Capa roja, una jovencita ingenua y un lobo hambriento. Eso es lo único que recuerdan. Y así lo han contado por años para asustar a los pequeños y volverlos más obedientes. Ya me cansé de tantas mentiras. Hoy te voy a contar lo que en verdad ocurrió esa tarde que fui a ver a mi abuelita. Si es que te atreves.
El viento helado silba por las rendijas de nuestra cocina, haciendo temblar la llama de las velas. Afuera, el pueblo es solo un puñado de techos grises aplastados por la nieve, rodeados por ese muro de pinos oscuros que casi nadie se atreve a cruzar.
En esta casa siempre hace frío, un frío que se te mete en los huesos y huele a humo, a encierro y a secretos. La cesta de mimbre pesa en mi mano. El olor a pan recién hecho se escapa de la tapa.
Las manos de mi madre trabajan rápido agregando más cosas: un frasco de miel espesa, embutidos, quesos y una bolsita de pana negra. Empuja los paquetes contra el fondo de la canasta con una fuerza innecesaria. No digo nada. Me ajusta la capucha roja sobre mi cabello rubio y luego sujeta el mango de la puerta. No me mira los ojos.
Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el picaporte de hierro. Su voz suena tensa, rasposa, como si las palabras le quemaran la garganta al salir.
—Lleva esto a tu abuela y quédate con ella hasta que mejore. No te entretengas en el camino.
Su mirada se desvía hacia el rincón oscuro de la cocina, donde mi hermana Ilva se calza un abrigo oscuro y pesado. El cuero grueso suelta un sonido áspero. Un olor rancio empieza a invadir el espacio, desplazando por completo el aroma del pan que llevo en la cesta.
—¿Mi hermana vendrá conmigo? —pregunto.
—¡No! —Responde tajante—. Ella tiene otras tareas. Ve tú a cuidar de la abuela, y se obediente. No me hagas quedar mal.
—¿Qué tareas tengo que hacer? —pregunta Ilva— pensaba salir a caminar.
—Ilva quítate esa cosa apestosa —le dice mi madre—.Así no vas a conseguir nunca un buen partido.
Ilva se hunde más en la prenda. Yo me ajusto la capa roja sobre los hombros y salgo a la luz del bosque sin volverme atrás. La puerta se cierra mis espaldas con un chasquido seco.
El bosque me recibe con un silencio denso. Hace frío, y el suelo está salpicado de manchones de nieve sucia que se aferran a las raíces desnudas de los árboles. El aire se me congela en la boca cuando respiro. Avanzo por el sendero principal. El crujido de mis pisadas sobre la hojarasca y la nieve es el único sonido que rompe la quietud.
Una rama se quiebra. Me detengo en seco, el corazón dándome un vuelco.
Otro crujido rompe la quietud del bosque.
Una forma oscura y baja se mueve entre los troncos. Tiene pelos negros y erizados. Camina en línea recta hacia mí, con una determinación que me eriza la piel.
La nieve cruje mientras avanza con sacudidas rítmicas, pesadas. La silueta parece fundirse con las sombras de los abetos. Por un segundo interminable, el aliento se me congela en la garganta, y mis dedos aprietan el mimbre de la cesta, frotando el asa mientras me preparo para lo peor.
La figura sale de la penumbra y la luz del sol pálido revela el rostro de mi hermana.
Se quita un mechón de pelo castaño de la cara y clava sus ojos celestes en mí. Su respiración agitada forma nubes densas de vapor que nos separan. El abrigo le da una envergadura amenazante que bloquea el camino, pero debajo de esa piel oscura, noto que sus manos tiemblan ligeramente.
Ilva se detiene a un paso de mí. Su mirada es intensa, fija.
—¡Ilva! —exhalo, aliviada y a la vez irritada—. ¿Qué haces aquí?
—Quería comprobar que estabas bien.
—¿Por qué razón iba estar mal? ¿Y por qué usas ese abrigo? ¡Me asustaste!
—Me lo regaló el cazador. Está hecho con piel de lobo.
—¡Por Dios Ilva! Qué asco.
—Repele a las brujas.
—Déjate de tonterías, no hay brujas en este bosque.
Ilva gira la cabeza y señala con la vista hacia el costado.
—No vayas por aquí, usa el otro camino —dice su voz, plana, sin inflexión.
Miro hacia el desvío que ella señala, un sendero estrecho y oscuro que se pierde entre los abetos.
—Son tres horas más.
—Es más seguro así.
—No, gracias —respondo, arrugando la nariz—. Prefiero el corto. Quiero llegar antes de que se enfríe la sopa de la abuela.
—Caperucita, hazme caso. Es mejor.
—¿Mejor? ¿cómo? Si este es el camino de siempre.
—Por favor, ve por el otro. Es mejor que llegues cuando ya esté dormida.
—No quiero. ¿Por qué me insistes?
Ilva da un paso hacia mí, y su sombra me envuelve.
—¡Yo sé cosas que tú no! —su voz se quiebra por primera vez, un filo de desesperación.
—No te entiendo. ¿Qué cosas? ¿Está más enferma de lo que dice? Si es eso, debo ir.
—¡No! —grita, y su grito ahuyenta los pájaros—. Hay cosas que no puedo decir pero si abres esa puerta... tu vida ya no volverá ser la misma. Perderás lo más valioso que tienes.
La miro fijamente. Por un instante, siento una punzada de duda. Pero luego recuerdo la orden de nuestra madre. Y la sola idea de ignorar su advertencia, de cruzar esa puerta de madera y enfrentarme a lo que me espera, hace que un latido caliente, oscuro y sordo me palpite en la garganta. Una sonrisa se dibuja en mis labios, una sonrisa paciente y un poco desdeñosa.
—Hace apenas unos meses tú ibas a verla todos los días. Estás divagando.
La aparto con un gesto suave de la mano y sigo mi camino, canturreando más alto para llenar el silencio que me deja atrás. No me vuelvo. No necesito verla para saber que sigue allí, parada, viéndome desaparecer entre los árboles.
El aire helado me muerde las mejillas y me entumece los dedos. Mis botas pequeñas apenas hunden la nieve, trazando un andar despreocupado.
La cabaña de mi abuela aparece detrás de unos árboles retorcidos que tapan la poca luz del atardecer.
El calor del fuego me recibe en el umbral. Abro la puerta y mi abuela está de espaldas, removiendo un estofado que hierve en una gran olla de hierro colgada de la chimenea.
No se vuelve, pero sé que me ha oído llegar.
—Caperucita. Cierra la puerta, niña. Que no se escape el calor.
Obedezco y dejo la cesta sobre la mesa. Me siento en un taburete junto al fuego, estirando mis manos hacia las llamas.
Por fin, ella se da la vuelta. Su rostro es suave, surcado por arrugas amables, y sus manos, aunque nudosas, se mueven con una gracia tranquila. Se acomoda mi lado lo suficiente para que sienta el calor de su cuerpo.
Comemos frente al fuego el estofado que ha preparado. El cuenco rústico me quema gratamente las palmas de las manos.
Cada cucharada del estofado es espesa, un fuego reconfortante que baja por mi garganta, derritiendo el frío del bosque y encendiendo un calor nuevo en mi vientre. El único sonido en la habitación es el sorbo de los líquidos. La abuela me observa sin pudor por encima del cuenco; el vapor de la comida empaña el espacio entre nosotras.
—Ya tienes edad para comprometerte —dice—. ¿Tu madre te habló de candidatos?
Bajo la vista, jugando con un botón de mi blusa.
—Sí... pero no me gusta la idea. Casarse con un hombre que no conozco, solo para cuidar de una casa y tener hijos. A mí me gustaría encontrar un hombre de quién enamorarme.
La abuela me sonríe, cómplice.
—El amor. Eso es un lujo, pequeña. Un lujo ciertamente pasajero. En cambio hay cosas mucho más poderosas.
—¿Cómo cuáles?
—Como el placer... el placer es una necesidad. El cuerpo lo pide, igual que pide comida. ¿No sientes a veces un calor en tu vientre que no tiene nada que ver con el fuego?
Levanto la vista.
—¿Te refieres a mariposas en el estómago? ¿Como en los cuentos?
La ingenuidad de mis palabras parece divertirla. Su risa es suave.
—No mi amor, esas son puras fantasías. Me refiero a algo real. Tu cuerpo es como el suelo, si lo tratas bien, pide que lo labren. ¿Te ha enseñado tu madre a conocer tu propia tierra, a saber cuándo está lista para la siembra?
Me río, como si la idea fuera un chiste absurdo.
—¿Labrar la tierra? ¡Yo trabajo la tierra en casa, abuela! Pero nunca se me ocurrió pasar un arado por mi cuerpo...
La frase cuelga en el aire, tan ingenua y directa que la abuela tiene que contener una carcajada.
Nos sirve un cuenco de manzanas asadas con nueces y un poco de miel, un postre espeso y caliente que se pega a los dedos. Me chupo la yema del índice y el pulgar, saboreando el dulzor pegajoso que contrasta con el sabor metálico que me había dejado el estofado.
El roce de mi propia lengua contra los dedos suena húmedo, atrayendo su mirada justo hacia mi boca.
—Dime, niña, cuando plantas en la huerta... ¿cómo lo haces? ¿Cómo preparas la tierra?
Trago un trozo de manzana y le explico, sin pensar demasiado.
—Pues es fácil. Primero me aseguro de que la tierra esté húmeda. Luego uso los dedos para hacer un orificio, con mucho cuidado, asegurándome de que el humus ceda sin esfuerzo. Tomo un poco de estiércol, lo amaso con mis propias manos y escupo para que se convierta en un engrudo suave y untuoso. Lo uso para cubrir las paredes del orificio, para que quede rebosante de vida. Cuando el agujero tiene fertilizante, cuando se ha expandido un poco, introduzco la semilla con una presión firme y pausada. Al final, la cubro cerrando el agujero con tierra.
La abuela asiente, satisfecha. Deja su cucharilla un lado y clava sus ojos en mí.
—Algo parecido ocurre con el cuerpo —dice en un murmullo hipnótico—. Las mujeres torpes creen que su tarea es dar a luz, y dejan que sus maridos abran un surco con violencia y depositen la semilla sin cuidado. La mayoría de esas mujeres lloran de dolor y aborrecen a sus maridos. Pero las mujeres inteligentes, las que conocen las viejas costumbres, saben usar a los hombres como verdaderos esclavos para satisfacerlas. Con la misma delicadeza con la que tú preparas la tierra, tienes que preparar tu cuerpo para recibir la semilla del varón. Y cuando eso ocurra, podrás sentir cosas mucho más placenteras que esas inútiles mariposas de los cuentos.
Termino mi postre. La miro con cara confundida.
—No entiendo.
La abuela sonríe.
—Llegado el momento, vas a entender. Todas entienden.
Se lleva una mano al pecho y jadea.
—¿Estás bien, abuelita?
—Ay, niña... el mal de bosques... me vuelve a atacar. Ayúdame acostarme, por favor.
La sostengo mientras se levanta. Avanzamos hacia la cama. El peso de sus senos roza contra mi hombro a cada paso torpe que damos. Su respiración es profunda, un jadeo caliente que me golpea el cuello y me eriza el vello de la nuca. El suelo entablonado cruje bajo nuestros pies.
—Estoy adolorida —murmura—. Ayúdame a quitarme la ropa. No puedo mover los brazos.
Mis dedos, torpes al principio, desatan los nudos de su delantal y luego los de su vestido. Me tomo mi tiempo. El sonido de la tela gruesa colapsando sobre las tablas del piso resuena como un telón que cae. Finalmente, mi abuela queda desnuda ante mí. El aire helado choca de inmediato contra su madurez al descubierto, erizando sus poros frente a mis ojos curiosos.
Su piel es tersa, casi sin arrugas. Senos turgentes y pesados, caderas anchas y trabajadas, piernas gruesas y un vientre tenso y voluminoso. Sus glúteos son muchísimo más grandes que los míos, pero conservan una forma lisa y llamativamente uniforme. Unos pliegues carnosos y algo separados asoman irregulares por la mata de pelos negros y rizados de su entrepierna. Un contraste evidente con su cabello largo y gris. Le ayudo a ponerse una camisa de frisa limpia y una gorra de dormir. Una vez acostada, me sonríe, agradecida, y unas hermosas arrugas sobresalen de sus ojos, acentuando la candidez de su mirada.
Agrego más leña al fuego, y las llamas crepitan con más fuerza.
—Tengo un frío que me hiela los huesos —suspira ella—. Ven, acuéstate a mi lado. Tu cuerpo joven me dará calor.
Me pongo mi camisón y me deslizo bajo las pieles. Me acurruco a su lado, abrazándola. Apoyo la cabeza en su busto prominente, y el latido de su corazón, lento y fuerte, resuena en mi oído. Me envuelve su olor, una mezcla de sudor, intimidad de mujer y algo demasiado salvaje y acre que no logro reconocer.
Las gruesas pieles de oso nos aplastan suavemente, creando un nido asfixiante que atrapa nuestro calor.
Afuera, el viento aúlla de pronto, azotando los postigos de madera de la pequeña ventana como si quisiera entrar por la fuerza.
Nuestros pies desnudos se rozan. Contengo un suspiro mientras dejo que mis rodillas busquen refugio entre sus muslos robustos.
Permanecemos en silencio durante un largo rato. El único sonido es el crepitar del fuego y, de pronto, un siseo suave que se va haciendo más fuerte.
Me levanto un poco sobre el codo y miro por la pequeña ventana. La nieve ha empezado a caer con fuerza, copos grandes y densos que cubren el bosque en un manto blanco y silencioso.
—¿En qué piensas, niña? —susurra la voz de mi abuela junto a mi oreja, su aliento caliente.
Vuelvo a recostarme, mi cabeza vuelve a su pecho.
—En lo que me has dicho en la cena. En que no lo entiendo.
Su mano acaricia mi cabello.
—Es normal. Cada cosa a su tiempo. Dime, cuando te bañas... ¿alguna vez te has visto? La unión de tus piernas.
—Sí —respondo, mi voz es apenas un murmullo—. A veces, cuando me limpio, me quedo mirando.
—¿Y nunca sentiste curiosidad? —insiste, su voz se vuelve más baja, más íntima—. ¿Nunca abriste tus pliegues para ver lo que hay adentro?
La pregunta me ruboriza, pero no de vergüenza.
—Sí... alguna vez.
—¿Y te tocaste? —su voz es casi un ronroneo—. ¿Qué sentiste?
Me quedo callada, recordando.
—Una vez hace ya mucho tiempo seguí a mi hermana hasta las orillas del arroyo. Me escondí detrás de un árbol para espiarla. La vi recostada contra un tronco, los ojos cerrados, la mano metida entre sus piernas, moviéndose con ritmo agitado. Arriba y abajo arriba y abajo. En ese entonces preferí ignorar su extraña conducta.
La abuela suelta una risa suave.
—No hay nada de extraño. Lo que pasa es que eras aún muy pequeña para entenderlo. Pero es algo normal y muy placentero.
—Aún así me resulta confuso —digo—. ¿Cómo puede ser algo placentero eso? Yo lo intenté y me resultó... incomodo.
La abuela deja de acariciarme y se incorpora un poco, apoyándose en el codo para mirarme a los ojos. La luz del fuego baila en su rostro.
—Porque lo has hecho mal. ¿Recuerdas como preparas la tierra? El placer no está en el momento en que colocas la semilla. El placer está en la preparación de la tierra. Está en saber qué buscas.
Su mano abandona mi cabello y desciende lentamente por mi espalda, hasta la base de mi columna. Me estremezco.
—Cuando juegas en esa zona —continúa con tono docente—. No basta con meter el dedo en el agujero. Tienes que encontrar el lugar exacto. Un punto duro y firme que, si lo presionas con la delicadeza adecuada, hace que toda la planta se estremezca y se abra al sol.
—Creo que jamás lo voy a encontrar.
—¿Te gustaría que te ayude?
—¿Lo harías por mí?
—Por supuesto, es mi obligación como tu abuela.
—Gracias abuelita, eres muy buena.
La abuela se incorpora en la cama. Su silueta poderosa y oscura contra el resplandor del fuego. Sus ojos brillan con una intensidad que nunca le había visto.
—Las palabras no sirven, pequeña. Tienes que sentirlo. Hay demasiada tela entre nosotras. Quítate el camisón.
Su voz es una orden suave. Yo obedezco, la tela desliza sobre mi piel y me quedo desnuda bajo su mirada. Ella también se quita la ropa y mi cuerpo se antoja pequeño y frágil frente al suyo. Se arrodilla a mi lado.
—Vamos a empezar —dice, y su mano se posa en mi vientre—. Voy a enseñarte a leer tu propio cuerpo.
Sus manos empiezan a recorrerme. Son las manos de una mujer que trabaja la tierra, que corta leña. Fuertes, con la piel áspera y callosa. Me acaricia por todo el cuerpo, desde los hombros hasta la punta de los pies, y cada toque es una descarga eléctrica que raspa y me sacude. Con una facilidad que me asombra, me levanta y me sienta sobre sus muslos, mis piernas a cada lado de su cintura. Me sostiene por los glúteos.
—Qué manos tan grandes tienes —susurro, sin poder evitarlo.
—Son para acariciarte mejor —responde ella, y me inclina hacia su pecho.
—Y tus pechos, son enormes.
—Son para alimentarte mejor. Bebe mi dulzura —me ordena.
Agarro un pecho con ambas manos y lo acerco a mi cara. Mis labios encuentran la areola y la punta endurecida. La tomo. Un sabor dulce y salado me inunda la boca.
—Sigue —me dice acariciándome la cabeza— chupa de la teta. Deja que tu abuela te alimente como lo hice con tu madre.
No puedo frenar y succiono con desesperación. Mientras bebo, su mano aprieta mis nalgas, poseyéndome. Luego, con una delicadeza que contrasta con su fuerza, me acuesta boca arriba sobre las pieles. Su cabeza baja y sus labios se pegan a mis pechos. Su lengua es áspera como la de un gato y cada lamido me quita el aliento. Las puntas se endurecen bajo su boca. Gimo y no sé si es por placer o dolor.
Sus manos descienden, abren mis piernas con suavidad. Sus dedos tocan mis pliegues, ya húmedos, y yo jadeo. Me acaricia la mejilla con su otra mano, una caricia casi maternal que choca con la obscenidad de sus gestos. Hunde los dedos en mi boca y yo chupo con la respiración entrecortada.
—Qué dedos tan grandes tienes... —logro decir, entre jadeos.
—Son para penetrarte mejor —confiesa.
Su pulgar encuentra el pequeño botón escondido en mi centro. Lo roza, y un hilo de baba se derrama, humectándolo. Mece el pulgar con una lentitud tortuosa, y mis caderas se mueven solas, buscando más.
Luego, sus dedos rústicos y fuertes se deslizan hacia abajo, se abren paso en mi entrada y se hunden hasta el fondo, de golpe. Grito, una mezcla de sorpresa y dolor. La fricción comienza. Ya no hay delicadeza. Su movimiento es firme, implacable, sus dedos trabajan mi interior con la misma fuerza con que trabajarían la tierra. Empuja con fuerza y luego sale. Empuja y sale.
—Abuelita, ¡me duele! —gimo, con los ojos cerrados.
—Shhh... —me susurra, pero no se detiene. Vuelve a humectarme con su saliva, sin retirar los dedos—. Tu cuerpo tiene que aprender a sentir el placer. Tienes que aprender abrirte para mí.
El movimiento es más rápido y severo. Me recuerda a los azotes que me daba mi madre sobre el trasero desnudo cuando era pequeña. Pero esta vez, además de dolor, cuando entra con furia, el golpe sobre mis pliegues me desarma de placer.
Hasta que el sufrimiento se disipa y solo queda una tensión deliciosa, un calor que se extiende desde mi centro hasta todo mi cuerpo.
Mis gemidos son rítmicos. Algo se acumula en mi interior, una tensión que crece, que amenaza con estallar. Y entonces, para. Se detiene en seco.
La insatisfacción es tan grande que lágrimas gruesas salen de mis ojos. Me sienta sobre sus muslos de nuevo, mi espalda contra su pecho. Sus brazos me rodean, sujetándome.
—Abuelita, ¿por qué te detuviste?
—Porque tienes que aprender a sostener el placer. Y porque creo que ya estás lista para enseñarte algo mucho más intenso. ¿Te animas?
—Confío en ti, abuelita.
Sus manos suben hasta mis pechos, los pellizca con fuerza. Gimo sin aire. Con un movimiento rápido, me pone boca abajo y me coloca en cuatro patas. Mis nalgas quedan expuestas. Sus manos las abren, y siento su lengua áspera raspar mi orificio posterior. Un nuevo temblor recorre mi cuerpo, esa sensación húmeda y caliente abriéndome por detrás.
—Esto puede resultarte incómodo —me advierte su voz grave—. Pero te aseguro que te va a gustar si te relajas. ¿Estás relajada?
Asiento, con la cara hundida en las pieles.
—Sí.
Entonces, hunde con fuerza primero un dedo, y luego dos, invadiéndome.
Grito. Un sonido ahogado que está mitad de camino entre la incomodidad y un placer oscuro y prohibido.
Mientras los dedos ásperos de una mano se mueven abriéndome por detrás, la otra mano acaricia mi centro, y entra friccionando al mismo ritmo.
Todas mis cavidades se cierran instintivamente, los músculos se ponen tensos.
—Relájate. Déjame entrar.
Respiro hondo, obligando a mis músculos a ceder. Cuando por fin me relajo, ella continúa moviéndose, implacable, una doble invasión que me domina por completo.
El ritmo se acelera, y mi espalda se arquea, mi cuerpo se tensa ante el desborde inminente. Intento contener la sensación pero es tan inmensa que me hundo en el clímax sin poder respirar.
Un grito se escapa raspándome la garganta mientras un torrente de placer me vuelca por completo.
Caigo de lado, temblando, sin un solo aliento.
La abuela me acuesta bocarriba y se coloca mi costado, cubriéndome con su pierna. Su aliento es agitado.
—¿Te gustó? —pregunta.
Asiento con ganas y ella me besa la mejilla. Yo paso las yemas de mis dedos sobre sus labios.
—Qué boca tan grande tienes.
Ella sonríe y me dice: —Es para besarte mejor.
Y me besa.
Sus labios me devoran y su lengua entra en mi boca, haciéndome probar el sabor salado y ácido de mi propio cuerpo. Es un beso posesivo, que dice “eres mía”.
Me acaricia la cabeza. El gesto ahora sí es maternal.
—Ya aprendiste bastante por ser la primera vez. Ya te iré enseñando lo demás.
La miro a los ojos, y mi sonrisa se diluye.
—No —digo, mi voz es firme—. No es justo. Yo he recibido demasiado cariño de mi abuela. Tengo que devolverlo.
—Basta por hoy, pequeña. Debes descansar. Has aprendido mucho.
Pero yo no he terminado. Me incorporo, la miro a los ojos y, sin decir una palabra, bajo mi cabeza y la beso. Es un beso profundo, hambriento.
—Ay, cariño, espera... —susurra ella, sorprendida, intentando apartarse.
No la dejo. Mi boca no se separa de la suya, mi lengua la explora, la domina. Mi cuerpo frágil se desliza sobre el suyo, grande y curtido. Navego por sus pliegues, por sus curvas, besando su cuello, descendiendo hasta sus pechos pesados. Mis labios se cierran sobre sus pezones ya duros, y la muerdo con suavidad, luego con más fuerza.
La abuela arquea la espalda, un gemido profundo sale de su garganta. Ya no me empuja, sus manos se aferran a mi espalda. Apoyo mi pierna delgada en la mata de pelos y entra entre sus pliegues, hasta que mi muslo queda hundido, tocando el centro caliente y húmedo de la abuela.
Ella gime.
—Por favor... —murmura, y su ruego es todo el permiso que necesito.
Muevo mi muslo, friccionándolo con un ritmo lento y constante. La abuela me toma de los glúteos, sus dedos se hunden en mi carne clavando sus uñas hasta dejar diez marcas rojas en mi trasero. Lleva mi pubis contra su propio centro, obligándome a una presión más directa.
Ahora soy yo la que se mueve, friccionando con fuerza, abriéndome paso mientras la mujer me rodea con sus piernas potentes. Mi cuerpo diminuto se agita sobre el suyo y los gemidos de la abuela se vuelven gritos. Bajo entonces, deslizándome por su vientre hasta que mi rostro queda entre sus piernas. Su humedad caliente llena toda mi cara, mientras mi boca busca su centro.
Le doy mordiscos suaves, luego más profundos. Pierdo el control y me muevo como una bestia del bosque. Hundo el hocico en su carne blanda. Se abre y yo acepto la invitación. Exploro. Poseo.
Me muevo con velocidad llevándola al borde del abismo y me detengo. Sus piernas se contraen desesperadas.
Vuelvo a empezar.
La respiración se le corta y me agarra la cabeza. Pero antes del final, me detengo con perversión. Grita de insatisfacción y yo sonrío al sentir sus piernas temblando.
Empiezo de nuevo. Una y otra vez en un espiral cada vez más intenso.
Un grito agudo y sostenido.
De entre sus pliegues un chorro de líquido transparente sale despedido con violencia manchándome la cara y empapando las frazadas.
Arremeto y esta vez no me detengo. La empujo con lentitud agónica. Ella suplica por más, pero sigo con mi ritmo.
Los gritos de la mujer son cada vez más fuertes y descontrolados. Su cadera prominente se arquea y su trasero enorme se endurece. Aprieta con fuerza mi cabeza entre sus muslos, sus piernas se tensan como cuerdas de un arco. Y al fin, tiembla dejándose caer con un espasmo violento que sacude toda la cama.
Cuando se relaja vuelvo a su centro y bebo el líquido ámbar que se derrama despacio. Algo me dice que es importante drenar cada gota, y trago con ansia. Un calor llena mi cuerpo. La habitación se vuelve más luminosa, y el poder me inunda. Me vuelvo más fuerte, más hermosa. Creo que si saliera en este momento la nieve se derretiría antes de tocarme.
Cuando acabo, levanto la cabeza. Mi cara brilla.
La mujer me acomoda a su costado.
Sus ojos están empapados por gruesas lágrimas. Sonríe y se deja llevar por un llanto infantil y atronador. Se seca las lágrimas y en sus pupilas hay una admiración rendida. Luego me besa con pasión.
Me rodea con una pierna, atrapándome y se rinde al sueño. Su respiración, ahora pesada y ronca, retumba en la quietud de la cabaña.
Me quedo inmóvil un rato largo, con el pulso aún castigándome las costillas y saboreando el néctar vital que le robé a la anciana.
La luz de la mañana entra por la ventana, fría y clara. El fuego de la chimenea es solo un montón de brasas moribundas.
Me levanto sin hacer ruido, me visto y recojo la cesta vacía del suelo. Abrocho mi corsé con parsimonia en medio del silencio, alisando los pliegues de la capa roja. Cuando termino, mi imagen de joven cándida vuelve a estar intacta.
Ella abre los ojos. Se acerca por detrás y el aliento caliente de su boca se anida en mi nuca.
Sus manos, ayer firmes y rudas, hoy intentan disimular el temblor cuando acaricia mi mejilla.
Giro. Ella aún está desnuda. Su pecho sube y baja agitado.
Con un roce mínimo apoyo mis labios contra los suyos, mientras mi mano baja hasta rozar con ligereza su centro. Está tan empapado que mis dedos resbalan al instante. Ella gime y contrae sus músculos ante mi atrevimiento.
—Mi madre se va a preocupar —digo, y los ojos de la mujer delatan su insatisfacción.
—Necesito volver a verte —me dice, casi como una súplica.
—Si sigues con esta dolencia es seguro que mi madre me envíe a cuidarte pronto.
Me acerco a su cara y beso sus labios para sellar la promesa.
La abuela me devora con desesperación y yo dejo que mi mano se deslice por su robusta espalda.
Ella se aparta y toma la cesta de mimbre. Me la entrega.
—Lleva la cesta a tu madre —dice su voz, rota y sin fuerza—. Y dile... que ya he recibido el pago.
Asiento, sin decir nada. Me da las buenas mañanas con un gesto de la cabeza y se vuelve a la cama, dándome la espalda.
Salgo de la cabaña y me ajusto la caperuza mientras mis botas hunden la nieve. Doy apenas tres pasos cuando me detengo.
A través de la madera gruesa de la puerta, se filtra el inicio de un jadeo rítmico. Cierro los ojos y espero en el frío, escuchando cómo los gemidos agónicos suben de tono hasta romperse en un grito de éxtasis final que ahuyenta los pájaros de los árboles.
Sonrío con satisfacción.
Camino por el sendero, la cesta vacía balanceándose en mi mano. La nieve ha cesado, y un sol pálido y amarillo derrite los copos de las ramas. El aire es limpio, frío, y la fuerza de la vida me rebosa en las venas.
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