¿Estuviste frente a una avalancha? Una masa inmensa avanza hacia ti con velocidad. Tu cerebro te engaña. Crees que puedes escapar. Intentas correr, pero tus pies son de manteca. Cuando comprendes que no hay escapatoria: la resignación. Con una impunidad obscena la masa te rodea, se mete en cada parte de tu piel, te ahoga. Aceptas que es imposible resistirse y te entregas. Mi hijo Wyatt sufrió dos avalanchas en un día. La primera ocurrió en la montaña. La segunda en mi cama.
No entiendo por qué me dejé convencer de ir a Aspen. Yo soy del calor, el desierto de Texas, los caballos y el petróleo. Pero, luego de hacerme cargo del imperio petrolero de mi padre, quería hacer algo distinto para recuperar tiempo con mi hijo Wyatt, St. Regis Aspen. Resort privado, pistas exclusivas, y un lujo algo excesivo para mi gusto.
Siempre me gustó esquiar: la velocidad y el vértigo de la caída, la necesidad de dominar la nieve. Conquistar lo desconocido… aunque sea peligroso.
Mi padre nos llevaba a esquiar todos los años, una costumbre que luego fuimos perdiendo. Pensé que sería una buena oportunidad para volver a las viejas tradiciones familiares.
Llegamos un lunes. Nos deslizamos todo el día, riéndonos y divirtiéndonos. El chico con su snowboard y yo con mis esquíes. Hasta nos permitimos una guerra de nieve que se sale de control.
Wyatt me dice que está cansado y no me acompaña en el último ascenso.
Cuando estoy arriba me lanzo por una pista no señalizada. Termino contra un pino con los esquíes sobre la cabeza. Me maldigo por mi compulsión de buscar adrenalina.
—No entiendo por qué siempre te haces la ruda —me dice sosteniéndome para entrar en la habitación.
—No me hago la ruda, soy ruda —respondo guiñándole un ojo—. Anda ayúdame a quitarme toda esta ropa que necesito un buen masaje en la pierna.
El chico me quita la ropa tratando de lastimarme lo menos posible. Me duele, pero nada que un buen analgésico no pueda solucionar. Su cara se pone roja cuando me ve en ropa interior.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada.
—Wyatt, ¿te incomoda verme en ropa interior?
—Un poco.
—¿Y las veces que nos bañábamos juntos?
—Era apenas un crío, ahora es distinto. Estoy entrando a la universidad.
—Déjate de pavadas y dame un buen masaje.
Mi piel se eriza al contacto de sus dedos fríos. Pero debo reconocer que el mocoso sabe dar buenos masajes. Enseguida entro en calor, y sus dedos se hunden en mi carne hasta aflojar todos los músculos de la pierna.
Los hombres con los que siempre estuve solían ser robustos y voluptuosos como yo. Wyatt es de contextura pequeña, y me resulta muy tierno ver como sus manos se hunden en mi físico.
—Sube un poco —le digo cuando veo que está terminando.
Él obedece y masajea la parte de atrás del muslo. Los tríceps se ablandan y yo suspiro aliviada.
—¿Listo?
—Más —digo en un susurro ahogado contra la almohada.
—¿Hasta arriba?
—Ajá —respondo abriendo un poco las piernas.
Wyatt unta sus manos con crema y las pasa por el borde de mis glúteos. El calor es reconfortante y los dedos untuosos se deslizan sin pudor por toda la superficie. Usa sus dos manos en cada nalga.
A medida que los dedos rozan la ropa interior, el calor se empieza a concentrar en mi entrepierna. No puedo sacarme de la cabeza la imagen de su mano hurgando en la unión de mis glúteos hasta introducirse en mis partes más privadas.
Toso y me giro.
—Estuvo genial, eres un experto —le digo acomodándome un mechón de pelo.
—Gracias —me dice con una sonrisa.
Mis ojos se clavan en la calza que usa como primera piel. La dureza es innegable.
—¿Nos bañamos juntos? —le pregunto.
—¡Mamá!
Me río.
—Tonto, estoy bromeando. Báñate tú primero así reviso el teléfono.
El agua corre y supongo que ya está bajo la ducha. Aprovecho para ponerme más cómoda y me tiro completamente desnuda sobre la cama. Un ruido me distrae, pero no giro. Apenas ojeo mientras deslizo la pantalla. Wyatt está detrás de la puerta del baño. ¿Todos los críos serán tan tontos a esa edad? ¿Se piensan que uno no tiene oídos u ojos?
En fin, si quiere mirarme a mí me da igual.
Ya pasaron cinco minutos y él sigue inmóvil, detrás de la puerta. Seguro vamos a llegar tarde a la cena.
Bueno, no lo voy a poner en evidencia. Tengo otros métodos más divertidos para que se meta de una vez bajo el agua. Camino desnuda hacia el placar espejado y saco la ropa que usaré a la noche. Desde el reflejo los ojos libidinosos del muchacho me devoran, pero lo ignoro.
Paso la mano por la piel tersa y suave de mi cadera. Levanto los glúteos para comprobar su firmeza. Sostengo los pechos pesados jugando un poco con las puntas hasta que la rigidez es innegable. Luego voy a mi entrepierna y hago como que me reviso, abriendo todo lo que puedo mis pliegues. Si quiere una función se la voy a dar completa. Ese chico va a tener con qué entretenerse cuando se meta en la ducha, y a este ritmo mejor se mete rápido o se vacía sobre la alfombra. Solo espero que no me deje un enchastre en la tina.
Para la mañana siguiente he contratado una travesía exclusiva. Una de esas experiencias diseñadas para que los millonarios juguemos a ser exploradores sin despeinarnos. El destino es el «Summit Glade Retreat», una cabaña privada oculta a unas 35 millas del resort, siguiendo los senderos serpenteantes que bordean el Independence Pass.
La experiencia incluye varias horas cruzando bosques hasta llegar a un paso angosto que conduce a un valle rodeado de cerros. En un risco, el refugio. Nos dejarán el almuerzo para que comamos en completa soledad. Todo eso en un día, antes del cóctel de la tarde, por la módica suma de diez mil dólares.
Avanzamos rápido, dejando detrás una estela blanca. Las máquinas saltan y rebotan contra el hielo. Cada tanto frenamos para sacar fotos y alguna que otra selfie. Hace mucho que no lo veo tan feliz.
La cabaña es pequeña pero moderna. De chapa negra y madera, con enormes ventanales de triple vidrio. Adentro, una cama, una chimenea, una mesa y una pequeña cocinita. En un costado un baño.
Nos quitamos la pesada ropa y pongo a calentar la comida que nos dejaron: Chili de Bisonte y pan de maíz con manteca de miel.
Abro la botella de vino y le sirvo una copa.
—¿Puedo? —me pregunta extrañado.
—Pequeño, si alguien tiene el coraje de comer este Chili puede vaciarse la botella sin pedir permiso.
Me río y él se relaja. Comemos.
—Dime —continúo—, ayer cuando me fui a bañar noté una mancha en la pared de la tina.
Su cara se pone pálida.
—¿Sí? Qué raro.
—Era un líquido blanco, yo diría casi con seguridad que era semen.
—No lo noté —responde con su mejor cara de estúpido.
—Necesito saber si fuiste tú o ya estaba. No pienso pagar 60.000 dólares para encontrarme la asquerosidad de otro huésped.
Baja la cabeza.
—Bueno tal vez se me escapó.
—¿Se te escapó?
—Creo que puede haber sido mío.
—Peque —digo con una sonrisa maliciosa—, ¿te estuviste tocando bajo el agua? Me tienes que contar todo.
Su piel pasa de blanco a rojo en un segundo. Las orejas ya están bordó como el vino.
—No sé que quieres que te cuente.
—Chico, dime en qué estabas pensando, cómo te tocas, si hace mucho que acabas.
—Por favor, mamá, esas son cosas privadas, ¿Cómo piensas que te voy a contar eso?
—No veo qué tiene de malo. Cuando las mujeres menstrúan hacen una fiesta, y nadie se escandaliza cuando lanzan su óvulo por el retrete. ¿Por qué deberíamos tener vergüenza de lo mismo que sacan los hombres? Al final no son más que células reproductoras. Anda, no seas tonto y cuéntame.
—Pues no sé qué quieres saber. Sí, me toqué y sí salió. No hace mucho que el líquido es blanco y espeso, antes era más transparente. Estaba tan confundido que pensé que se había ido por el desagüe, sino lo hubiera limpiado.
—Confundido —repito—, ¿tuvo que ver con que me vieras desnuda? ¿En qué pensabas?
—¡No puedo creerlo! ¿En serio?
—Hijo, quiero entender qué cosas te estimulan, no sé por qué eres tan pacato.
—Bueno sí, primero te di un masaje en las piernas y en el trasero. Luego te vi desnuda. No debería haberlo hecho, pero te vi, y bueno se me puso dura. Necesitaba tocarme.
—¡Obviamente! Es una descarga necesaria. Dime, ¿en qué pensabas cuando te tocabas?
—Pues en nada, me llamó la atención tus pechos y tu entrepierna. Me dieron ganas de tocarlos. Eso es todo.
—¿Y nada más? ¿Con eso solo te alcanzó?
—También quería…
—¿Qué querías?
—Que tu entraras en el baño y me vieras. Eso me hubiera gustado. Cuando pensé en esa escena fue casi inmediato.
Qué tonta soy, estuve a punto de entrar y me detuve en la puerta. De haberlo hecho hubiera visto su pequeña explosión.
—Totalmente natural —digo.
—Cuando terminé estaba algo preocupado, como si pensar en ti mientras me tocaba fuera algo, no sé, malo.
—Mi amor, no tiene nada de malo. Viste un cuerpo desnudo y tu cerebro reaccionó. Y la fantasía de ser descubierto por tu madre es la más común que existe. Me preocuparía si no te hubiera pasado nada. Nunca tengas vergüenza y menos conmigo.
Se relaja y me acerco para abrazarlo. Me rodea con sus brazos, aliviado.
—Es importante que tu imaginación pueda volar. —Continúo dándole un golpecito en la frente—. Lo que está en tu cabecita es solo tuyo. La próxima vez te prometo que te voy a pillar mientras te toqueteas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, mamá —responde poniendo los ojos en blanco.
La cabaña se oscurece. Miro la hora y estamos a tiempo, pero unas nubes grises asoman por detrás de las montañas.
—Tenemos que ir volviendo para llegar de día.
Cuando nos subimos en las motos de nieve el cielo plomizo se convierte en un manto negro de nubes amenazantes. El viento empieza a soplar con fuerza y la nieve deja de ser algo romántico para convertirse en miles de agujas que intentan penetrar nuestras gruesas camperas de Goretex. Pronto el sendero se borra bajo un manto blanco y el GPS no responde. Intento usar la radio pero tampoco funciona. Seguimos avanzando y las dos paredes del paso se alzan adelante.
Acelero.
Un trueno me revuelve las entrañas. La ladera entera se desmorona. Se ve muy distante, e intento tranquilizarme. Pero en pocos segundos recorre una distancia imposible. Una pared blanca viene hacia nosotros con una furia desbocada. Aceleramos tratando de bordearla, pero es inútil. Nos envuelve hasta convertirnos en una masa deforme de motos, cuerpos y hielo.
Cuando logro sacar la cabeza el viento sigue soplando pero con furia. Tardo más de media hora hasta que encuentro su campera bajo la nieve. Tiro de la manga de Wyatt, hasta sacarlo. La temperatura bajó a menos cuatro grados Fahrenheit. La traspiración se me congela contra la piel. Hay que moverse.
El paso está cerrado por un muro blanco. Tenemos que volver a la cabaña.
Intento orientarme y arrastro a mi hijo. Camino hundiéndome en la nieve. Quiero quedarme ahí tirada, el cansancio es demasiado, y la pierna me duele como mil demonios. Pero mi hijo yace con la piel azulada; su respiración es un hilo casi imperceptible. Me desespero y avanzo. Lo cargo sobre mis hombros y lucho contra el hielo.
El chico es un peso muerto. Me pregunto si aún está vivo y la adrenalina me obliga a ir más rápido. Tardo dos horas hasta ver la mancha negra y marrón al borde de un risco. Subo. Doscientos metros. El cansancio me devuelve nauseas. Luego calambres. Sigo subiendo. Cien metros. Cincuenta metros.
Arrastro a Wyatt hasta la cama frente a la chimenea. Los labios están violetas. La mandíbula dejó de castañetear hace rato, pero respira.
Enciendo el fuego con manos temblorosas. Por la ventana solo se ve una mancha blanca bajo un cielo plomizo.
Vuelvo a mi hijo. Ataco las cremalleras de su equipo. Quito campera, chaqueta polar. La ropa térmica está empapada en sudor helado. Le quito los pantalones y el calzoncillo.
Queda expuesto sobre las sábanas. Su delgadez me golpea; la piel, pálida y tensa, tiene una tonalidad azulada. Los ángulos agudos de sus caderas y los muslos nervudos son pura fragilidad. Parece dormido, o algo peor.
Me apuro. Al deshacerme del nylon y las capas compresivas, mi cuerpo recobra su forma natural.
Me abalanzo sobre el colchón y lo cubro por completo. Los resortes ceden con un quejido ronco. Sepulto su cuerpo frágil bajo el mío. Mis pechos aplastan el suyo, tapándolo de hombro a hombro. Mis muslos atrapan sus piernas delgadas, inmovilizándolo
El choque de sus huesos helados contra la suavidad ardiente de mi vientre me arranca un gemido ronco. Nos cubro con la frazada.
Mi calor lo invade a la fuerza, penetrando su piel congelada.
De a poco mi hijo recupera el calor y su cuerpo reacciona. A medida que la sangre caliente vuelve a circular, se retuerce de dolor. Sigo envolviéndolo mientras me muevo son suavidad para darle más calor con la fricción. Acaricio la cabeza mojada de mi pequeño.
De pronto empieza a temblar. Sus dientes castañetean descontrolados.
—F-f-frio —dice.
Lo beso en las mejillas
—Tranquilo, ya va a pasar.
—Duele, duele mucho, manos, pies.
Lo sujeto con fuerza y apoyo mis pechos desnudos sobre su corazón. Me quedo así apretándolo con mi cuerpo hasta que lentamente deja de temblar.
—Ya pasa amor, todo va a estar bien.
—¡Basta! ¡Me quema! ¿Por qué me echaron agua hirviendo?
—Tranquilo.
Beso su cuerpo. Ya no es una piel fría. Tomo sus dedos y les lanzo volutas de calor.
—Mis pies... ¿dónde están mis pies?.
Me arrodillo frente a él y pongo sus pies en mi entrepierna, adentro de mis pliegues, en la zona más caliente de mi cuerpo. Aprieto mientras sigo frotándolo con firmeza.
Suspira y cierra los ojos.
Me acuesto a su lado y lo envuelvo con mis piernas. Nos dormimos. Cuando despierto ya casi es de noche.
—¿Dónde está el sol? Hace un segundo estaba ahí —me dice.
—Una avalancha. Volvimos a la cabaña.
Sigo acariciando con las piernas. A medida que el cuerpo recupera el calor, su anatomía reacciona. Una erección rotunda, innegable, palpita bajo mi muslo. Cuando toma conciencia de su desnudez, el pecho de mi pequeño se infla en un jadeo. Intenta deslizarse hacia un costado, empujando mi cadera con sus manos delgadas para buscar una salida.
Bloqueo su escape dejando caer todo el peso de mi muslo derecho sobre su ingle. Mi pierna inmoviliza su erección bajo mi carne. Su mano queda atrapada en la maniobra, sepultada justo en mi entrepierna contra el vello de mi centro.
—Vas a perder calor, quédate quieto —sentencio, presionándolo contra el colchón
—Estoy desnudo —me mira suplicante sin atreverse a mencionar su erección.
—Soy tu madre, Wyatt. Te conozco mejor que nadie. Eso de ahí abajo es algo natural, tranquilízate.
Muevo la pierna para acomodar mi postura. La fricción de mi muslo contra su dureza le arranca un quejido sordo de su garganta. Mi propia anatomía responde al roce constante; una humedad espesa comienza a empapar su mano atrapada.
Wyatt cierra los ojos, derrotado por la gravedad y la excitación.
Vuelve a dormirse.
Me levanto y me cubro con una frazada. El ambiente se pinta de rojo cuando la nueva leña empieza a crepitar en el hogar. Reviso la pequeña cocina. Sobre la mesada un folleto del hotel. «Estimado huésped, para hacer más realista la experiencia esta cabaña no dispone de comunicación. Sin embargo todos los días a las 13 horas personal de nuestro staff viene a limpiar y reponer insumos». Miro la hora. Diecisiete horas encerrados en el medio de la nada.
Caliento una sopa en lata y abro un paquete de galletas. Con eso tiene que alcanzar. Me acuesto nuevamente, apretándome a su cuerpo.
—Bebe —digo, acercando la botella a sus labios.
Tomo un trago yo también. Le sirvo la sopa como a un bebé, cuchara a cuchara. Pronto recupera el apetito y los colores vuelven a su rostro.
Paso nuevamente la pierna sobre él y la dureza sigue ahí, palpitando y reclamando. Al sentir el calor de mi entrepierna gira la cabeza.
—Esto no está bien. No se supone que...
—Tu abuelo no construyó un imperio pensando en lo que se supone que debe hacerse —lo interrumpo, cortando su moralina de raíz—. Rompió cada regla que lo limitaba. Lárgalo de una vez, Wyatt. ¿A qué le tienes miedo?
Su mano, ha vuelto a colocarse entre mis pliegues, esbozando un movimiento torpe. Sus nudillos rozan mi humedad con una timidez que lo delata… y a mí me irrita.
—Es que tu pierna ahí… Me gusta. Y mi mano….
Apoyo la barbilla en su pecho.
—Cariño, tu erección es un reflejo normal. Lo mismo que la humedad que estás sintiendo en mi entrepierna. Nuestros cuerpos reaccionan cuando algo les gusta. Ya te lo dije, no tienes que sentirte mal por eso.
—¿Te gusta esto? —pregunto, bajando el tono de voz.
Lanzo una pequeña risa seca, que no llega a ser carcajada.
—Pequeño, tendría que estar muerta para que no me guste lo que estoy sintiendo bajo mi pierna.
La ventisca ruge contra las paredes, pero el calor se vuelve espeso dentro de este encierro de carne y mantas. Lo mantengo atrapado bajo mi torso mientras le acaricio la mejilla. Con un descuido premeditado apoya sus dedos en mi vello púbico, y se interna entre mis piernas.
—Es suave —me dice, con la curiosidad de un explorador.
—¿Te gusta?
—¿Por qué razón me gusta tanto y siento que no está bien?
—Pequeño, estamos en el medio de la nada. Sobrevivimos de milagro. ¿Quién demonios puede decir que esto está mal? Es completamente normal que quieras descubrir algo nuevo. Ya vas a ver todas las mujeres que se van a querer meter entre tus sábanas.
—Lo dudo. Mírame. Soy flacuchento, encorvado. La burla de todos mis compañeros. Nadie me va a mirar.
—Tu cuerpo es perfecto. ¿Te digo algo? Tu padre se encargó de dejarme muy claro que mi cuerpo ocupaba demasiado espacio —confieso—. Me hizo creer que los hombres prefieren formas pequeñas, frágiles... mujeres que no estorben en la cama.
Wyatt niega con la cabeza, rozando mi clavícula con su barbilla.
—Era un imbécil —afirma—. Eres la mujer más hermosa que existe. Para mí eres perfecta.
Si el pequeño no aprieta mis pliegues y hunde su mano hasta el fondo, preferiría estar enterrada bajo dos metros de nieve. Me inclino y capturo sus labios. Mi lengua invade su boca, exigiendo una respuesta que él entrega con absoluta desesperación. Su brazo delgado se enrosca en mi espalda, intentando abarcar una inmensidad que lo supera.
Tomo su mano, resbaladiza por mis propios fluidos, y la empujo de regreso a la intersección de nuestros cuerpos. La presiono contra la abertura húmeda y encendida de mi intimidad.
—Tócame —ordeno, ahogando la instrucción contra sus labios.
Él obedece. Sus dedos abren la carne mojada con una mezcla de torpeza y fascinación. Cada fricción detona una contracción profunda en mi vientre. Wyatt hunde el rostro entre mis pechos hasta quedar atrapado entre la asfixia de mi escote y el abismo de mis caderas.
—Amor quiero hacer algo.
—¿Qué cosa?
—Quiero tomarte, Wyatt —dicto con autoridad—. Pero solo si tú me lo pides.
Se queda mirándome, pero su deseo supera cualquier prudencia.
—Mamá, por favor, tómame —susurra, con la voz ahogada.
Elevo mi cadera, liberando la presión sobre su centro apenas una fracción de segundo. Mi mano engarza su dureza y la alinea con mi entrada empapada. Sin darle tiempo a dudar, dejo caer mi peso.
Me invade. No es enorme, pero llena cada pliegue de mi cavidad, estremeciéndome. Aprieto tratando contenerlo, y luego me dejo caer. El descenso es suave e intenso. Un grito ronco, animal, escapa de los labios de mi Wyatt cuando la profundidad envuelve su tensión. La fragilidad de su cuerpo me conmueve, y me obliga a moverme con suavidad.
Anclo mis rodillas a los lados de su torso. Elevo y dejo caer mi cadera. Mi vientre golpea contra su abdomen una y otra vez. La fricción genera un calor que destierra cualquier rastro del hielo de Aspen.
Sus manos nervudas se aferran a mi cintura. Son pequeñas, incapaces de abarcar mi volumen, pero se hunden en mis curvas rindiéndose a la inmensidad que lo domina. El roce constante de su pecho frágil contra el vaivén de mis pechos lo empuja hacia el precipicio.
Detengo mi movimiento para dejarlo suspendido, al borde del colapso. Él gime desesperado.
Giro poniéndome boca arriba. Abro bien las piernas y él clava los ojos en la unión de mis muslos. Lo tomo de la cabeza y lo acerco con suavidad. Su cara se hunde en lo más profundo hasta quedar cubierta por mi piel. Huele, besa, lame, en un éxtasis incontrolado que me domina. Me abre y bebe mis líquidos moviendo su cara de un lado a otro. Mis pliegues lo acarician mientras cada uno de mis músculos se endurecen.
Sube hasta quedar sobre mí. Su cara está completamente empapada. Sonrío y lo beso, limpiándolo con mi lengua. Él flota sobre mi piel. Lo tomo de los glúteos como cuando era un crío, pero esta vez al empujarlo ingresa nuevamente y siento como me colma. Abro más las piernas y me arqueo para que su entre más profundo. Con la otra mano llevo su cabeza a mi pecho para que bese. El chupa y succiona. Me derrito, y lo aprieto con un grito ahogado.
El empuja desesperado, moviendo su cadera con un ritmo feroz. Su pequeña lanza entra y sale con furia, empujándome en cada embestida al borde del precipicio.
El colapso llega sin advertencia. El cuerpo de Wyatt se dobla sobre mi opulencia. Un temblor violento, sacude sus extremidades. Su respiración se rompe en un jadeo desesperado y una sacudida profunda marca la entrega de su esencia en mi interior. Me inunda por completo.
Mi propia liberación me alcanza en el siguiente latido. Los músculos de mi centro se contraen, al igual que mis rodillas. Exprimo sin vergüenza su hombría hasta vaciarla por completo.
Agotados, y exhaustos, nos rendimos. Wyatt se desploma sobre mí. Lo rodeo con mis piernas y mis brazos. Con un suave movimiento lo hamaco hasta que se queda nuevamente dormido, aún dentro de mí.
El silencio recupera la cabaña, interrumpido solo por el rugido persistente del viento blanco contra los troncos de madera.
Mis pechos lo sostienen como una coraza pesada, maternal y definitiva. Wyatt respira despacio, exhalando el aire contra mi cuello. No hay culpa en la penumbra; la tormenta nos aisló del mundo y de sus reglas.
—Ya pasó el frío —susurro, depositando un beso largo sobre su frente empapada en sudor mientras acaricio sus glúteos con amor maternal.
—Ya pasó —repite él, con los ojos cerrados.
________________________________________
Nota de la autora: ¿Te quedaste con ganas de más? Si buscas historias que no piden disculpas, entra a mi catálogo privado. Para darte la bienvenida a la oscuridad, he dejado varios de mis e-books y audiolibros completos de forma gratuita o al valor que quieras aportar en mi página oficial www.karinafernandez.net. Exclusivo para mentes adultas.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión