—Ya casi terminamos —dice Astrid moviendo las tijeras con velocidad experta.

El pelo rizado de Lars requiere poca habilidad. Máquina en los costados y algunos tijeretazos para quitarle volumen. Ella, por el contrario, tiene que resignarse a las torpes manos del muchacho que hace lo que pueden para dominar su pelo rubio estilo carre.

Un fuerte temblor se siente en toda la sala. Ambos se levantan.

—¿Más bombas? —pregunta Lars sacándose la toalla del cuello.

—No lo creo, esto es constante.

Corren a la terminal y abren las cámaras. Al principio solo ven una masa negra sobre lo que antes había sido un bosque y luego un páramo incendiado. Cuando prestan más atención notan que la masa se mueve. Son miles de esas criaturas corriendo en manada. Avanzan en una dirección y luego giran cambiando de ángulo, para volver a modificarlo al poco tiempo.

—Son miles, —suspira Lars

Astrid mueve el ordenador para buscar una imagen de más distancia y dice: —Krona, calcula cuantas de esas bestias hay arriba nuestro.

—Las estimaciones arrojan unas cincuenta mil criaturas—responde la IA.

Un punto rojo se ve en el horizonte. El monitor marca con un triángulo algo irreconocible que se acerca desde el aire.

—¿Qué es ese punto rojo Krona? —Pregunta Lars.

La imagen se amplía y ven tres objetos negros suspendidos en el aire.

—Son helicópteros de ataque —responde la voz serena de KRONA—. Tres modelos Eurocopter Tiger, aproximándose a 290 kilómetros por hora.

En la pantalla, los puntos negros crecen hasta convertirse en siluetas claras. Se ciernen sobre la marea de criaturas y de sus alas brotan destellos de luz anaranjada.

—¿Y eso? —pregunta Astrid, inclinándo