**Capítulo 4: La Leche y la Carne**
La llegada de Sofía transformó nuestra casa en un santuario de ternura, agotamiento y fluidos corporales. La leche materna era la nueva moneda de cambio, manchando sábanas, camisetas y el aire con su dulce olor a vainilla y piel. Esmeralda, convertida en una diosa lactante, navegaba entre la fatiga extrema y una sensualidad nueva, más profunda, más animal. Sus tetas, ahora verdaderamente colosales, duras como rocas cuando se llenaban, blandas como cojines cuando se vaciaban, eran el centro de nuestro universo. Y para mí, eran también el recordatorio constante de la promesa pendiente con Carlos.
Pasaron seis semanas antes de que el ginecólogo diera el visto bueno para reanudar la actividad sexual. Seis semanas de noches interrumpidas, de pañales, de miradas cómplices entre Esmeralda y yo mientras ella amamantaba, sabiendo ambos lo que se avecinaba. La "cuarentena" no había sido de abstinencia para nosotros; hubo masturbaciones mutuas, sexo oral cuidadoso, pero la penetración y, sobre todo, la idea de compartirla de nuevo, habían estado en pausa.
Carlos, respetuoso, pero evidentemente impaciente, había estado al pendiente con mensajes cariñosos y preguntas discretas. "¿Cómo está la mamá? ¿Y la pequeña Sofía? ¿Necesitan algo?" Pero detrás de las palabras, yo leía el hambre. El hambre por la leche que había probado, por el cuerpo que había visto transformarse, por la conexión que habíamos forjado.
Finalmente, una tarde en que Sofía dormía una siesta inusualmente larga, Esmeralda se sentó a mi lado en el sofá. Llevaba un camisón de algodón abierto al frente para facilitar la lactancia. Una de sus tetas, llena y pesada, asomaba, el pezón oscuro y húmedo.
—Ya estoy lista —dijo, sin preámbulos, mirándome fijamente.
—¿Para? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Para él. Para que vuelva. Para que beba de verdad. Y… —Hizo una pausa, una sonrisa traviesa y cansada jugueteó en sus labios—. Para conocer a Blanca y Sergio. Carlos me mandó un mensaje. D