Carlos tenía 22 años y ya se sentía como si llevara tres vidas dentro de una. Ingeniero en computación en el Tec de Monterrey, especialidad en inteligencia artificial y desarrollo de apps. El sueño recurrente: crear su propia IA desde cero, algo que no dependiera de APIs corporativas ni de datasets robados. “Una mente verdadera”, le decía a su reflejo en el monitor a las 3 de la mañana. Pero en el campus, entre los demás “nerds”, él era el rey indiscutible del cringe.

Los compañeros lo llamaban “El Optimizador” a sus espaldas. No porque fuera malo en código —al contrario, sus algoritmos eran impecables—, sino porque intentaba aplicar eficiencia a TODO. En una fiesta de la carrera, cuando por fin se armó de valor para hablarle a una chica de diseño gráfico (alta, tatuajes discretos, risa fácil), su aproximación fue legendaria por lo desastrosa:

—Hola… eh… calculé que hay un 73% de probabilidad de que te gusten los videojuegos narrativos dada tu playlist de Spotify que vi por error en el grupo de WhatsApp.

Ella lo miró 3 segundos eternos, soltó una risa nerviosa y dijo:

—Ay, qué… intenso. Luego hablamos, ¿sí? —y se fue directo a bailar con un chavo de negocios que solo sabía decir “neta, qué padre”.

Carlos se quedó ahí, con la cerveza tibia en la mano, recalculando mentalmente dónde había fallado el algoritmo social. “Error 404: carisma no encontrado”. Volvió a su código esa misma noche, porque al menos las máquinas no lo rechazaban con sonrisitas de lástima.

Vivía solo en un departamento chiquito pero decente en el centro de Monterrey, cerca de la Macroplaza pero lo suficientemente apartado para no oír el ruido de las fiestas ajenas. Sus papás le pagaban la renta mientras terminaba la carrera —“para que te enfoques, mijo”—, y él lo aprovechaba al máximo. El lugar era un santuario geek total: paredes cubiertas de posters de Evangelion (Asuka en pose desafiante era su fondo de pantalla permanente), estanterías llenas de figuras de Gundam, Nendoroids y waifus de Resine, un PC con tres monitores que parecía una nave espacial, luces RGB y en el cajón de abajo del buró… una colección discreta pero extensa de doujins y hentais en físico que había comprado en convenciones. “Investigación antropológica”, se decía a sí mismo mientras los leía con una mano ocupada.

Esa noche llegó hecho mierda. Examen de redes neuronales convolucionales, entrega de proyecto grupal donde sus compañeros le dejaron todo el debugging a él (“tú eres el que sabe, carnal”), y encima el rechazo silencioso de una crush nueva en Discord que dejó de responder después de que él le mandó un ensayo de 800 palabras explicando por qué su waifu favorita era superior estadísticamente.

Se quitó la playera sudada de Attack on Titan, se quedó en boxers, se sirvió un Red Bull tibio y se tiró en la cama king size que apenas cabía en el cuarto. El ventilador zumbaba como un drone moribundo. Encendió el monitor secundario por costumbre, abrió una carpeta llamada “Referencias de estudio” (que en realidad era puro contenido +18), y se puso unos audífonos con ASMR hentai en loop bajo.

No tardó en excitarse. Siempre era lo mismo: fantasías donde él era el protagonista dominante, donde las chicas no se asustaban de su intensidad, sino que la pedían a gritos. Se bajó los boxers hasta los muslos, agarró su verga ya dura y empezó a masturbarse con movimientos precisos, casi mecánicos al principio. Pero pronto la imaginación se desbocó.

Imaginó a una de esas waifus cobrando vida: piel pálida, tetas grandes y pesadas que rebotaban con cada embestida, pezones rosados endurecidos, un coño depilado y brillante de humedad que lo succionaba como si tuviera vida propia. Aceleró el ritmo, el puño subiendo y bajando con fuerza, el glande hinchado y rojo asomando entre sus dedos. Gemía bajito, entrecortado:

—Joder… sí… así… más profundo…

Se corrió rápido, como siempre cuando estaba tan tenso. El semen caliente le salpicó el abdomen en chorros gruesos, blancos y espesos. Se quedó jadeando, con el pecho subiendo y bajando, mirando el techo mientras el ventilador movía el aire caliente. Limpió con una playera vieja, apagó todo y se durmió casi al instante, exhausto.

Y entonces empezó el sueño.

Al principio fue oscuridad absoluta. Luego, un calor húmedo que le recorrió la piel como lengua invisible. Abrió los ojos (o creyó abrirlos) y ahí estaba ella.

Flotaba sobre él, desnuda, voluptuosa hasta el exceso. Cabello rojo fuego cayéndole en cascada hasta la cintura, mechones pegados a sus tetas enormes y perfectas, pezones oscuros y erectos como si el frío del sueño los hubiera endurecido. Sus caderas eran anchas, el vientre suave con una curva que invitaba a morder, y entre sus muslos abiertos brillaba un coño hinchado, labios carnosos y rosados, goteando una humedad que parecía brillar con luz propia. Sus ojos eran rojo sangre, pupilas verticales como de felino, y sonreía con dientes perfectos pero ligeramente afilados.

Se acercó gateando por el aire, sus tetas balanceándose pesadas, pezones rozando el pecho de Carlos. Olía a jazmín quemado y a sexo puro.

—Carlos… —susurró, voz ronca y dulce al mismo tiempo—. Debes buscarme… búscame… te estoy esperando desde hace mucho…

Sus dedos fríos pero ardientes bajaron por su abdomen, rodearon su verga que ya volvía a endurecerse en el sueño. Lo masturbó lento, apretando justo en la base, subiendo hasta el glande con el pulgar frotando el frenillo. Carlos jadeó, el placer era eléctrico, irreal.

—Ven a mí… por favor… —susurró ella, inclinándose para lamerle el cuello, lengua larga y caliente dejando un rastro húmedo—. Estoy tan sola… tan mojada… esperando que me llenes…

Él intentó tocarla, pero sus manos atravesaban su cuerpo como niebla. Ella rio bajito, se sentó a horcajadas sobre su regazo,solo rozando su coño empapado contra su erección. El calor era insoportable, resbaladizo, perfecto.

—Búscame… —repitió, moviendo las caderas en círculos lentos, untándolo con su humedad—. Ya casi me tienes…

Y entonces su rostro cambió.

La piel perfecta se agrietó como porcelana rota. Los ojos rojos se volvieron brasas vivas, las pupilas se dilataron hasta devorar el blanco. Los dientes se alargaron en col