Capítulo 3: Juegos de Poder
Pasaron dos semanas desde aquella primera noche, y nuestra casa se había transformado en un campo de juego perverso. Los días transcurrían con normalidad hacia afuera: yo al taller, Marta a la lavandería, Valeria a la escuela y a su trabajo de mesera. Pero al cruzar la puerta, el aire cambiaba. Las miradas se cargaban de intención, los toques casuales se volvían premeditados, las conversaciones inocentes tenían doble sentido. Habíamos creado un mundo paralelo dentro de esas cuatro paredes, y cada noche era una nueva exploración.
La culpa inicial se había disuelto como azúcar en café caliente. En su lugar, había una lujuria constante, un hormigueo en la piel que solo se calmaba cuando estábamos los tres entrelazados, sudando y gimiendo. Marta era el motor, la estratega. Valeria era el fuego joven, ávida de aprender y experimentar. Y yo… yo era el instrumento, el participante sorprendido de que a mis cuarenta y seis años hubiera descubierto un apetito que no sabía que tenía.
Era un viernes por la noche. Había cobrado mi quincena y, por primera vez en meses, había un poco de dinero extra después de pagar las cuentas. Marta había comprado un vino tinto barato y unas velas aromáticas. La casa olía a jazmín y a expectación.
—Hoy no vamos a improvisar —anunció Marta mientras servía el vino en vasos de plástico—. Hoy tenemos un plan.
Valeria, sentada a mi lado en el sofá, me miró con una sonrisa pícara. Llevaba un vestido corto y holgado, sin nada debajo, como había descubierto que le gustaba para estar en casa. Cada vez que se movía, podía ver el destello de su piel.
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