Capítulo 6: El Pacto Eterno
La semana entre la visita de Raúl y el siguiente viernes fue un largo y lento tormento. Cada día era una cuenta regresiva cargada de ansiedad, excitación y una dosis de miedo que no quería admitir. El taller se me hizo eterno; mis manos, acostumbradas a la precisión de los motores, temblaban ligeramente. Marta andaba por la casa como una tigresa enjaulada, planeando, sonriendo con esa sonrisa de predadora que tanto me excitaba. Valeria estaba más callada, pero sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y anticipación que me recordaba a la primera noche, solo que ahora había una madurez perversa en su mirada.
El viernes por fin llegó. El día transcurrió con una lentitud agonizante. Por la tarde, Marta fue al mercado y regresó con bolsas llenas: más cerveza, botanas, y una caja pequeña y discreta que dejó en la mesita de noche sin comentar. Valeria se encerró en el baño por más de una hora; cuando salió, olía a jabón nuevo y llevaba la piel brillante. Yo me afeité con cuidado, me puse ropa limpia, tratando de parecer calmado, pero por dentro mi corazón era un tambor desbocado.
A las ocho en punto, tocaron a la puerta. Los tres nos miramos. Un silencio cargado. Finalmente, fui a abrir.
Raúl estaba ahí. Vestía jeans negros y una camiseta gris ajustada que mostraba sus brazos delgados pero musculosos. En una mano traía una bolsa de plástico; dentro se veían cajas de condones, lubricante y una botella de tequila barato. Sus ojos, esos ojos avellana que ahora conocíamos tan bien, tenían un brillo de determinación y deseo puro.
—Pasa —dije, apartándome.
Entró. El aire en la sala cambió al instante. Su prese