Pedro me tenía suavemente entre la madera de la puerta. Aún no me tocaba, pero su sola presencia paralizaba todo mi ser.

La distancia aumentaba el deseo; quería que se acercara, pero él solo me miraba fijamente: los labios, la nariz, los ojos… y todo volvía a empezar.

Anhelaba que terminaran las miradas para dar paso a besos y caricias.

Él inclinó la cabeza hacia mí; nuestras narices se rozaron levemente. Cerré los ojos y sentí cómo un aroma envolvente emanaba de su piel.

Y me besó. No fue un beso apresurado, sino hambre contenida, fuego que comenzaba a arder.

Sus manos recorrieron con firmeza desde mi cintura hasta la espalda, presionándome contra su cuerpo, sintiendo cada curva, cada latido. Mi corazón se aceleró.

Jadeos escapaban de mi boca mientras sus dedos trazaban caminos por mi piel, descendiendo lentamente, haciendo vibrar cada nervio.

Bajó besando mi mandíbula, mi cuello, mordisqueó el lóbulo de mi oreja y luego susurró palabras que me hicieron temblar.

Por la ventana, un aire frío enrareció el ambiente, llenándome de melancolía. Me invadieron ganas de llorar.

Las velas se movían, sus llamas luchaban por mantenerse encendidas. Las cortinas ondeaban frenéticamente en varias direcciones.

Me aferré a él en un gran abrazo; no quería soltarlo. Sabía que lo amaba, que no podía vivir sin él.

Me envolvió en un abrazo tierno, deslizó la tela de mi ropa y descubrió mi pecho. Mis pezones estaban tensos, y él besó cada uno con ternura.

Paso su lengua por mi piel y descendió hasta mi estómago, besando mis estrías —consecuencia de nuestros dos hermosos hijos, el fruto de nuestro amor—. Mordisqueó el costado de mi cintura y me hizo cosquillas; empecé a reír.

Estaba ansiosa, sentía un gran afán de unirme a él. Habíamos compartido momentos así en nuestros años de matrimonio, pero hoy era especial, diferente. Sentía más apego, más impaciencia.

Nos unimos en un abrazo íntimo, más conectados que nunca, como si algo se hubiera disuelto entre nosotros. Lo besé con fervor.

Los movimientos rítmicos, el sentirnos uno solo, el roce de nuestras piernas, sus manos rozando mi piel…

El clímax llegó como un río de placer que inundó mi cuerpo, acompañado de un profundo jadeo.

El viento se hizo más fuerte, las cortinas golpeaban con mayor furia. Las velas no pudieron resistir más y se apagaron.

Me aferré a mi hombre entre sollozos, lo abracé con todas mis fuerzas mientras él se desvanecía.

Ya no estaba su piel, su aroma, su forma de tocarme.

Volvieron los recuerdos, el dolor, la soledad. Era yo otra vez: la viuda, la bruja.

El ritual había terminado, se acabó la visita. Él volvió a su mundo y yo volví a la tristeza.