La simetría del apartamento era la prueba viva del éxito de Mateo: suelo de parqué impecable, luz cálida perfectamente regulada y una copa de cabernet franc descansando sobre la mesa de centro. Pero tras siete años de matrimonio con Carla, la perfección se había convertido en un marco dorado para una rutina predecible.
Ella estaba de espaldas, frente al espejo del recibidor, quitándose los pendientes de perla tras una larga jornada en la firma de consultoría. El vestido de tubo azul marino marcaba la línea de su espalda con una elegancia natural.
—Gabriel quiere que me encargue yo sola de la reestructuración de la cuenta regional —dijo Carla, mirándolo a través del reflejo mientras se soltaba el moño. El cabello castaño cayó sobre sus hombros—. Dice que soy la única con el carácter suficiente para frenar a los directores.
Mateo sintió el latido sordo en la garganta. Ese nombre. Gabriel.
—Tu jefe sabe exactamente qué botones tocar para mantenerte trabajando doce horas al día —respondió él desde el sofá, balanceando el vino en la copa.
—No es solo eso, Mateo. Tiene una presencia... difícil de ignorar. Cuando entra en la sala de juntas, la gente simplemente se calla.
Carla lo dijo sin filtro, con la franqueza anestesiada de quien habla de la lluvia. Camina hacia el sofá, se quitó los tacones y se dejó caer a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Olía a su perfume habitual, pero mezclado con el aire frío de la calle y la adrenalina de un día bajo el mando de un hombre que facturaba millones.
Mateo no sintió ira. Tampoco la punzada habitual de los celos convencionales. Sintió una descarga helada y líquida que le bajó por la columna directa a la entrepierna. La imagen mental de su esposa —impecable, inteligente, inalcanzable para la mayoría— pequeña frente a la figura de un hombre de cuarenta y cinco años, imponente y autoritario, lo paralizó de placer.
Esa noche, en la oscuridad del dormitorio, el ritmo era el de siempre. Mecánico, cálido, seguro. Hasta que Mateo se inclinó sobre el oído de Carla, sintiendo el calor de su piel contra la suya.
—Dímelo otra vez —murmuró él, con la voz más grave de lo normal.
—¿El qué? —preguntó ella, agitada por el movimiento.
—Lo que dijiste en la sala. Cómo te mira Gabriel cuando están a solas.
Carla se tensó de inmediato. El ritmo de su respiración se cortó. En la penumbra, Mateo vio cómo sus ojos se abrían de golpe, buscándolo.
—¿De qué hablas? Mateo, no digas estupideces.
—No es una estupidez —insistió él, apretando ligeramente las caderas contra las de ella, manteniendo la presión—. Imagínalo en esta habitación. Imagina que te pide que te quedes quieta mientras él toma el control. Sin pedir permiso.
—Estás loco... —dijo ella, pero la palabra salió sin fuerza, sin aliento.
Mateo no cedió. Deslizó una mano hasta su cuello, aplicando una firmeza que jamás había usado, y continuó al oído:
—Dime que no te has preguntado cómo sería. Dime que no has pensado en lo que haría contigo si cerrara la puerta de su oficina con llave.
Carla soltó un gemido ahogado, una mezcla de protesta y una sumisión involuntaria que traicionó sus palabras. Sus manos, que al principio iban a empujar el pecho de Mateo, se clavaron con fuerza en sus espaldas, enterrando las uñas. No respondió. No hizo falta. La aceleración brusca de sus pulso y la forma en que su cuerpo se entregó al acto en los segundos siguientes dijeron lo que su boca no se atrevió a pronunciar.
La semilla no solo estaba sembrada; acababa de germinar.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión