La luz parpadea y muere mientras están en el gimnasio. La oscuridad es absoluta y el silencio denso. Lars, con movimientos ya mecánicos, va a la sala de máquinas y reinicia el generador principal. Las luces vuelven con un zumbido cansino. Más tarde, la voz de KRONA resuena en la sala.

—El sistema de diagnóstico informa que el generador presenta un desgaste crítico en los cojinetes del rotor. Estimo una vida útil no superior a tres meses.

—¿Y después? —pregunta Astrid.

—Después —responde la IA—, deberán conseguir repuestos para repararlo.

Esa noche, cenan en silencio.

—Tengo una idea —dice Astrid de repente—. Si el mundo no explotó, eso significa que todavía hay satélites. Y si hay satélites, hay internet.

Van directamente a la terminal.

—KRONA, indícanos si este búnker tiene acceso a internet —dice Lars.

—El búnker no fue diseñado para operar en un escenario con redes de comunicación globales —responde KRONA.

—Pero alguien cargó toda la información que tienes en tus servidores. ¿Cómo lo hizo? —insiste Astrid.

—Hasta las explosiones una antena de respaldo me conectaba con el sistema de satélites. Cuando la compuerta principal se selló, el acceso físico se cortó.

—¿Qué debemos hacer para reconectarte? —pregunta Astrid.

La luz del procesador de KRONA parpadea durante un largo instante.

—Habría que salir, caminar quinientos metros hasta la formación rocosa que cubre la antena, abrir la caja