Sofía Martínez tenía exactamente veinte años el día que cruzó la puerta de la consulta del doctor Alejandro Ramírez. Era alta, delgada, de piel clara y cabello castaño largo que siempre llevaba suelto. Tenía el rostro de quien aún no ha visto demasiado del mundo: ojos grandes, labios naturales y una expresión tímida que contrastaba con el cuerpo ya plenamente de mujer. Pechos firmes de tamaño medio, cintura estrecha, caderas suaves y un culo redondo que apenas empezaba a marcarse bajo la falda plisada que llevaba aquel día.

Nunca había estado con un hombre. Ni un beso profundo, ni una mano bajo la ropa, nada. Su virginidad era algo que guardaba con una mezcla de miedo y curiosidad. Había llegado a la consulta porque su madre insistió en que se hiciera una revisión ginecológica completa antes de empezar la universidad. Sofía no quería, pero obedeció.

El doctor Ramírez tenía cuarenta y ocho años. Alto, de hombros anchos, pelo entrecano peinado hacia atrás y una mirada intensa que parecía atravesar la ropa. Llevaba bata blanca impecable sobre una camisa oscura. Su voz era grave, calmada, con ese tono de autoridad que hacía que las pacientes se sintieran pequeñas.

—Pasa, Sofía —dijo al verla entrar—. Siéntate.

Ella se sentó en la silla frente al escritorio. Las manos le temblaban un poco sobre el regazo.

—Es tu primera revisión, ¿verdad?

—Sí, doctor.

—¿Has tenido relaciones sexuales?

Sofía bajó la mirada. Las mejillas se le encendieron.

—No… nunca.

El doctor asintió despacio. Anotó algo en su carpeta. Luego se levantó y cerró la puerta con llave. El clic del pestillo resonó en la habitación.

—Perfecto. Entonces vamos a hacer una exploración completa. Quítate toda la ropa y súbete a la camilla. Te cubriré con la sábana.

Sofía dudó solo un segundo. Se levantó, se desabrochó la blusa con dedos torpes, se quitó el sujetador, la falda y las bragas blancas. Quedó completamente desnuda. El aire acondicionado le erizó la piel. Se subió a la camilla de exploración y se acostó. El doctor colocó sus pies en los estribos metálicos, abriéndole las piernas de par en par. Sofía sintió el frío del metal contra los talones y un calor vergonzoso subirle por el cuello.

El doctor se sentó en el taburete entre sus piernas. Encendió la lámpara de foco. La luz directa iluminó su coño virgen: labios cerrados, un poco rosados, sin rastro de uso. Él se puso guantes de látex y los estiró con un chasquido.

—Voy a tocarte —advirtió—. Respira.

Sus dedos enguantados separaron los labios externos. Sofía se estremeció. Nadie la había tocado ahí. El doctor examinó el clítoris, lo rozó apenas y luego deslizó un dedo hacia la entrada. Empujó con suavidad. El himen ofreció resistencia. Sofía apretó los dientes.

—Está intacto —murmuró él—. Muy estrecho. Vas a necesitar que te prepare bien si algún día quieres que un hombre te penetre sin que te duela demasiado.

Sofía no contestó. Solo respiraba agitada. El doctor retiró el dedo, se quitó un guante y, sin previo aviso, pasó la yema de su dedo índice desnudo por el clítoris. Dio círculos lentos. Sofía soltó un gemido involuntario.

—¿Te gusta? —preguntó él con voz baja.

Ella asintió, avergonzada.

—Dilo en voz alta.

—Sí… me gusta.

El doctor sonrió. Se levantó, se quitó la bata y la dejó sobre la silla. Debajo llevaba solo la camisa y el pantalón. Desabrochó el cinturón con calma. El sonido del cuero al deslizarse fue obsceno en el silencio de la consulta. Bajó la cremallera y sacó su polla. Era gruesa, pesada, de color oscuro, con venas marcadas y una cabeza ancha ya medio hinchada. Media más de veinte centímetros. Sofía abrió los ojos de par en par.

—Doctor…

—Shh. Hoy vas a dejar de ser virgen. Y lo vas a hacer exactamente como yo diga. ¿Entendido?

Ella tragó saliva. El miedo se mezclaba con una excitación que nunca había sentido. Asintió.

—Sí, doctor.

Él se acercó a su cara. Le pasó la cabeza de la polla por los labios.

—Abre la boca. Vamos a empezar por aquí.

Sofía abrió. La polla entró caliente y gruesa. El sabor era salado, masculino. El doctor le sujetó la cabeza con una mano y empezó a empujar despacio, enseñándole. Cada vez entraba un poco más. Cuando llegó a la garganta, Sofía tosió y se le llenaron los ojos de lágrimas. Él no se detuvo. Siguió embistiendo su boca con movimientos controlados, usando su garganta como si fuera un agujero más.

—Así se chupa una polla —le instruía—. Relaja la garganta. Traga cuando sientas que llega al fondo.

Sofía obedeció lo mejor que pudo. Saliva le escurría por la comisura de los labios. El doctor folló su boca durante varios minutos hasta que ella estuvo jadeando y con la cara roja. Entonces se retiró, dejando un hilo de saliva uniendo la polla a los labios de la joven.

—Ahora el coño.

Se colocó entre sus piernas abiertas. Frotó la cabeza gruesa arriba y abajo por los labios vírgenes, mojándola con los fluidos que ya empezaban a salir. Sofía temblaba.

—Va a doler un poco —advirtió—. Pero después te va a gustar.

Empujó. La resistencia del himen fue clara. Sofía gritó cuando la carne se rompió. Un pinchazo agudo, luego una sensación de ser abierta por completo. El doctor no se detuvo. Siguió empujando hasta que toda la longitud desapareció dentro de ella. Las bolas le golpearon el culo. Sofía lloraba en silencio, los ojos cerrados, los puños apretados sobre la sábana.

—Mírame —ordenó él.

Ella abrió los ojos. Él empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, luego más largas. Cada vez que entraba, Sofía sentía el estiramiento brutal. El dolor se transformaba poco a poco en algo más caliente, más profundo. El doctor le masajeaba el clítoris con el pulgar mientras la follaba. El placer empezó a crecer.

—Eres muy estrecha —gruñó él—. El coño de una virgen es lo mejor.

Aceleró el ritmo. La camilla crujía. Sofía gemía ya sin control. El primer orgasmo la sorprendió: una contracción violenta que le hizo arquear la espalda y soltar un grito agudo. El doctor sonrió y siguió embistiéndola a través de las contracciones, prolongando el placer hasta que ella tembló de nuevo.

Cuando estuvo satisfecho con el coño, se retiró. La polla salió cubierta de fluidos y un poco de sangre de la rotura del himen. Se la limpió con una gasa y luego se la puso otra vez en la boca de Sofía.

—Chúpala. Limpia tu virginidad de mi polla.

Ella lo hizo, lamiendo y chupando con docilidad. El doctor la miraba desde arriba, disfrutando de la sumisión.

—Ahora el culo.

Sofía abrió los ojos con miedo.

—Doctor… nunca…

—Por eso mismo. Hoy vas a sentir mi polla en los tres agujeros. Date la vuelta.

La ayudó a girarse. La puso a cuatro patas sobre la camilla. Le separó las nalgas con ambas manos. El agujero rosado y apretado quedó expuesto. Él escupió sobre él y frotó la saliva con el pulgar. Luego colocó la cabeza de la polla y empujó.

La resistencia fue mayor que en el coño. Sofía gritó y se tensó. El doctor le dio una palmada en la nalga.

—Relájate. Empuja hacia afuera como si quisieras cagar.

Ella obedeció. Poco a poco la cabeza gruesa fue abriendo el esfínter. Centímetro a centímetro, la polla entró hasta quedar completamente enterrada. Sofía lloraba de nuevo, pero esta vez el llanto se mezclaba con gemidos. El doctor esperó unos segundos y luego empezó a moverse. Embestidas profundas y lentas al principio. El culo de Sofía se adaptaba, se abría, se entregaba.

—Más… —susurró ella de pronto, sorprendiéndose a sí misma.

El doctor aceleró. La folló el culo con fuerza, agarrándola de las caderas. Cada embestida hacía que los pechos de Sofía se balancearan. Él le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros. Sofía se corrió otra vez, esta vez más fuerte, el cuerpo entero temblando.

El doctor sacó la polla del culo, se la metió otra vez en el coño, luego volvió al culo, alternando sin parar. Sofía ya no distinguía el dolor del placer. Solo existía la sensación de ser completamente poseída, abierta, usada. El doctor le hablaba al oído:

—Eres mía ahora. Este coño, este culo y esta boca me pertenecen. Cada vez que vengas a revisión, te voy a follar así.

Ella solo podía gemir y asentir.

Pasaron más de dos horas. El doctor la tomó en todas las posiciones que quiso: de espaldas con las piernas sobre sus hombros, de lado, sentada sobre él, arrodillada en el suelo chupándole la polla mientras él le metía los dedos en el culo. La hizo correrse hasta que perdió la cuenta. Cuando por fin se acercó a su propio orgasmo, la puso de rodillas frente a él y se corrió en su cara y en su boca abierta. Sofía tragó lo que pudo. El resto le escurrió por la barbilla hasta los pechos.

El doctor se recuperó rápido. La volvió a subir a la camilla, le abrió las piernas y la penetró otra vez por el coño, follándola con embestidas profundas hasta correrse dentro. Luego se la metió en el culo y se descargó por segunda vez. Sofía quedó tendida, las piernas abiertas, el coño y el culo goteando semen, la cara manchada, el cuerpo marcado por dedos y palmadas.

Él se limpió con una toalla, se abrochó el pantalón y se puso de nuevo la bata.

—Vístete —ordenó con calma—. Y vuelve la semana que viene. Vamos a necesitar varias sesiones más para que te acostumbres bien.

Sofía se levantó temblando. Se puso la ropa con manos torpes. Entre las piernas sentía el semen escurriendo. Miró al doctor.

—Sí, doctor.

Él le acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con todo lo que acababa de hacerle.

—Buena chica. Ahora eres una mujer. Y eres mía.

Sofía salió de la consulta con las piernas flojas y una sonrisa pequeña, sorprendida, en los labios. En el ascensor notó cómo el semen le bajaba por el muslo. En lugar de asustarse, sintió un calor nuevo entre las piernas. Ya estaba pensando en la próxima visita.

A partir de ese día, cada revisión se convirtió en una sesión de sumisión absoluta. El doctor Ramírez le metía la polla por la boca, el coño y el culo según su antojo. A veces la ataba ligeramente a la camilla con las correas de exploración. Otras veces la hacía arrodillarse bajo el escritorio y chuparle la polla mientras él atendía llamadas. Siempre terminaba llenándola por dentro o en la cara.

Sofía aprendió a abrir las piernas nada más entrar. Aprendió a pedir que la follara más duro. Aprendió a correrse solo con la polla en el culo. Y cada vez que salía de la consulta, caminaba con una sonrisa secreta, sabiendo que su cuerpo ya no le pertenecía solo a ella.

El doctor había tomado su virginidad… y se había quedado con todo lo demás.