La peluquera y yo

Era uno de esos días en que el sol parece que va a derretir todo lo que sus calientes rayos tocan acariciando.

Como era de esperar, yo casi ya no encontraba lugar donde protegerme de ese calor que me envolvía como una manta gruesa y pesada.

Y como si esto fuera poco, mi pelo ya estaba crecido como para merecer un buen corte porque me daba mucho calor en la cabeza.

Entonces ese lunes por la mañana decidí que la día siguiente iría a la peluquería de Viviana a cortarlo.

Viviana es mi peluquera desde hace mucho tiempo y a ella le entrego con suma confianza mi pelo para que haga de él “una obra de arte”, como a ella le gusta llamarla.

Es una mujer muy atractiva, de 35 años muy bien puestos. Su pelo lacio rubio y muy cuidado llega hasta la mitad de su espalda cayendo sobre sus hombros como un manantial dorado, haciendo una cascada peligrosa al momento de rodear sus pechos erectos.

Su cintura se amolda perfectamente a los pantalones ajustados negros que siempre usa, revelando una cola dura y paradita que evidencia horas de ejercicios y cuidados.

Sus ojos celestes color cielo destacan aún más sus labios gruesos y carnosos, que invitan a un manjar de besos. Y quizás lo más destacable de ella es cómo maneja sus manos suaves y delicadas.

Así que ese martes luego de sacar un turno me acerqué hasta la peluquería.

Casi muero en el camino debido al calor que había hecho que sudara bastante y llegara casi deshidratado.

Al llegar la saludé con un beso y como era el último turno de ese día, tuve que esperar a que terminara de cortarle a un abuelo que estaba antes que yo.

Mientras esperaba, tomé una revista de esas que siempre hay en las peluquerías y comencé a hojearla.

Pero en determinado momento me llamó la atención su cola como un corazón invertido que quedaba justo en frente de mis ojos ávidos de un espectáculo tal.

Así que mientras simulaba leer la revista y ella conversaba con el abuelo, yo estaba al palo pensando en lo bien que se sentiría meter toda mi pija dentro de ese acolchonado agujero.

Una vez que el abuelo se fue, me invitó a sentarme en el sillón donde se lava el cabello antes de cortarlo. En el camino, no pude disimular la tremenda erección que tenía ya que mi bermuda es bien suelta y evidente.

Entonces al recostarme ella fue hacia la puerta de entrada y la cerró con llave, aduciendo que por ese día ya no quería trabajar más.

Al volver, recosté mi cabeza sobre el recipiente para el agua y ella prendió la ducha móvil que con un fuerte flujo de agua tibia comenzó a mojar mi cabeza.

Esta sensación se incrementó cuando comenzó a pasar su mano por el pelo para lograr que todo se mojara.

Podía sentir cómo mi piel se erizaba desde la nuca y bajando por la espalda culminaba en una erección que hacía contraer a mis huevos y cerrar mis ojos.

Me excitaba tremendamente sentir sus caricias por mi cabeza y nuca mientras ponía el shampoo y aumentaba la espuma.

Mientras tanto ella me contaba cómo el calor hacía que deseara refrescarse mientras trabajaba y cómo el no poder hacerlo la enojaba terriblemente.

Pero yo seguía enfrascado en sus manos y en su vaivén suave sobre mi cabeza.

Hasta que de pronto, mientras estaba con los ojos cerrados, me dijo que desde su perspectiva podía ver que yo estaba un tanto “tensionado” y que por eso iba a hacer algo que no acostumbraba pero que deseaba.

Y antes que alcanzara a abrir los ojos su mano izquierda tomaba mi pija dura sobre la bermuda y la apretaba bien fuerte. Me dijo que hacía mucho tiempo que no tenía un juguete así y que tenía unas ganas terribles de jugar con ella.

Al acceder ella bajó mis bermudas hasta las rodillas y volcando shampoo sobre mi pija comenzó a pajearla bien suave.

El shampoo hacía una espuma suave que ella aprovechaba para distribuirla por todo el trozo de carne y las bolas, apretando y soltando mientras subía y bajaba su mano.

Y mientras estaba en esta tarea la siento comenzar a gemir de placer suavemente, viéndome sorprendido al abrir los ojos.

Ella estaba con el pantalón por los tobillos y corriendo su tanga, metiéndose dentro de húmeda cueva un pote fino de crema. Esto me calentó de tal forma que mientras ella sobaba mi pija yo le metía hasta el fondo el pote, sintiendo cómo su miel corría por mi mano.

Su humedad fue en aumento hasta que comenzó a destilar casi continuamente terminando en un orgasmo que la contraía entera y haciendo que salieran bocanadas de espesa leche de mi miembro entumecido.

Casi al instante ella se sentó sobre mí, de frente y metiendo mi pija aún dura y llena de espuma en su concha, se movía de arriba abajo enloquecidamente y pidiéndome mas y más.

Yo aprovechaba y lamía sus tetas en cada caída, mordisqueando su pezón, mientras metía mi dedo índice en su culo apretando esos hermosos y duros cachetes.

Los dos nos apretábamos y queríamos cada vez más del otro, hasta que me pidió lo que siempre había soñado. Que se la diera por el culo.

Antes que eso, y como quería hacerle desear un poco, la puse en cuatro pero le metí de un saque la verga por la concha mientras tomaba la ducha por el mango y le rociaba fuerte con agua el agujero.

Así con el otro dedo dilataba el ano hasta que entraron tres dedos adentro y casi sin que se de cuenta, saqué la pija de un agujero y se la clavé en el otro hasta el fondo.

Comenzamos un mete y saca voraz, mientras ella gritaba de placer tomándose del sillón, y yo gemía extasiado mientras tomaba ese culo todo para mi.

Nos movíamos rítmicamente mientras ella comía cada vez más de mi pija hasta que las bolas en su vaivén chocaban y se mojaban con su concha destilante de miel.

Sus tetas iban y venían a compás de los movimientos y aprovechaba a pellizcarle los pezones suavemente cada vez que podía.

De repente sentí cómo comenzó a contraerse su culo y cómo chorreaba su cueva mientras jadeaba intermitentemente disfrutando de su orgasmo y yo le llenaba de leche caliente y espesa su profundo agujero.

Así nos agradecimos con un tierno beso tanto placer prodigado y prometimos que no sería la última.