Mi cama es un campo minado. El portátil asoma sobre una cordillera de carpetas, bocetos y tazas vacías. Me apoyo en el respaldo con las piernas cruzadas preparándome para una larga noche.
Cuando me llamaron de FoodClean & Co para rescatar su marca insignia fue como tocar el cielo con las manos. Después de cinco meses, en la presentación de mañana, decidirán si mis ideas son brillantes o si debo salir eyectada por la ventana.
Pero el éxito tiene un precio. Desde que entré en este proyecto, mi mundo está del revés, y el costo lo paga mi hijo Ron. Como madre soltera, Ron siempre ha sido mi compañero y confidente, pero en este último tiempo mi presencia se ha reducido a monosílabos y mensajes cortos. Él me observa callado y, cuando vaya a Yale, siento que lo perderé definitivamente.
La puerta cede y Ron se detiene a los pies del colchón estudiando el desastre con las manos en los bolsillos.
—Ron, cariño, tengo el agua al cuello —le advierto—. Hazme un favor y baja el cesto de la ropa sucia al lavadero.
En lugar de obedecer o marcharse, se tira en la cama, justo en la parte de los pies, quedando acostado boca arriba entre folletos.
—Después —murmura.
Ese «después», por supuesto, significa “nunca”.
Sigo tecleando para la presentación, pero por el rabillo del ojo veo cómo alarga el brazo y toma uno de los bocetos. Lo sostiene sobre su cara, estudiándolo.
—Están desnudas —dice apoyando un dedo sobre la foto.
Me quito las gafas de lectura y lo miro.
—Sí, es cierto. Pero no se ve nada.
—¿Son brujas? —pregunta, sin apartar los ojos de las tres jóvenes montadas con sensualidad sobre escobas.
—¿Te gustan?
Ron ladea un poco la cabeza sobre el cubrecama.
—Son atractivas. Pero ¿no se supone que tengan la piel verde y la nariz ganchuda?
Sonrío.
—La mente adora que le hagan trampa.
—¿Trampa? —. Se gira confundido.
—Feo y malo van de la mano, si son feas te quedas tranquilo, pero es aburrido. En cambio, si lo que debería darte miedo te atrae sexualmente, bueno, ahí la cosa se pone más interesante.
Ron vuelve a mirar el folleto frunciendo el ceño.
—Sigo sin entender qué hace una bruja vendiendo navajas de afeitar para hombres.
—Piensa en los cuentos de hadas que te contaba cuando eras un crío —le propongo, bajando un poco el tono de voz—. ¿Qué recuerdas?
—Una madrastra que era bruja. La mala de la historia.
—En las primeras versiones la bruja era la madre biológica. Después las cambiaron por madrastras para hacerlo más digerible.
Ron abre un poco más los ojos.
—¿En serio? ¿Por qué?
La pregunta me devuelve a las noches con Ron, donde perdía horas saciando su curiosidad. Me acomodo para explicarle, olvidándome de la presentación.
—Ahí está el secreto. Piensa en mí. ¿Cuál te parece que es mi rol como tu mamá?
Ron se encoge de hombros, todavía acostado boca arriba.
—Bueno, no sé... tú eres la que me cuida y me da cariño.
—Exacto. Esa es la imagen que todos tenemos de la madre.
—Y entonces... sigo sin comprender.
—Que una madre también es una mujer —digo, y dejo que la frase flote un segundo en la habitación—. Disfruta de la vida, se excita, tiene sexo, y además, te reta, te castiga y te pone límites.
—Suena todo muy contradictorio.
—Cuando los cuentos muestran a la mamá bruja, en realidad están mostrando la otra cara de las madres, esa que es difícil de aceptar.
Ron asiente, procesando la información.
—Entonces estas brujas están para...
—Para llegar al inconsciente del hombre que va a comprar la maquinilla.
—De acuerdo... —concede él—. Pero ¿y la escoba? ¿Qué necesidad hay de meter una escoba si estás vendiendo hojas de afeitar?
Dejo a un lado el portátil por completo y me enderezo.
—Porque ese palo es un falo.
Ron se queda boquiabierto. Se incorpora un poco, apoyándose sobre los codos.
—¿Un qué?
—Un miembro, un pene erecto —aclaro, mirándolo a los ojos con calma.
Él no sale de su asombro. Su rubor me divierte.
—¿Qué pasa? —arrastro las palabras—. ¿No te gustaría verme con un miembro erecto entre las piernas?
Ron arruga la cara, pero sé que la imagen caló hondo al comprobar la tensión en su pijama.
—¡Mamá! Por Dios... qué asco.
Suelto una carcajada y le guiño un ojo.
—Es una broma, dulce. Pero hay algo de cierto. El hombre ama a la madre buena, pero desea a la madre bruja. La madre bruja es peligrosa, y el peligro... vende.
—Tú serás la psicóloga, pero me resulta rarísimo que digas que te deseo.
—Por supuesto que me deseas, el problema es que la sociedad te enseñó a reprimirlo. Sin esa represión te aseguro que más de una vez te masturbarías pensando en mí.
Ron sacude la cabeza. Estoy segura de que está tratando de imaginarme y no sabe si excitarse o tener asco. Deja el folleto sobre las mantas y se cruza de brazos detrás de la nuca.
—Suponiendo que sea cierto, cosa que no acepté, ¿no es mucho más fácil decir: «compra esta maquinilla porque afeita mejor y tiene cuatro cuchillas»?
Me río por lo bajo. Es la misma pregunta que me harán los ejecutivos mañana.
—La mente no funciona así, amor. Cuando el cerebro sabe que le estás vendiendo algo se resiste. Por eso hay que engañarlo.
Ron suelta un soplido incrédulo.
—A mí me parece que son puros divagues psicológicos. No creo que una foto de tres mujeres desnudas te haga comprar algo que no necesitas. Las personas no son tan fáciles de manipular.
Creo que mi hijo necesita una lección y, como psicóloga, sé que no hay mejor aprendizaje que la experiencia empírica.
—Ven, acércate un segundo que quiero demostrarte algo.
Se arrastra por la cama hasta quedar a la altura de mis rodillas. Abro bien las piernas dejando expuesta mi ropa interior.
—¿Qué quieres demostrar?
—Hazme un favor, pon mis dedos en la boca y llénalos de saliva.
Ron duda, pero su curiosidad lo vence. Abre los labios y meto mis dedos. Él chupa y su lengua empapa mis yemas. Paso la mano por debajo de la ropa interior y abro mis pliegues hasta encontrar mi punto sensible. La saliva aún está caliente y me deslizo con suavidad explorando toda la cavidad.
Dejo que la tela casi transparente muestre la tensión de mis dedos.
El cuerpo de Ron reacciona. Sus ojos, que segundos atrás me desafiaban, caen en picado hacia el movimiento de mi mano. Sus labios se separan un poco. Su respiración se vuelve superficial. No logra apartar la vista de ese gesto obsceno e inesperado en el centro de mi regazo.
—Mi amor —le pido, utilizando una voz de una dulzura melódica, casi arrulladora—. ¿Puedes bajar el cesto de la ropa sucia al lavadero, por favor?
Ron traga saliva. Parpadea un par de veces, como si saliera de un trance pesado. Se incorpora de la cama con movimientos robóticos.
—Eh... sí. Sí, claro.
Escucho el roce del cesto de mimbre contra el pasillo y el eco de sus pasos bajando la escalera.
Vuelve en menos de dos minutos. Se queda de pie en el umbral, rascándose la cabeza, con la respiración algo agitada. Yo lo estoy esperando con una sonrisa triunfal en los labios.
—¿Qué acaba de pasar? —le pregunto.
Él me mira, desorientado, y luego mira el hueco vacío donde antes estaba el cesto.
—¿Me acabas de manipular?
—Tu cerebro entró en cortocircuito cuando tu mamá hizo un movimiento sexual. Mientras tu mente intentaba procesar lo que veías, yo introduje una orden simple. Y obedeciste sin pensar.
Ron se deja caer en la cama, visiblemente perturbado pero fascinado.
—Eso es... maquiavélico.
—Es marketing conductual.
—Sigo sin ver cómo se aplica eso al mundo real. O sea, entiendo el truco que me acabas de hacer, pero no es lo mismo.
Amo su curiosidad, pero su obstinación me exaspera. Voy a tener que seguir con mi lección.
—Acompáñame —le ordeno, poniéndome de pie.
Ron duda un instante, pero me sigue hasta el baño en suite. Me bajo la ropa interior hasta los talones y me siento en el inodoro.
Ron se queda clavado en el marco de la puerta, paralizado.
—Pasa —le digo, con el tono más casual del mundo.
Él entra, rígido como una tabla.
El sonido del chorro de orina golpeando el agua resuena en los azulejos. Ron desvía la mirada hacia el lavabo, luego hacia el techo, con el rostro teñido de un rojo intenso.
—Mírame, Ron. —Abro las piernas mientras el líquido sigue cayendo.
Él traga grueso y baja la vista. Sus ojos se cruzan con los míos, pero no pueden esquivar la blancura de mis muslos separados, la postura expuesta sobre el retrete y lo que está saliendo de mi cuerpo.
—Dime... ¿Qué sientes en este momento? —le pregunto como una profesora.
Él cruza los brazos sobre el pecho.
—Me siento incómodo. Muy incómodo.
—¿Por qué? —lo presiono mientras el líquido sigue cayendo—. Orinar es un acto biológico elemental. Cuando eras un crío yo te limpiaba y no me sentía incómoda.
—Es distinto —rebate él, apretando la mandíbula—. Tú eres mi madre.
El flujo termina junto con sus palabras.
—Te aseguro que no tiene nada de distinto. Toma papel de la repisa.
Él me acerca el rollo nuevo. Yo abro más las piernas y levanto el camisolín.
—¿No te vas a secar?
—Te voy a demostrar que todo pasa por tu cabeza. Límpiame tú.
Con manos temblorosas toma bastante papel y lo acerca a mi pubis. Me seca y deja que el papel caiga en el retrete. Me pongo de pie frente a él.
—Fue incómodo… pero por otro lado me gustó —me dice.
—Lo incómodo es la imagen que represento en tu mente. Si yo fuera otra mujer ahora estarías tan excitado que solo querrías revolcarte conmigo. Pero yo represento a la madre intocable. Te sentiste incómodo por mi rol y no por lo que viste… o tocaste.
Ron retrocede un milímetro, atrapado en la densidad del aire entre los dos.
—¿Y me quieres convencer de que con eso vas a vender?
—No exactamente eso, pero la idea general es la misma: generamos incomodidad inconsciente para vender miles de navajitas.
Salimos del baño. El pasillo está en penumbra, apenas iluminado por el reflejo que escapa de la habitación. Ron camina un paso por delante de mí. Su cerebro no descansa.
—Yo creo que no es lo mismo —me dice con terquedad—. Verte orinar es raro porque sale de lo común, pero ver tres mujeres desnudas montando en escobas…
Su obstinación es una buena práctica para vencer la resistencia de mañana.
Lo detengo posando una mano en su brazo. Él se gira hacia mí. Corto la distancia y lo envuelvo en un abrazo. Al principio, su cuerpo se tensa por puro instinto, pero a los pocos segundos cede. Es un abrazo de madre. Apoya su barbilla en mi pecho mientras mis brazos rodean su espalda. Su respiración se acompasa con la mía.
Y entonces, cambio las reglas.
En lugar de soltarlo, me pego más. Presiono mi pecho contra el suyo, dejando que sienta el volumen de mis senos a través de la fina tela de seda. Deslizo mis manos casi hasta el inicio de su trasero y la sostengo. Mi muslo abre sus piernas y se apoya en su intimidad. La tensión es evidente y la hago crecer con movimientos suaves. Él gime. Le doy un beso, y mi lengua roza la comisura de su boca. Un roce húmedo, lento, denso. Cargado de intención.
Ron retiene el aire de golpe. Sus manos se quedan congeladas. Su pecho sube y baja con una agitación repentina.
—¿Qué haces? —susurra, con la voz a punto de quebrarse.
Me aparto lo justo para mirarlo a los ojos, manteniendo la pierna apoyada en su centro.
—La madre bruja en acción —le contesto en voz baja, casi en un ronroneo—. Tu cerebro acaba de recibir dos señales contradictorias. El abrazo te dice «mamá me está cuidando», pero mi cuerpo pegado al tuyo y el roce en de mi lengua te dicen «mamá me está seduciendo». Tu mente no sabe si dejarse cuidar o follarme. Ese espacio de duda, ese cortocircuito, paraliza tu lógica. Y por ese hueco exacto entra la publicidad.
Ron traga saliva. Lo suelto y volvemos a la habitación en un silencio espeso. Él se sienta en el borde de la cama, frotándose la nuca. Luego se echa para atrás vencido tratando de entender. Se gira y recoge otro de los bocetos.
—¿Todo tiene que ser sexo para vender?
Lanzo una carcajada sincera y fresca.
—No mi amor. No todo es sexo. Pero si tus ventas se van a pique la disonancia sexual es una de las más efectivas porque genera una cascada hormonal en milisegundos.
—Primero disonancia y ahora hormonas. Me cuesta creerlo. Yo sé que te dedicas a eso, pero siendo sincero no creo que puedas obligar a alguien a sacar su tarjeta de crédito por más disonancia o como se llame.
Dejo los papeles a un lado. Lo miro con la máxima autoridad que mi rol de madre me otorga.
—¿Quieres que te lo demuestre? Mira que puedo ser muy persuasiva si me lo propongo.
—No vas a poder.
—¿Estás seguro? —lo reto.
Piensa y luego me dice:
—Ponme a prueba.
El mocoso se para al costado de la cama con los brazos en jarra, desafiante. Bajo los pies de la cama sentándome frente a él.
—Desnúdate —ordeno.
Ron parpadea, desconcertado.
—¿Cómo?
—Quítate la ropa. Ahora.
Él busca en mi cara algún rastro de broma, pero mis ojos le indican que no hay vuelta atrás.
Obedece. Sus manos tiemblan un poco cuando agarran el borde de su camiseta. Tira de la tela por encima de su cabeza y la deja caer al suelo. Luego, con movimientos mecánicos y la mirada baja, se deshace del pantalón del pijama junto con la ropa interior.
Hacía mucho que no veía la intimidad de Ron. Evidentemente ha crecido, pero sigue conservando las mismas formas suaves de cuando lo bañaba y tenía erecciones involuntarias.
—Dime qué sientes —le ordeno sin quitarle la mirada.
Él cruza las manos intentando cubrir su intimidad, encorvando los hombros hacia adelante.
—Siento vergüenza —confiesa, mirando un punto fijo en las sábanas—. Me siento observado de una forma muy rara.
—Pon las manos a los costados —sentencio—. Eso que sientes es doble disonancia. La primera es que supuestamente yo no debería exponerte de esa manera tan sexual.
—¿Y la segunda?
—Esa exposición frente a tu mamá te está generando una excitación tremenda y piensas que no deberías sentir ese deseo frente a mí.
—No es verdad —niega él de inmediato.
Esbozo una sonrisa condescendiente. Bajo la mirada y él me sigue con la vista. La tensión es innegable. La sangre ha bombeado hacia su centro, delatando una dureza plena que late desesperada.
—El cuerpo no miente, muchacho —le susurro—. ¿Te rindes?
Traga saliva y me desafía.
—Esto no prueba nada. Yo no compré nada. Mi voluntad está intacta.
—Ya veo. Bien. Sigamos entonces.
Espero. La tensión aumenta solo por la exposición. Ron trata de disimular su incomodidad cuanto más clavados están mis ojos en su fragilidad.
Entonces me llevo las manos a los botones del camisolín. Desabrocho uno a uno, hasta que los dos pedazos de tela caen lo justo para tapar mis pechos.
Apoyo las manos en el borde de la cama mientras cruzo las piernas.
—Dime Ron, y no me mientas porque lo voy a saber. ¿qué te gustaría que hiciera ahora? ¿Quieres que abra la camisa para que puedas ver mis pechos o prefieres que vuelva a abotonarme?
Me inclino adelante para que el borde de mis senos sobresalga por entre los pliegues.
—Eh, yo… no sé.
—No es muy complicado. Si me pides que me quite el pijama tu amigo va a estar más que agradecido. Aunque claro, también podrías portarte como un hijo bueno y obediente y pedirme que sea tu mamá casta y santa.
—¡No es justo! —Me reclama—. Mira como estoy.
—¿Cómo estás?
Me señala su dureza palpitando descontrolada. La humedad empezó a sobresalir chorreando por los bordes.
—Te juro que no me importa lo que hagas, pero no me dejes así. Haré lo que me pidas.
—¿Lo que te pida? —Descorro la tela hasta que las dos areolas quedan apenas expuestas—. ¿Lavarías los platos, no sé, un año tal vez?
—Sí mamá, te lo prometo.
—Entonces, ¿podemos decir que ya compraste el producto?
Ron deja caer los hombros. Sus ojos oscuros brillan con una mezcla de vulnerabilidad y fascinación absoluta.
—Tienes razón —murmura, con la voz ronca—. Tú ganas. Estoy tan confundido que haría lo que quieras si me lo pides.
Hora de presionar un poco más para fijar el conocimiento.
—¿Por qué estás confundido?
—Mírame como estoy. Me siento fatal. Me gusta muchísimo la madre bruja, pero siento que estoy traicionando a la madre buena.
Me quita una risa su ocurrencia.
—Te voy a dar una última lección. No existe madre buena y madre bruja. Son la misma persona. Yo soy la que te cuida y la que es capaz de seducirte. El conflicto se resuelve cuando aprendes a amar a ambas a la vez. Ven.
Lo tomo de la mano y lo acerco. Con un movimiento suave lo hago recostar boca abajo sobre mis muslos. Sus glúteos desnudos son perfectos.
Mi mano se apoya y comienza a acariciarlo. Son caricias maternales. Protectoras. Recorro cada una de las nalgas.
Él se relaja y se deja contener.
—¿Recuerdas cuando eras pequeño?
Tarda en responder.
—Sí, me acuerdo. Cuando estaba triste o tenía una pesadilla, tú te sentabas a mi lado y me acariciabas de esta forma hasta que me dormía.
—Es la forma más primitiva de cuidado y afecto de una madre. Tu cuerpo la reconoce al instante, te relaja, te hace sentir a salvo.
Él asiente despacio, tragando saliva. Exhala un suspiro profundo, dejándose hundir en las caricias hipnóticas. Su cuerpo pierde la rigidez nerviosa de hace unos minutos.
—Si no quieres que te hackeen tienes que aceptar que yo también puedo hacer otras cosas además de cuidarte. Cosas que pueden confundirte, pero que son un placer absoluto.
Deslizo la mano y la interno en la entrepierna. Las caricias ahora son mucho más suaves, casi un roce leve que recorre sus muslos y apenas toca la base que cuelga entre las piernas.
Él gime mientras se contrae.
—Me gusta —susurra.
—Esta es tu mamá, la buena y la bruja. Te cuido y te protejo. Te corrijo y te castigo. Puedo excitarte cuando me miras. Darte de comer y darte placer. Puedo abrazarte y seducirte. Todo eso al mismo tiempo.
Su tensión ahora es una dureza que con cada contracción empapa mis piernas. Su movimiento me llena de calor y deseo.
Lo hago girar y se queda bocarriba sobre mi regazo.
Mis dedos descorren la piel y toman la punta de su dureza dominándola con habilidad. Ron suelta un gemido ahogado y echa la cabeza hacia atrás. Dejo que un hilo de saliva caiga sobre la punta hasta que queda mojada por completo. Froto la piel expuesta con la palma abierta. La carne palpita caliente y desesperada. Me muevo con una lentitud tortuosa, marcando el contraste entre la contención que brinda mi regazo y la fricción explícita que ejerzo sobre su centro.
—Te desarma, ¿verdad? —le pregunto, sintiendo cómo tiembla sobre mis piernas.
Él tiene los ojos cerrados. Intenta decir algo, pero las palabras se mueren en su garganta.
Descorro la camisa del pijama que cae hacia atrás.
—Mírame —le ordeno.
Ron abre los ojos. Su respiración se corta al ver mis pechos desnudos. Lo levanto, acercando su cabeza a mi seno.
—Los pechos —continúo guiando su nuca—. Siempre fueron tuyos para alimentarte y buscar consuelo. Pero ahora vas a usarlos para darme placer. Chupa.
Ron abre más la boca y el contacto húmedo y cálido de su lengua me arranca un suspiro que reverbera en toda la habitación. Succiona con una mezcla de hambre antigua y deseo adulto, mientras mi mano sigue trabajando el ritmo en su entrepierna. La fricción, la humedad, el calor de su boca... todo confluye en una sobrecarga que me quita el aire y me empuja.
La teoría se agota. La psicóloga se desvanece por completo, tragada por la fuerza de la mujer que lleva meses acumulando estrés y deseo a partes iguales.
Me detengo y digo:
—Yo ya te enseñé todo lo que tenía. Lo que siga a partir de aquí depende solo de ti.
—¿Qué sigue?
—Una opción es que vayas al baño y te toques hasta quitarte toda esa tensión. Luego vuelves y seguimos charlando como si nada de esto hubiera ocurrido jamás.
—¿Y la otra opción?
—Puedes dejar que tu madre bruja haga lo que se le antoje contigo. Y te puedo asegurar que es muy depravada.
—Yo… —empieza a decir y lo interrumpo.
—Si decides quedarte, tienes que saber que vas a cruzar una línea. Nunca más me vas a ver igual. Vas a seguir amándome como tu madre guardiana y protectora, pero también me vas a desear como mujer. A partir de ahora cada noche que estemos solos vas a querer intimar conmigo y me vas a implorar que te haga las cosas más perversas que mi mente retorcida pueda imaginar. Y te aseguro que cada vez que te toques solo vas a pensar en las miles de formas que tengo para darte placer. ¿Estás dispuesto a romper ese límite para toda tu vida?
—Sí mamá. Confío en ti.
—Bien. Nunca me gustó meterme en tu vida íntima, pero en este momento necesito saberlo. ¿Has estado antes con una mujer?
—No.
—Comprendo. Entonces lo primero que vas a aprender es a sentir. Quiero que me beses desde la punta del pie hasta la boca.
Ron se arrodilla y me va dando besos suaves en cada parte de mi cuerpo. Cuando sus labios se posan en mis muslos me estremezco de placer. Pero no lo apuro. Sigue besando mi vientre, mis senos, el cuello.
Lo tomo de la cabeza y apoyo mis labios en los suyos. Mi lengua abre y entra saboreando su saliva.
—Eres hermosa —me dice.
—En esta primera vez te voy a enseñar algo simple, ¿de acuerdo?
Él asiente.
Me quito la ropa interior y me acuesto en la cama, sobre folletos y carpetas. Abro las piernas. Con los ojos señalo mi pubis.
—Creo que no limpiaste del todo bien —bromeo y él entiende la indirecta.
Abre mis pliegues con sus labios y su lengua recorre el punto más sensible de mi centro, arrancándome un gemido sordo. Sigue saboreando con ritmo y yo flexiono las piernas invitándolo a ir más lejos.
Me mira con la cara mojada y los ojos brillantes.
Lo atraigo hacia mí.
Sostengo su tensión mientras se acomoda, y lo ayudo a invadirme hasta que me llena por completo. Suspiro y lo atrapo con mis muslos invitándolo a moverse.
Su vaivén es rítmico y profundo.
Lo beso con una urgencia feroz, devorando sus labios. Él responde con la misma voracidad, enredando sus manos en mi pelo.
Registro exactamente cuándo dejo de ser la madre protectora y me convierto en un animal salvaje que solo quiere satisfacerse.
La piel se empapa de sudor y los pechos friccionan con fuerza. Clavo mis uñas en sus glúteos marcándolo como mi propiedad. Ron embiste con fiereza y los folletos crujen bajo nuestros cuerpos. La tablet resbala por el borde de la cama y cae al suelo alfombrado con un golpe sordo.
Aprieta mis pechos sin detener su movimiento. Mi jadeo lo reclama.
Nos revolvemos con una desesperación que borra cualquier límite. Siento el pulso vivo de su dureza en mi centro y lo empujo más adentro. La tensión me llena y todos mis músculos se contraen intentando contenerlo.
—Mamá, creo que no aguanto…
—Déjate caer —le ordeno.
Con esa orden un desborde largo y prolongado me llena de una calidez que colma, y con su última embestida, mis paredes se contraen como una pinza. Una descarga violenta me quiebra la voz, soltando un grito sordo que me raspa la garganta.
El silencio tarda mucho en regresar a la habitación.
La respiración de ambos se va calmando poco a poco. Ron está recostado de lado, con la cabeza apoyada en mi pecho, trazando círculos invisibles sobre mi piel desnuda con la yema del dedo. El sudor nos pega a las sábanas.
Con un movimiento perezoso, él levanta la vista y observa el campo de batalla. Los gráficos de ventas están doblados, el boceto de la bruja tiene una marca de humedad y mi portátil ha quedado en un ángulo peligroso sobre una almohada.
Ron me mira, con una mezcla de culpa y diversión en los ojos.
—Al final... —susurra, con la voz todavía áspera por el clímax— no pudiste repasar nada de la presentación.
Sonrío. Una sonrisa lánguida, profunda y llena de poder. Levanto una mano y comienzo a acariciarle el pelo con suavidad, devolviéndolo al refugio de la madre.
—No te preocupes por eso, cariño —le contesto, cerrando los ojos mientras disfruto de la calma que me inunda el cuerpo—. Va a ser la mejor presentación de mi puta vida.
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