Capítulo 4: Riesgo y Morbo

El plan se cocinó durante toda la semana. Cada noche, después del trabajo, nos sentábamos a la mesa a cenar y hablábamos de ello con la misma naturalidad con que otros hablan del clima o del fútbol. Solo que nuestro tema era cómo exponernos sin que nos cacharan.

—La azotea es muy obvia —decía Marta, masticando un pedazo de tortilla—. Cualquiera que asome la cabeza puede vernos. Y si nos ven, nos reconocen al instante.

—¿Y el patio de atrás? —sugería Valeria, sus ojos brillando con esa chispa perversa que ya le conocía bien—. Está rodeado por la barda, pero la del vecino es baja. Si nos ponemos cerca de esa pared…

—El vecino es el flaco Raúl —dije yo, recordando al tipo solitario que vivía al lado, un electricista de unos treinta años que siempre nos saludaba con una sonrisa tímida—. Y trabaja de noche dos veces a la semana. Los jueves y los domingos.

Marta me miró, una ceja arqueada. —¿Cómo sabes eso?

—Porque los jueves y domingos en la noche no hay luz en su ventana —respondí, encogiéndome de hombros—. Y su camioneta no está.

Valeria sonrió. —Entonces el jueves podemos probar en el patio. Si su casa está oscura, es casi seguro que no hay nadie.

—Casi seguro no es seguro —dijo Marta—. Pero eso lo hace más emocionante, ¿no?

Así que quedamos en eso. Jueves por la noche, en el patio trasero. El plan era simple: llevar una manta vieja, algunas velas para poca luz, y tener sexo ahí, al aire libre, con el riesgo latente de que Raúl pudiera llegar temprano o que algún otro vecino asomara por encima de la barda.

El jueves llegó con un calor pegajoso que prometía una noche bochornosa. Yo llegué del taller más cansado de lo usual, con el olor a gasolina y grasa incrustado en la piel. Marta ya estaba en casa, había preparado una cena ligera. Valeria llegó de la escuela poco después, con sus libros bajo el brazo y esa energía juvenil que parecía no acabarse nunca.

Comimos casi en silencio, la tensión sexual ya palpable entre nosotros. Cada vez que Valeria se inclinaba para tomar algo, su escote revelaba la curva de sus pechos. Cada vez que Marta se levantaba, su falda se pegaba a sus nalgas. Yo trat