Parte 1
El miércoles por la mañana el Conalep se sentía más pesado que de costumbre. Apenas llegué, busqué a Melissa con la mirada y la encontré sentada sola en las escaleras del patio, con los brazos cruzados y la mirada perdida. Apenas me vio, se levantó y me jaló del brazo hacia un pasillo más tranquilo, lejos de la gente.
—Alex, necesitamos hablar —dijo con la voz baja pero temblorosa.
Se notaba que no había dormido bien. Tenía ojeras y los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Apenas nos detuvimos, soltó todo:
—No puedo dejar de pensar en lo de ayer… en cómo Jackie gemía mientras tú la cogías delante de mí. En cómo se movía ese culo y cómo te hablaba… Me siento estúpida, Alex….. Tenía la cabeza hecha mierda, pero ahora que lo pienso… duele. Me duele mucho.
Se le quebró la voz y bajó la mirada. Los celos la estaban comiendo viva.
La abracé y le hablé suave, pero firme:
—Melissa, mírame. Tú eres mi novia. La única. Lo que pasó con Jackie fue solo diversión, nada más. Sexo. Tú eres la que me importa de verdad, la que quiero a mi lado. Sé que te dolió ver todo eso… pero también sé que te mojabas mientras mirabas. No me mientas, amor. A ti también te gustó.
Ella se mordió el labio con fuerza y no contestó, pero sus mejillas se pusieron rojas. Sabía que tenía razón.
Aproveché el momento. La tomé de la mano y empecé a caminar con ella hacia los baños de chicas de la planta baja. A esa hora estaban casi vacíos.
—Alex… ¿qué haces? —preguntó nerviosa.
No le contesté. Apenas entramos al baño, revisé que no hubiera nadie y la metí al último cubículo. Cerré el pestillo con fuerza.
—Alex, aquí no… alguien puede entrar —susurró, pero ya se le notaba la respiración más agitada.
Apreté el botón del reloj. El pitido ultrasónico cortó el aire del cubículo. Melissa parpadeó fuerte y se llevó una mano a la sien.
—Relájate, amor —le dije bajito, acercándome hasta pegarla contra la pared—. Quiero recordarte por qué eres mi principal.
La besé con fuerza, metiéndole la lengua. Al principio resistió un poco, pero el reloj y su propia calentura la traicionaron. Le bajé los pantalones del uniforme junto con las pantaletas hasta las rodillas. Mi verga ya estaba dura.
Me desabroché el pantalón y saqué la verga frente a su cara.
—Abre la boca.
Melissa dudó, pero terminó abriendo. Le agarré el cabello con una mano y le metí la verga hasta el fondo de la garganta. Empecé a follarle la boca con fuerza, golpeándole los labios y la garganta. Ella gemía ahogada, con los ojos llorosos, pero no se apartaba.
—Así… chúpamela bien, mi reina —gruñí—. Esta boca es solo mía.
Después de varios minu