La casa de la familia Villanueva se alzaba al final de un camino de cipreses, rodeada de jardines impecables que parecían sacados de una revista de lujo. El césped era un tapiz verde perfecto, los rosales florecían en tonos intensos y las fuentes de mármol murmuraban agua cristalina todo el día. En medio de aquel paraíso privado trabajaba Diego, el jardinero.

Diego tenía treinta y dos años, el cuerpo forjado por el trabajo al sol: hombros anchos, brazos potentes, abdomen marcado y unas manos grandes y callosas que sabían manejar tanto las tijeras de podar como el cuerpo de una mujer. Llevaba siempre pantalones de trabajo ceñidos y camisetas sin mangas que dejaban ver el bronceado de su piel y el vello oscuro de su pecho. Los rumores entre el personal de servicio decían que su polla era gruesa, larga y siempre lista. Nadie lo había comprobado… hasta ahora.

La señora de la casa se llamaba Valeria Villanueva. Cuarenta y un años, casada con un empresario que pasaba la mayor parte del tiempo en viajes de negocios. Valeria era elegante, de cabello castaño oscuro siempre recogido en un moño perfecto, labios carnosos y un cuerpo que, aunque vestía con trajes de diseñador, no lograba ocultar las curvas generosas: pechos firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo que se movía con una sensualidad natural cuando caminaba por los jardines. Llevaba meses mirando a Diego desde las ventanas del salón principal. Cada vez que él se agachaba a cortar el césped o a regar las hortensias, ella sentía un calor húmedo entre las piernas.

Esa tarde de verano el marido de Valeria había salido hacia el aeropuerto. No volvería hasta dentro de una semana. La casa principal quedó en silencio. Solo quedaban ella… y Diego.

Valeria lo vio desde la terraza. Estaba trabajando cerca de la casa de huéspedes, una construcción independiente de piedra blanca con ventanales amplios, una cama king size y un baño de mármol que casi nunca se usaba. Diego cortaba los setos con movimientos precisos. El sudor le brillaba en la espalda. Valeria bajó las escaleras del jardín con un vestido ligero de lino blanco que apenas le llegaba a media muslo. No llevaba sujetador. Los pezones se marcaban claramente contra la tela.

—Diego —llamó con voz suave.

Él se enderezó, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y la miró. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de la señora sin disimulo.

—Señora Valeria. ¿Necesita algo?

Ella se acercó hasta quedar a menos de un metro. El perfume caro que usaba se mezcló con el olor a tierra y hierba cortada.

—La casa de huéspedes necesita una revisión. Hay una llave que no cierra bien y quiero que la mires… ahora.

Diego asintió. Guardó las tijeras y la siguió. Cruzaron el jardín en silencio. Valeria sentía el corazón golpeándole el pecho. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía que una vez que entraran en aquella casa aislada, no habría marcha atrás.

La casa de huéspedes olía a madera y a sábanas limpias. Diego cerró la puerta detrás de ellos. Valeria se giró y, sin decir una palabra, se acercó a él, le puso ambas manos en el pecho y lo empujó contra la pared. Entonces lo besó.

El beso fue voraz. Lenguas chocando, dientes rozando labios, saliva compartida. Diego respondió con la misma intensidad. Sus manos grandes bajaron hasta el culo de Valeria y lo apretaron con fuerza, subiendo el vestido hasta dejarla al descubierto. No llevaba bragas. El coño estaba ya empapado, los labios hinchados y brillantes.

—Joder… —gruñó Diego contra su boca—. Llevas semanas mirándome así. Hoy te voy a follar como se merece una señora de esta casa.

Valeria jadeó cuando él metió dos dedos gruesos dentro de su coño. Los movió con maestría, curvándolos hasta encontrar el punto exacto. El sonido húmedo llenó la habitación.

—Aquí no hay cámaras —susurró ella—. Nadie va a molestarnos. Quiero que me la metas entera… por el culo y coño.

Diego la levantó en vilo como si no pesara nada y la llevó hasta la cama enorme. La tumbó de espaldas, le abrió las piernas de par en par y se arrodilló entre ellas. Su lengua encontró el clítoris hinchado y lo chupó con precisión. Valeria arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Diego lamió, chupó, metió la lengua dentro del coño y luego bajó hasta el agujero del culo, lamiéndolo también, dejándolo húmedo y listo.

Cuando Valeria estaba temblando al borde del primer orgasmo, Diego se levantó, se quitó la camiseta y el pantalón. Su polla saltó libre: veintitrés centímetros de carne gruesa, venosa, con una cabeza ancha y brillante. Valeria abrió los ojos y tragó saliva.

—Dios mío…

—Ábrete —ordenó él.

Ella abrió más las piernas. Diego se colocó entre ellas, frotó la cabeza de su polla arriba y abajo por los labios empapados y, de un solo empujón profundo, la enterró hasta las bolas. Valeria gritó. El estiramiento fue brutal. La polla de Diego llenaba cada milímetro de su coño, rozando el fondo con cada embestida. Empezó a follarla con fuerza, sin piedad, agarrándola de las caderas y clavándosela entera una y otra vez. El sonido de la carne golpeando carne era obsceno. La cama crujía.

—Más fuerte… —suplicó Valeria—. Fóllame como si fueras el dueño de esta casa.

Diego obedeció. Cambió el ángulo, levantó una de sus piernas sobre su hombro y embistió más profundo. Cada golpe hacía que los pechos de Valeria rebotaran. Ella se corrió con un grito ahogado, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de la verga gruesa. Diego no se detuvo. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella tembló tanto que las sábanas quedaron empapadas.

Entonces la giró. La puso a cuatro patas. Le abrió las nalgas con ambas manos y escupió sobre el agujero del culo. Frotó la saliva con el pulgar, lo metió hasta el nudillo y lo movió en círculos.

—Ahora te voy a abrir el culo, señora —dijo con voz ronca—. Y lo vas a pedir.

Valeria miró por encima del hombro, con la cara sonrojada y los ojos brillantes.

—Métela… métela toda. Quiero sentirla en el culo.

Diego colocó la cabeza ancha contra el esfínter apretado y empujó con constancia. La resistencia fue intensa. Valeria soltó un gemido agudo, pero empujó hacia atrás. Centímetro a centímetro, la polla gruesa fue abriendo el culo hasta que las bolas de Diego golpearon los labios de su coño. Quedó completamente empalada.

El jardinero empezó a moverse. Embestidas lentas al principio, dejando que ella se acostumbrara al tamaño. Luego más profundas, más rápidas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Valeria gemía y apretaba las sábanas con los puños. El placer era tan intenso que le nublaba la vista. Sentía la polla de Diego rozando puntos que nunca había sentido antes. El dolor se transformó en un placer eléctrico que le subía por la espalda hasta el cerebro.

—Más… más duro —rogó.

Diego le agarró el pelo, tiró de él hacia atrás y la folló el culo con embestidas salvajes. El sonido era húmedo y obsceno. Valeria se corrió otra vez, esta vez solo con la polla en el culo. El orgasmo la sacudió tan fuerte que perdió el aliento. Diego sintió las contracciones alrededor de su verga y gruñó, pero no se corrió todavía.

Salió del culo de Valeria. El agujero quedó abierto, rojo, palpitante. Se colocó de nuevo entre sus piernas y le metió la polla otra vez en el coño, ahora todavía más resbaladizo por los jugos y el estímulo anterior. La folló con fuerza durante varios minutos, luego volvió al culo. Alternó. Coño… culo… coño… culo. Cada cambio hacía que Valeria gritara de placer. Llegó a un punto en el que ya no distinguía dónde terminaba una embestida y empezaba la siguiente. Solo existía la polla gruesa entrando y saliendo de sus dos agujeros, llevándola a un estado de éxtasis continuo.

Diego la levantó en vilo. La sostuvo con las piernas abiertas alrededor de su cintura y la embistió de pie, clavándole la polla en el coño mientras caminaba hacia el ventanal. La empujó contra el cristal frío. Desde allí se veía el jardín vacío. Nadie podía verlos, pero la posibilidad de que alguien pasara hizo que Valeria se corriera otra vez, chorreando por los muslos de Diego.

La llevó al baño de mármol. La sentó en el borde de la bañera y le abrió las piernas. Se arrodilló y le comió el coño y el culo durante largos minutos, lamiendo sus propios rastros, chupando el clítoris hasta que Valeria se corrió en su boca. Luego se puso de pie, le dio la vuelta y la penetró por detrás, esta vez en el culo, mientras ella se apoyaba en el lavabo y miraba su propio reflejo en el espejo: el cabello deshecho, los labios hinchados, los pechos balanceándose, la expresión de puro placer.

Volvieron a la cama. Diego se tumbó de espaldas y Valeria se montó a horcajadas. Primero se bajó sobre su polla con el coño, subiendo y bajando con movimientos circulares, usando al jardinero como si fuera un juguete. Luego se levantó, colocó la cabeza de la verga contra su culo y se empaló lentamente hasta sentarse completamente. Empezó a cabalgarlo, rebotando sobre la polla gruesa, gimiendo cada vez que la sentía llegar al fondo. Diego le agarraba las caderas y la ayudaba a bajar más fuerte. Valeria se corrió dos veces seguidas en esa posición, el cuerpo temblando, la boca abierta, los ojos en blanco.

Cuando por fin Diego estuvo al límite, la tumbó de nuevo, le abrió las piernas al máximo y la folló el coño con embestidas rápidas y profundas hasta que se descargó. Chorros calientes y espesos llenaron el interior de Valeria. Él no salió de inmediato. Siguió moviéndose despacio, empujando el semen más adentro. Luego sacó la polla, todavía semidura, y se la metió en el culo otra vez, follándola con el semen como lubricante hasta que se corrió por segunda vez dentro de su agujero trasero.

Valeria quedó tendida en la cama, las piernas abiertas, el coño y el culo goteando semen blanco, el cuerpo cubierto de sudor y marcas de manos. Respiraba agitadamente, con una sonrisa absorta de puro placer máximo.

Pero Diego no había terminado.

Se recostó a su lado, le acarició el cabello y le susurró al oído:

—Todavía no te he follado lo suficiente, señora. Esta casa de huéspedes es nuestra esta noche.

Valeria se giró hacia él, le tomó la polla todavía húmeda entre las manos y la acarició hasta que volvió a ponerse completamente dura. Entonces se arrodilló entre sus piernas y se la metió en la boca. La chupó con devoción, lamiendo el sabor de su propio coño y culo, tragando lo que quedaba de semen. Diego le sujetó la cabeza y embistió suavemente su garganta.

Después la puso de nuevo a cuatro patas. Esta vez empezó por el culo, entrando con facilidad gracias a todo el semen anterior. La folló con embestidas largas y potentes mientras le metía dos dedos en el coño y le masajeaba el clítoris. Valeria se corrió otra vez, el cuerpo sacudido por espasmos. Diego cambió al coño, la folló hasta casi correrse, luego volvió al culo y se descargó por tercera vez, llenándola otra vez.

Pasaron horas. El sol se puso. Encendieron solo una lámpara tenue. Diego la tomó en todas las posiciones que se le ocurrieron: de lado, con una pierna levantada; sentada sobre él mirando hacia atrás; de pie contra la pared; arrodillada en el suelo mientras él la embestía desde atrás. Cada vez que ella llegaba al límite, él la empujaba un poco más lejos. Le hablaba sucio al oído, le decía que era la puta de la casa, que su coño y su culo ahora le pertenecían al jardinero. Valeria respondía pidiendo más, pidiendo que la follara más duro, que la llenara otra vez.

Cuando por fin ambos estuvieron exhaustos, se dejaron caer en la cama. Valeria tenía el cuerpo marcado, los labios hinchados, el coño y el culo abiertos y sensibles, el semen secándose en sus muslos. Diego la abrazó por detrás, todavía con la polla apoyada entre sus nalgas.

—Mañana vuelvo a las ocho —murmuró él—. Y la casa de huéspedes seguirá cerrada para todo el mundo… excepto para nosotros.

Valeria sonrió, con los ojos cerrados, todavía flotando en el placer máximo que acababa de vivir.

—Estaré esperándote, jardinero. Y esta vez quiero que me la metas primero por el culo… y que no pares hasta que yo te lo pida.

Diego besó su cuello.

—Como ordene, señora.

Fuera, el jardín seguía perfecto, iluminado por las luces de la casa principal. Nadie sabía que, en la pequeña casa de huéspedes, la señora de la mansión acababa de ser follada hasta el límite por el hombre que cuidaba sus rosales. Y que, a partir de esa noche, cada vez que el marido estuviera fuera, el jardinero volvería a entrar… y a llevarla otra vez al placer más absoluto, metiéndole la polla gruesa por el coño y por el culo hasta dejarla temblando e incapaz de caminar derecho.

El verano apenas comenzaba. Y la casa de huéspedes tenía muchas noches por delante.