Capítulo 3: Envidia
La imagen que Elias tenía frente a sí era devastadora. Azrael había conjurado un espejo antiguo de bordes dorados y runas vivas en el centro de la biblioteca mágica oculta bajo el apartamento. Las estanterías se perdían en la penumbra, cargadas de grimorios prohibidos que susurraban secretos. Velas flotantes iluminaban la escena con luz roja y dorada.
En el reflejo, Elias se veía a sí mismo arrodillado en el suelo ritual —exactamente como en la visión que Azrael acababa de mostrarle—, con la ropa hecha jirones, el torso sudoroso y marcado por mordidas y runas temporales. Detrás de él, imponente y magnífico, Azrael extendía sus alas de sombra, cuernos brillando, manos grandes sujetándolo con posesividad absoluta. La expresión de Elias en el espejo era de puro shock y deseo abrumador.
—Esto es lo que otros envidiarían —murmuró Azrael contra su oído, la voz grave vibrando en su pecho—. Un mortal insignificante siendo reclamado por un Príncipe del Infierno. ¿No te excita ver lo que tienes… y lo que otros nunca podrán tocar?
Elias intentó apartar la mirada, pero la cola de Azrael se enroscó alrededor de su garganta, obligándolo suavemente a seguir mirando.
—Joder, Az… esto es trampa —gruñó, sarcástico incluso mientras su cuerpo reaccionaba, endureciéndose visiblemente bajo los pantalones destrozados—. No necesito verte a ti para saber que soy el afortunado aquí.
Azrael rio, bajo y peligroso. Sus manos grandes bajaron por el pecho de Elias, pellizcando los pezones ya sensibles de las noches anteriores.
—Hoy no se trata de lo que tú tienes, brujo. Se trata de hacerte envidiar… y de que yo envidie cada gemido que te arranque. Quiero que desees ser yo. Quiero que desees ser devorado por mí hasta que no quede nada.
Con un gesto de magia, Azrael duplicó el espejo. Ahora había dos: uno mostraba la escena actual, y el otro proyectaba visiones alternativas. En uno, Elias se veía a sí mismo como un demonio poderoso, dominando a Azrael. En otro, Azrael era adorado por docenas de amantes hermosos mientras Elias observaba desde las sombras.
El contrato ardía en las venas de Elias, amplificando la emoción. El pecado de Envidia se filtró en él como veneno dulce.
—Quiero… —susurró sin poder evitarlo, mirando cómo en el espejo Azrael lo cogía con fuerza—. Quiero ser suficiente para ti. No solo un contrato.
La confesión sorprendió incluso a él mismo. Azrael se quedó quieto un segundo, ojos dorados brillando con algo feroz.
—Eres más que suficiente —gruñó, girándolo bruscamente para enfrentarlo—. Y por eso voy a hacerte sufrir de la mejor manera.
Lo empujó contra una de las estanterías. Libros antiguos cayeron al suelo mientras Azrael lo levantaba, piernas de Elias rodeando su cintura ancha. La diferencia de tamaño era abrumadora; Elias se sentía pequeño, vulnerable y completamente deseado.
La boca del demonio atacó la suya en un beso brutal. Lengua invadiendo, dientes mordiendo. Mientras tanto, sus dedos —lubricados por magia— encontraron la entrada de Elias y empujaron dentro sin piedad, estirándolo rápido.
—Gime para mí —exigió Azrael—. Quiero oír cómo envidias a cualquiera que haya estado alguna vez en mi cama… aunque ninguno llegó tan profundo como tú.
Elias jadeó cuando Azrael añadió un tercer dedo, curvándolos justo contra su próstata. La cola se unió al asalto, deslizándose junto a los dedos, estirándolo más.
—Az… mierda… más —suplicó, uñas clavándose en los hombros musculosos del demonio.
En el espejo, la imagen mostraba cada detalle: la forma en que el cuerpo de Elias se arqueaba, cómo su polla goteaba contra el abdomen marcado de Azrael, la expresión de pura lujuria en ambos rostros.
Azrael lo bajó al suelo, poniéndolo de rodillas frente al espejo principal.
—Mírate mientras te follo la boca.
Elias abrió los labios obedientemente. La polla enorme de Azrael entró despacio, llenándole la garganta. El demonio gruñó de placer, una mano enredada en el cabello negro desordenado del brujo, guiando el ritmo.
—Tan bonito de rodillas… Mira cómo te ves. Cualquiera envidiaría ser tú ahora mismo.
Elias se atragantó, lágrimas de placer en los ojos, pero no apartó la mirada del espejo. Ver cómo Azrael lo usaba, ver su propia expresión de entrega total, lo encendía de una forma peligrosa.
Azrael lo levantó después de varios minutos, lo giró hacia el espejo y lo penetró de un solo empujón profundo. El grito de Elias resonó entre los libros.
—Fuerte —suplicó—. Quiero sentir que me marcas.
El demonio obedeció. Embestidas salvajes, profundas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la biblioteca. Una mano de Azrael envolvió la erección de Elias, masturbándolo al ritmo, mientras la otra trazaba runas ardientes en su pecho.
—Eres mío —gruñó contra su nuca, mordiendo la piel hasta dejar una marca permanente—. Nadie más te verá así. Nadie más te llenará así.
El edging fue cruel. Azrael lo llevaba al borde una y otra vez, deteniéndose cuando Elías estaba a punto de correrse, obligándolo a ver en el espejo cómo su propio rostro se deshacía en necesidad.
—Por favor… Az, por favor… —sollozó Elías, voz rota.
—Dime qué envidias —exigió Azrael, ralentizando las embestidas hasta una tortura lenta.
—Te envidio a ti… tu poder… tu seguridad… —admitió Elías entre jadeos—. Y envidio a cualquiera que pueda tenerte después de estas siete noches.
Azrael rugió, algo primitivo y posesivo. Aceleró brutalmente, el nudo hinchándose rápido.
—Entonces no te dejaré envidiar más.
Lo folló con todo: magia amplificando el placer, cola acariciando sus bolas, dientes en su hombro. Cuando finalmente lo dejó correrse, Elías gritó, corriéndose con fuerza contra el espejo, manchándolo. Azrael lo siguió, anudándose profundamente, llenándolo con chorros calientes y abundantes mientras susurraba contra su oído:
—Eres mío, Elías. No solo por el contrato.
Se quedaron unidos, respiraciones agitadas, frente al espejo que ahora mostraba solo sus cuerpos entrelazados, marcados y saciados.
Pero cuando el nudo empezó a bajar, Azrael sintió algo nuevo en el pecho del brujo: una conexión más profunda que el contrato. Y eso lo aterrorizaba tanto como lo excitaba.
—Mañana es Ira —susurró Azrael, besando la marca fresca en el hombro de Elías—. Y creo que vas a descubrir cuánto puedo enfurecerme si alguien intenta quitármelo.
Elias, exhausto y con el corazón latiendo demasiado rápido, sonrió con debilidad sarcástica.
—Genial. Solo me quedan cuatro noches para arrepentirme de no haber leído mejor las instrucciones del ritual. Y yo también estoy empezando a enojarme… de lo mucho que quiero que te quedes.
—Tres noches menos, brujito —susurró—. Y cada vez me divierto más rompiéndote.
—Genial. Solo me quedan cuatro noches para arrepentirme de no haber leído mejor las instrucciones del ritual.
Azrael rio bajito y lo atrajo más contra su pecho.
—Demasiado tarde.
Fin del Capítulo 3
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