vera. Le cubría hasta la garganta, le apretaba las costillas y la hacía parecer un cadáver amortajado.

—Estás hermososa —dijo Seraphine desde el umbral, con esa sonrisa triste que había aprendido a usar cuando la corte la obligaba a mentir.

—Parezco un candelabro —respondió Isavel, tirando del encaje del cuello—. Un candelabro que va a ser entregado al hombre más odioso del reino a cambio de que su padre deje de amenazar la frontera oriental.

Seraphine cerró la puerta detrás de sí y se acercó. Era menuda, de ojos oscuros y manos rápidas, y llevaba años descosiendo en secreto las costuras demasiado justas de los vestidos de Isavel para que pudiera respirar durante los banquetes.

—El duque Beltran no es solo odioso —murmuró Seraphine—. Es peligroso. ¿Has oído lo que hizo con su primera esposa?

—Se dice que murió de fiebre.

—Se dice que gritó durante tres noches y nadie entró en sus aposentos.

Isavel se estremeció. Conocía la verdad mejor que Seraphine: no era un matrimonio, era una condena. Su padre, el rey Aldric III, había decidido que la alianza con la Casa de Ceniza valía más que la vida de su hija segunda. La primogénita, la dulce y dócil Elara, ya estaba casada con un príncipe extranjero. Isavel era el repuesto, y los repuestos se gastaban en lo que hiciera falta.

Se arrancó el vestido con un tirón. El encaje se rasgó con un sonido satisfactorio.

—Dile a mi padre que necesito aire —dijo—. Que voy a rezar a la capilla. Que me he desmayado. Inventa algo.

—Isavel...

—Inventa algo, Seraphine. O voy a salir por esa ventana.

No era una amenaza vacía. La ventana del torreón daba al patio de armas, tres pisos más abajo, y aunque no la mataría, al menos la liberaría del vestido. Se puso unos calzones de montar, una camisa de lino y las botas que escondía bajo la cama, y salió por el pasadizo que ella misma había descubierto a los trece años, detrás del tapiz del dragón.

El tapiz mostraba un dragón dorado arrodillado ante un rey humano, entregándole una llama entre las garras. El Pacto de las Brasas. La base de toda la paz entre humanos y dragones. Isavel siempre lo había encontrado patético: el dragón parecía sometido, y el rey parecía un niño asustado que no sabía qué hacer con el fuego que tenía en las manos.

El pasadizo la llevó por escaleras de caracol, entre muros de piedra rezumante, hasta los jardines colgantes que daban al acantilado occidental. Allí, la brisa del mar de Hierro le golpeó la cara con el olor de las algas y la sal. Respiró por primera vez en horas.

No estaba sola.

Un hombre estaba sentado en el pretil del acantilado, con las piernas colgando sobre el vacío. Llevaba una capa negra sin blasón y una túnica oscura. Su cabello era tan negro que parecía absorber la luz de las antorchas, y cuando giró la cabeza al oírla, Isavel vio que sus ojos eran rojos. No de un rojo enfermizo, sino del rojo profundo de una brasa viva.

—Vaya —dijo él, con una voz grave que parecía venir de un lugar más profundo que su garganta—. La princesa fugitiva.

—¿Y tú quién eres? —El instinto hizo que su mano buscara el puñal que siempre llevaba en la bota. No estaba. Se lo había quitado para probarse el vestido.

—Un invitado incómodo —respondió él, y algo en su sonrisa sugirió que la palabra "invitado" era una broma privada—. Kael Drakkarth. Del Clan Obsidiana. Envío de mi padre a esta corte encantadora.

Isavel conocía el nombre. Todos en la corte lo conocían. El rehén dracónico, el hijo del señor del fuego negro, entregado como garantía del buen comportamiento de su clan. Era la práctica habitual: cada clan dracón mantenía un rehén en la corte humana, y cada reino humano enviaba un rehén al cazadero del clan. Una antigua costumbre de desconfianza mutua disfrazada de diplomacia.

Pero hasta esa noche, Isavel no lo había visto más que de lejos, en las recepciones formales, envuelto en su capa negra, observándolo todo con esos ojos de brasa.

—Deberías estar en el banquete de compromiso —dijo Kael—. He oído que hay cisne asado y un discursos interminables.

—Y un novio repugnante.

—Eso también.

Isavel se acercó al pretil y se sentó a su lado, sin pedir permiso. El acantilado caía vertical hasta el mar, y las olas rompían contra las rocas con un rugido blanco. Desde esa altura, el peligro era abstracto, casi hermoso.

—¿Por qué no estás en el banquete? —preguntó.

—No me gustan los cisnes.

—¿No te gustan o no puedes comerlos?

Kael la miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Los cambiaformas tenían una relación complicada con la comida humana: podían comerla, pero su cuerpo la procesaba con una lentitud exasperante, y muchos preferían cazar en forma draconica.

—Ambas cosas —admitió—. Y no me gustan los compromisos que se celebran con los dientes apretados.

—Entonces somos dos.

Se quedaron en silencio. La brisa les revolvía el cabello a ambos, negro contra cobrizo, y la luna dibujaba sus sombras en la piedra. Isavel no sabía por qué se había sentado junto a él. Quizá porque era el único ser en toda la corte que parecía tan fuera de lugar como ella.

—Vas a casarte con Beltran de Ceniza —dijo Kael, y no era una pregunta.

—Mi padre ha decidido que vale la pena sacrificarme para mantener la paz con los señores de la marca oriental.

—La paz. —Kael pronunció la palabra como si tuviera un sabor amargo—. Los humanos siempre hablan de paz como si fuera un objeto que se puede comprar con sangre ajena.

—¿Y los dragones no?

—Los dragones hablan de fuego. Y el fuego no se compra. Se gana.

Isavel lo miró de perfil. La luz de la luna endurecía sus facciones: pómulos altos, mandíbula angular, una cicatriz que le cruzaba el cuello desde la oreja hasta la clavícula. No era una cicatriz de espada: los bordes tenían la textura irregular de una quemadura, como si algo lo hubiera marcado desde dentro.

—¿Eso es una cicatriz de muda? —preguntó, sin tacto.

Kael la tocó involuntariamente, como si hubiera olvidado que estaba allí.

—La primera muda. Tenía catorce años. Las escamas brotan bajo la piel humana y la rompen. Duele.

—Lo imagino.

—No. No puedes imaginarlo. Es como si tu cuerpo decidiera que ya no te pertenece y te lo arrancara de dentro. —Hizo una pausa—. Pero después, cuando la última escama cae y eres tú de nuevo, hay un momento de silencio. Un silencio absoluto. Y en ese silencio, por primera vez, sabes exactamente quién eres.

Isavel no dijo nada. Pero algo en esas palabras le llegó como un puñetazo, porque ella también había sentido eso: ese momento en que la corte se callaba y ella, entre las ruinas de algún disfraz, descubría una versión de sí misma que nadie había diseñado para ella.

—¿Alguna vez has querido quemar todo esto? —preguntó, señalando la ciudad dormida a sus espaldas.

Kael no sonrió, pero algo se movió detrás de sus ojos.

—Todos los días.