Capítulo 2 (Continuación expandida)

El trío que me marcó (30 años)

La noche del trío, la puta mina se llamaba Carla. Veintipico, pelo largo hasta la cintura, unas tetas que no eran tan grandes como las mías pero que se paraban solas, duras como piedras cuando las veía. El chabón, un tal Norberto, treinta y pico, con una pija que parecía un poste de luz. Me pagaron bien, pero no era por la guita. Era porque yo quería probar.

—Así que vos sos la famosa Ángela —me dijo Carla cuando entró al departamento, mirándome las tetas sin disimulo—. Me dijeron que tenés unas lolas que te las podés coger vos misma.

—Y vos tenés una concha que parece que la pintaron —le respondí, sintiendo cómo se me humedecía la entrepierna—. ¿Te gusta que te la chupen o sos de las que prefieren dar?

—Las dos cosas —dijo ella, y se sacó la remera sin vergüenza.

Norberto nos miró a las dos, ya con la pija parada, mientras se desabrochaba el cinto.

—Bueno, putas —dijo—. Acá el que manda soy yo. Quiero ver cómo se chupan entre ustedes primero.

No necesité que me lo repitieran. Me arrodillé frente a Carla, le abrí las piernas y le metí la lengua en la concha como si estuviera buscando un tesoro. Ella gimió, agarrándome la cabeza, empujándome contra su coño.

—¡Así, puta! —gritó—. ¡Más adentro!

Mientras le comía la concha, sentí que el se me acercaba por detrás. Me agarró las tetas, las dos, apretándomelas fuerte.

—¡Qué tetas tenés, hija de puta! —dijo—. Parecen dos pelotas de rugby. ¿Te gusta que te las aprieten así?

—¡Sí, rompemelas! —respondí sin dejar de lamer a Carla.

Me metió la pija en la boca, y ahí estaba yo, con la concha de una mina en la lengua y la verga de un tipo en la garganta. Era exactamente lo que necesitaba. Carla se vino en mi boca, y yo tragué todo, mezclado con la leche de el que me chorreaba por la barbilla.

Después me di vuelta, me puse en cuatro, y el me cogió la concha como si no hubiera un mañana. Carla se puso al lado, chupándome las tetas mientras él me daba.

—¡Qué tetas, Ángela! —decía Carla entre chupada y chupada—. ¡Son enormes! ¡Quiero que me aplastes la cara con ellas!

—Dale, puta —le dije—. Agarrá una y chupala bien fuerte.

Cogía cada vez más rápido, y yo sentía que me iba a desarmar.

—¿Te gusta, zorra? —preguntó—. ¿Te gusta que te cojan mientras otra puta te chupa las tetas?

—¡Sí, dame más! —grité—. ¡Llename la concha de leche!

Pero no me vino ahí. Se sacó justo a tiempo y me dejó todo el semen en la espalda. Carla lo agarró con los dedos y se lo llevó a la boca.

—Está caliente —dijo, y me besó.

Esa noche descubrí que podía venirme con una mujer, que mis tetas también podían ser para ellas, y que mi concha era feliz recibiendo lo que sea, de quien sea, siempre que yo lo decidiera.

Mickey y la última vez (30 años)

Después del trío, volví con Mickey. Él no sabía nada, y no tenía por qué saberlo. Esa noche lo llamé, como tantas otras.

—Vení, que te necesito —le dije por teléfono.

Llegó a los veinte minutos, con esa sonrisa de viejo verde que siempre tenía.

—¿Qué querés, puta? —preguntó mientras se sacaba la campera.

—Quiero que me cojas bien la concha —le dije—. Y quiero que me chupes las tetas hasta que me duelan.

No hizo falta más. Me puse en cuatro en la cama, y él se metió atrás mío, agarrándome las tetas desde atrás mientras me penetraba.

—¡Qué concha tenés, Ángela! —dijo—. Siempre apretada, siempre caliente.

—Dale, Mickey —gemí—. Cogeme bien fuerte.

Me agarró de las caderas y empezó a darme como un condenado. Sus manos no dejaban de tocarme las tetas, apretándolas, pellizcándome los pezones.

—¿Te gusta, puta? —preguntó—. ¿Te gusta que te coja así?

—¡Sí, dame toda tu leche!

Se vino adentro, como siempre ahora. Sentí su semen caliente llenándome la concha, y fue como si todo el mundo se detuviera.

—Mickey —le dije después, mientras él se vestía—. ¿Sabés qué?

—¿Qué, puta?

—Sos el único que me cogió desde que era una pendeja. Y aunque haya tenido miles de pijas, la tuya siempre va a ser especial.

Me miró, y por un segundo vi algo distinto en sus ojos. No sé si era cariño, o lástima, o qué carajo era. Pero duró poco.

—Sos una puta de mierda, Ángela —dijo, y se fue.

Me quedé sola, sintiendo su leche chorreándome por las piernas. Y pensé: "Qué lindo es ser puta."

Mi concha, mis tetas, mi reino (30 años y lo que venga)

Hoy, a los treinta, soy dueña de mi cuerpo. Mi concha ha sido cogida por más hombres de los que puedo recordar, y mis tetas han sido chupadas, mordidas, apretadas y marcadas por decenas de manos. Pero son mías. Las abro cuando quiero, para quien quiero.

A veces me miro al espejo, desnuda, y veo esas dos montañas de carne que son mis tetas. Dos balas de cañón, 120 de pura gloria. Me las toco, me las aprieto, y recuerdo todas las bocas que pasaron por ahí. La de Mickey cuando tenía once, la del Polo a los catorce, la de todos los clientes que pagaron por chuparlas, la de Carla en el trío.

Y mi concha... esa concha que tanto miedo me dio cuando era chica, que pensé que me iba a dejar preñada a cada rato, ahora es mi templo. Ahí recibo lo que quiero, cuando quiero. Leche, lengua, dedos, pijas, consoladores. Todo entra, todo se disfruta.

La puta de Rafaela, con las tetas bien puestas y la concha bien abierta, sigue su camino. Y si algún día me muero, quiero que pongan en mi tumba: "Aquí yace Ángela Leandri. Se cogió a medio país y se chupó al otro medio. Y fue feliz."

Porque al final, de eso se trata. De ser feliz con lo que tenés. Y yo tengo unas tetas que son mi orgullo, una concha que es mi reino, y una historia de mierda que supe convertir en placer.

Así que si estás leyendo esto, y sos hombre, mujer, o lo que carajo seas, acordate: tu cuerpo es tuyo. Hacé con él lo que quieras. Cogete a quien quieras. Chupá lo que quieras. Y si alguien te dice que sos una puta, decile: "Sí, soy puta. ¿Y qué?"

Porque ser puta no es una maldición. Es una elección. Y yo elegí ser la puta más feliz de Rafaela.

Con mis tetas bien puestas.

Y mi concha bien abierta.

Fin del Capítulo 2