Tres padres nuestros, dos avemarías y un credo, es lo que repito cada día en mi despacho parroquial para liberar y alejar mi mente y mi cuerpo del maligno. Desde su llegada, la casta hermana Victoria se ha convertido en mi pecado original. Sus ojos marrones, su piel trigueña y sus labios delicados, son una invitación a descender al infierno. Mientras pienso como alejarme de aquella tentación, camino dubitativo hacia el altar; de frente a nuestro señor, imploro por su perdón.

Mientras oro, escucho a mis espaldas, su voz decir: - he pecado padre Alexander. Mis manos tiemblan, mi mente se bloquea y mi fe me abandona. Hermana Victoria, - dije. No hace mucho esta con nosotros y, ¿ya ha pecado? Dije intentando disimular mis nervios. Si padre Alexander, he pecado en pensamiento y obra, - respondió. Mirándome con una sonrisa juguetona, y una mirada lasciva que invitaba al pecado. En ese caso, - respondí; deberá orar tres padres nuestros, dos avemarías y un cred.…, interrumpió mis palabras colocando su dedo en mi boca. Sshh padre Alexander, quiero confesarme y con su ayuda, expulsar sus demonios y los míos de nuestra carne, - contestó. He pecado en pensamiento imaginando como cabalgo sobre su verga santa, venosa, húmeda, y hambrienta de mi sexo. Besando sus labios tentadores e introduciendo mi lengua ávida de la suya. - Decía en mi oído la hermana Victoria, mientras con una mano acariciaba mi pecho y con la otra apretaba sutilmente mi entrepierna. - He pecado en obra padre Alexander, - continuó, pasando mis dedos sobre mi vagina húmeda y caliente, frotando el punto prohibido y pellizcando mis tetas calientes, deseando tenerlo sobre mi lamiendo cada rincón de mi cuerpo. ¡He estallado en placeres malignos a los ojos de nuestro señor y…- ¡Basta!, - dije sin poder soportarlo más. Hermana Victoria, esto no está bien, usted aún no es mayor de edad; el demonio ronda nuestra casa y tenemos que expul….., nuevamente interrumpió mis palabras. El demonio padre Alexander, - dijo. El demonio somos usted y yo, - respondió.

Mientras rogaba porque nadie más llegara, sentía mi verga estallar en mi pantalón, sus manos ansiosas tocaban cada rincón maldito de pecado en mi cuerpo, su lengua en mi oreja danzaba y la humedad creciendo en mí, al mismo tiempo que sentía sus suaves mordiscos en el lóbulo de mi oreja. De mi boca salían jadeos tímidos y de la suya gemidos fuertes que hacían estallar mis sentidos. Sin darme cuenta, empecé a orar e implorar a Dios porque esto solo fuera una terrible pesadilla, pero luego la escuché decir, - Dios no esta aquí ahora padre, el maligno sí. Ahora castígueme, padre Alexander, he sido una niña muy mala, he pecado espiando su cuerpo desnudo y su rica verga erecta. Si padre, sí. He visto como se toca pronunciando mi nombre, como lame sus labios imaginando mis tetas y mi vagina chorreante en su boca pecaminosa. Lo he visto todo.

Me quedé congelado, me espiaba y nunca me di me cuenta. Sabia que la deseaba desde su llegada, su cara angelical, su cuerpo esbelto, su cabello castaño y sus ojos, esos ojos que desde el primer momento me invitaban a pecar. En un intento fallido por alejarme de ella y recuperar la poca moral que me quedaba- dije., Hermana Victoria, esto es un pecado, esto no puede ser, - exclamé desesperado en su boca con su lengua rozando mis labios. - Ohh padre Alexander, nada que nos guste es pecado, nada que nos invite a consumir nuestros deseos está mal a los ojos de nuestro señor, - respondió entre jadeos sobre mis labios.

Una vez más cerca del altar, la hermana Victoria poso su pequeño culo sobre la mesa de consagrar el vino mientras me sonreía, levantó su habito y abrió sus piernas, dejando ver una línea de vello entre sus labios gruesos y carnosos. Apoyándose en una mano, con la otra jugaba con su sexo, metía sus dedos por entre la hendidura de su vagina dejando ver un hilo de su humedad entre sus dedos, despejando con estos la entrada del pecado.

Lo ve padre, - dijo, sacándome de mis pensamientos. Nadie ha profanado este templo, usted será el primero. Abriéndose más de piernas, acercó su sexo a mi entrepierna y dijo – pruebe el verdadero vino de nuestro señor padre Alexander, dele una lamida a la verdadera gloria de los cielos, llévese mi virtud, y castígueme, padre- decía, mientras jadeaba de placer.

En ese instante pude sentir como la lujuria y el deseo se apoderaban de mí, un pensamiento morboso y pervertido nació. Como un depredador hambriento y ansioso de devorar a su presa. Me arrodillé ante tal divinidad y pasé mi lengua húmeda por su sexo hinchado y caliente, saboreando cada gota de su esencia sagrada, hundí mi cara entre su vello y sus labios, sumergiendo mi lengua en su templo sagrado, preparándolo para ser profanado, mientras escuchaba sus gemidos pedirme más. Así padre Alexander, -gemía- beba el néctar de la vida eterna, glorifique su alma y bañe sus demonios con mis jugos, - exclamaba excitada.

Mientras lamia cada centímetro de su sexo, sentía mi verga estallar en mi sotana, sentía como se humedecía al igual que ella entre mi boca. Sin poder soportarlo más, abandoné mi boca de su sexo y retiré mi sotana de un tajo. Ella sonreía feliz, radiante mientras tocaba sus pechos firmes y perfectos; relamía sus labios esperando con ansias ser profanada. Me quedé embelesado con su sexo grande y carnoso, recordando el sabor dulce en mi boca, a la vez que frotaba mi verga en su entrada, preparándola para someterla a mi placer. Tomé la biblia que se encontraba a su lado y la coloqué debajo de su culo para que quedara a la altura de mi verga. ¡Dios mío, perdóname!

Me hundí en ella poco a poco, sus gemidos de placer y dolor inundaban la capilla, pedía más, pedía mucho más. Y dejando de lado la poca caballerosidad que me quedaba, la embestí con fuerza hasta que un grito salió de su boca. Entraba y salía de ella como un animal que no ha comido en años, mientras que tapaba su boca para ahogar sus gemidos. Con cada embestida veía sus tetas rebotar de arriba hacia abajo, como invitándome a profanarla más duro y sin piedad. Sus mejillas sonrojadas, su vagina más hinchada y la mesa de consagrar mojada de sus fluidos y los míos fueron la invitación perfecta para liberar cada uno de mis demonios dentro ella. Vi el cielo brillar ante mis ojos y descendí al infierno con cada descarga dentro de ella. - Oh, padre Alexander si, puedo sentir como libera en mí su pecado, como su leche baña las paredes de mi templo purificando mi alma, - dijo satisfecha.

Mientras intentaba recobrar la compostura, pronunció, - no hemos terminado padre Alexander, hemos de acabar la misa satisfechos. Acto seguido acomodó su cabeza al borde de la mesa, quedando boca arriba frente a mi sexo aun erecto y dijo – No sabe padre, cuantas veces soñé con este momento, tomando su verga mojada de mis fluidos y su semen en mi boca, esculpiendo con mi lengua cada vena hinchada de su pene y tragarlo hasta asfixiar todos mis demonios. Aun abierta de piernas sobre la mesa, podía contemplar la humedad de su vagina, sus vellos eran una masa de mi semen sobre ellos y sus labios estaban tan hinchados que mi lengua podía perderse en ellos.

Mientras sentía como su lengua dibujaba círculos en mi verga, amasaba sus tetas como preparando la hostia para consagrar mis deseos. Sus labios rozaban con mi vello mientras sentía el palpito de su garganta en mi glande, y mis gemidos no se hicieron esperar. Acariciaba su sexo con mis dedos y pude divisar entre ellos un hilo de sangre que confirmaba la pureza de su templo, esto me excito de una forma que alentó mis demonios a lamer cada gota de su sangre en su fuerte perfecta. Mientas lamia y saboreaba cada fluido, ella empujaba mi verga hacia su boca con un ritmo lento pero exquisito que ella también alentaba. Sus manos acariciaban mis huevos y mis nalgas, aumentando mi deseo infernal; sus ahorcadas al unísono de los chasquidos salivales y sus gemidos eran un coro de ángeles demoniacos drenando cada esencia de mí.

Mi cadera empujaba mi verga en su boca completamente salivada, sentí sus dedos acariciar mi perineo, Santo Dios, - exclamé. Ni los santos oleos, ni el sagrado sacramento, ni el sentimiento de amor a nuestro Señor, logran alcanzar el éxtasis de estas caricias, que, sumadas sus mamadas perjudiciales, elevan mi alma manchada con semejante acto tan profano, Oh nuestro señor, “Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno” Proferí, mientras descendía a las cavernas más oscuras del infierno.

Mi verga se hundía cada vez más en su boca, lamia desenfrenado su vagina dulce, su sangre; su clítoris se tornaba cada vez más duro y vibrante, mientras yo aumentaba las embestidas en su boca y empezaba a sentir como el semen se calentaba y con cada chupada se acumulaba una fuerza que jamás sentí en mis huevos. Mientras sus gemidos de placer aumentaban y su respiración se entrecortaba por la fuerza y lo profundo que le hacia llegar mi verga hasta su tráquea, prediqué; - que tus fluidos sean mi vino y tus gemidos el coro de este templo, pues entre el cielo y el infierno hoy he decidido quemarme vivo, pecaré como sea tu voluntad y llenaré tus extrañas de mis pecados más perversos, pues en el fruto de tu sexo, yo te castigaré con mi miembro. Amén. Su deliciosa vagina choreaba un líquido dorado mezclado con un flujo blanco teñido de sangre que anunciaba un orgasmo bendito y su cuerpo se retorció bajo el peso de mi cuerpo y explotó en gritos ahogados. ¡Divino!

Estallé en su boca como un caballo, desbordando sus fosas nasales con mi liquido espeso, hundiendo más mi verga hasta los huevos, gritando y llorando de placer, mientras sentía como la hermana Victoria luchaba por recobrar el aire que le había robado y retorcía sus piernas por el placer que mi lengua le había provocado. Levanté mis ojos al señor en la cruz y recité - Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.

Entre el cielo y la tierra, usted y yo somos el infierno, concluyó la hermana Victoria, mientras veía como lamía los restos de mi semen sobre la Biblia.