Capítulo 5: Iniciación y Posesión

El trayecto de regreso desde el lago estuvo cargado de una nueva electricidad. Valeria, recostada contra mi hombro en el asiento trasero, no dejaba de mover sus dedos sobre mi muslo, trazando círculos que se acercaban cada vez más a mi entrepierna. Mis testículos, aún sensibles y pesados tras la minuciosa atención de mi madre, respondían con un leve latido cada vez que sus uñas rozaban la costura del pantalón. En el espejo retrovisor, los ojos de mi madre me observaban, brillantes con una satisfacción profunda. Mi padre conducía en silencio, pero una sonrisa apenas contenida jugueteaba en sus labios.

Nadie habló hasta que las luces de la ciudad comenzaron a aparecer en el horizonte.

“La cena”, dijo mi padre finalmente, rompiendo el hechizo. “Quiero que sea especial. Elena, ¿tienes algo preparado?”

“Salmón al eneldo”, respondió ella, su voz un poco ronca por el sol y los gemidos. “Y una tarta de limón. Pero puedo hacer algo más elaborado si…”

“No, está perfecto”, interrumpió mi padre. “Lo importante es el ambiente. Velas, el mantel negro, la vajilla. Y champán. Mucho champán.”

“¿Champán?” preguntó Valeria, levantando la cabeza de mi hombro.

“Para brindar”, dijo mi madre, volviéndose para mirarla. “Por tu incorporación oficial a la familia. A nuestra… manera de ser familia.”

Valeria apretó mi mano. “Suena increíble.”

Al llegar a casa, cada uno se dispersó para ducharse y prepararse. Bajo el agua caliente, me lavé el cuerpo, sintiendo cómo el agua arrastraba la mezcla de sudor, saliva y semen secos de la tarde. Mi mente repasaba las imágenes: Valeria montándome, los senos de mi madre balanceándose sobre mi cara, la lengua de mi madre limpiándome con una devoción que aún me hacía estremecer. Me masturbé rápidamente, con la mano apretando con fuerza, imaginando que era la boca de mi madre, y llegué a un orgasmo solitario y violento contra la pared de la ducha. Necesitaba descargar un poco de la presión antes de la noche, o no duraría nada.

Cuando bajé, vestido con unos pantalones oscuros y una camisa negra, la casa había sido transformada. Las luces principales estaban apagadas, reemplazadas por docenas de velas que parpadeaban en cada superficie disponible. La mesa del comedor, normalmente austera, estaba cubierta con un mantel de lino negro y puesta con la vajilla de porcelana blanca y copas de cristal fino. En el centro, un ramo bajo de rosas rojas oscuras.

Mi madre estaba en la cocina, vistiendo un vestido largo de seda color esmeralda que se abría en un escote profundo por delante y por detrás. El tejido se ceñía a sus curvas como una segunda piel, y cuando se inclinaba para probar la salsa, la tela se estiraba sobre sus nalgas, revelando que no llevaba ropa interior. Su cabello, todavía húmedo, caía en ondas oscuras sobre sus hombros.

“Ayúdame a llevar esto”, me dijo, señalando la fuente de salmón.

La seguí al comedor. Valeria ya estaba allí, sentada a la mesa. Se había puesto un vestido corto de color rojo vino, de tirantes finos, que dejaba sus largas piernas completamente al descubierto. Su cabello rojo cobrizo estaba suelto y salvaje, y sus labios pintados del mismo rojo intenso que su vestido. Sonrió al verme, una sonrisa que prometía cosas que hacían que mi sangre corriera más rápido.

Mi padre entró, impecable en un traje de lino gris claro, sin corbata, la camisa blanca desabrochada en el cuello. Llevaba una botella de champán Dom Pérignon en la mano.

“Perfecto”, dijo, mirando la escena. “Todos se ven… deliciosos.”

Abrió el champán con un pop suave y sirvió las cuatro copas. Luego, levantó la suya.

“Un brindis”, dijo, su voz grave resonando en la habitación iluminada por velas. “Por la famil