**Antes de que empieces a leer**

Soy el autor de esta serie. Todo lo que aquí se cuenta salió de mi matrimonio, de la carne, del coraje y de esa parte oscura que a veces no se puede apagar. Este cuarto relato ya no es el inicio. Aquí la puerta ya estaba abierta y lo que pasó esa noche, y las que vinieron después, cambió algo para siempre entre nosotros.

La intensidad sigue subiendo. Si han llegado hasta aquí, ya saben de qué va esto.

Si pueden, dejen sus comentarios. Nos ayudan a mejorar. Y sí… nos pone duros leerlos.

Gracias por seguir leyendo.

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Llevábamos dos años casados. Yo tenía veinticuatro. Luz, veinte.

En ese tiempo la puerta se había seguido abriendo poco a poco, sin que ninguno de los dos terminara de admitir del todo hacia dónde íbamos. Luz continuaba hablando con Jaime. También entraba a un Facebook falso y platicaba con desconocidos, a veces hasta altas horas, con ese tono coqueto que yo reconocía demasiado bien. Empezó a hablar con Juan. No al extremo de Jaime, pero sí se lanzaban indirectas, miradas que duraban de más, risas que se quedaban colgando en el aire cuando el resto del grupo ya había cambiado de tema. Una vez, mientras platicaba con alguien más, Juan se animó y le agarró las nalgas con descaro. Después se volvió recurrente: una o dos veces que salíamos entre amigos la mano de él terminaba ahí, apretando, quedándose unos segundos de más. Luz me lo contó. Yo le pedí que se dejara. Que me excitaba. Ella insistió una y otra vez en que le explicara por qué le pedía eso, por qué ya eran tantas cosas raras. No me atreví. La fantasía completa seguía guardada en la garganta como un secreto que me quemaba.

Lo más fuerte hasta entonces había sido una noche en la que fingí quedarme dormido en el sillón de la casa de Juan. Luz terminó en el patio. Él la manoseó. La morreó. Cuando me lo contó después, el estómago se me cerró con fuerza y al mismo tiempo se me puso dura de una manera que me dio vergüenza admitir.

Esa tarde salimos como de costumbre. Juan, Alejandro, Luz y yo. Carro de Juan. Muy temprano, como a las once de la mañana. El plan era el de siempre: pistear, fumar, dar el rol por los caminos del rancho. Luz traía mi celular porque el suyo se había quedado sin batería. De pronto le llegó un inbox de una tipa contestando una conversación que yo ya había borrado días atrás. Se le revolvió la cara en el acto. La mandíbula se le puso tensa. Sabía exactamente por qué. Tiempo atrás yo platicaba con cualquier chica que se cruzara en mi camino, no para verlas ni para quedar, solo por morbo puro: para enterarme cómo eran en la intimidad, qué se tocaban, qué les gustaba decir cuando nadie las escuchaba. Luz había visto esos mensajes una vez y casi se va. Me prohibió todo con una seriedad que no le conocía. Aquella conversación borrada fue suficiente para que el coraje le subiera de golpe como una fiebre.

Anduvimos discutiendo mientras dábamos el rol. La voz se nos subía y bajaba. Ella, por rabia, empezó a tomar y a fumar más de la cuenta. El crico se sentía en el aire del carro aunque nosotros no lo tocáramos directamente; el humo se nos metía igual. Para la una de la tarde ya estábamos de regreso en el rancho. El sol pegaba fuerte. Cada quien se bajó hacia su casa.

En la puerta de la nuestra Luz se plantó. Tenía los ojos brillantes de coraje y alcohol.

—No me quiero quedar contigo. Me voy con mis papás.

Yo ya sabía que esa noche no iba a pasar nada entre nosotros. El ambiente estaba demasiado envenenado. Le dije que hiciera lo que quisiera, que me daba igual, y entré sin mirarla. Ella tomó el camino de tierra hacia la casa de sus padres. Escuché sus pasos alejarse.

Me metí al cuarto de la abuela. El mismo de siempre. Cama angosta, paredes claras, olor a madera vieja. Me tiré en la cama y me puse a leer algunos relatos en el celular. La mano se me fue sola casi sin darme cuenta. Me bajé los pantalones y el bóxer hasta las rodillas y me la jalé despacio, pensando en todo y en nada, en el coraje de ella, en Juan, en lo que podría estar pasando. No sé en qué momento me quedé dormido así, con la verga todavía en la mano y la respiración pesada.

Desperté porque alguien estaba parado a un lado de la cama. Luz. La silueta se recortaba contra la poca luz que entraba por la ventana. Intentaba decir algo, pero las palabras no le salían. Levantó las cobijas para acostarse y me vio. Los pantalones y el bóxer en las rodillas. La polla todavía semidura sobre el estómago. Se detuvo en seco. La cara se le descompuso. Dio media vuelta y salió del cuarto llorando sin hacer casi ruido.

Salí tras ella. La alcancé fuera de la casa, bajo el nogal grande del patio. Le pedía que me explicara, que me dijera qué pasaba. Ella solo lloraba y repetía entre sollozos que la había regado, que lo había echado todo a perder, que ya no había arreglo posible. Le dije que se calmara, que respirara, que cuando estuviera más tranquila me lo contara. Que yo estaba ahí.

Pasaron unos minutos en silencio. Solo el sonido de su llanto y el de los grillos. El aire de la madrugada estaba frío. Entonces, con la voz rota, soltó:

—Vengo de estar con Juan.

Me acosté con él.

Yo la regué. Es mi culpa. Todo esto se acaba entre nosotros.

El estómago se me vació de golpe. Náuseas. Mareo. Un dolor sordo que me bajó desde la garganta hasta las rodillas. Dolió. Dolió de verdad. Por un segundo el mundo se me inclinó. Pero al mismo tiempo, debajo de ese dolor, algo más antiguo y más sucio se removió. No lo vi como el final. No pude. Le dije que entendía. Que todo había sido por el coraje, por el alcohol, por el crico, por cómo se había armado la noche. Que la perdonaba. Que no se acababa. Que entrara.

Ella me miró como si no creyera lo que oía. Después asintió, casi sin fuerza. Entramos juntos al cuarto. La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic suave.

El silencio se volvió espeso, casi sólido. Estábamos acurrucados sobre la cama angosta, ella contra mi pecho, todavía con los ojos hinchados y la respiración irregular. El olor a alcohol barato, a crico y a sudor ajeno le colgaba en el cabello y en la ropa. Yo la abrazaba con un brazo, la otra mano le acariciaba la espalda sin pensar, pero por dentro ya no era solo el dolor del golpe. Empezaba a ganar terreno otra cosa más vieja, más oscura, más familiar. El morbo. Ese mismo que me había traído hasta aquí. Ahora quería más. Necesitaba los detalles. Cada segundo. Cada gesto. Cada sonido que ella hubiera soltado mientras otro se la cogía.

—Cuéntame —le dije bajo, casi pegado a su oreja—. Todo. Cómo pasó. No me dejes con la mitad.

Al principio negó con la cabeza. Se apretó más contra mi pecho, escondiendo la cara.

—No… no quiero. Solo déjalo así. Ya te dije lo que importaba.

Insistí. Primero suave, casi rogando. Después con más firmeza. Le dije que necesitaba escucharlo para poder quedarme tranquilo, que si no me lo contaba la imaginación iba a inventar cosas peores. Al final, con un suspiro largo y derrotado, aceptó. Dijo que solo lo haría para que yo estuviera tranquilo. Se acomodó un poco, todavía pegada a mí, y empezó a hablar con la voz baja, cortada.

—Después de que discutimos fuera de la casa de tu abuela me fui caminando hacia la de mis papás. Pero antes de llegar a la puerta me detuve. Estaba hecha un desastre. La cara hecha un desmadre de tanto llorar, el aliento a cerveza, el coraje todavía subido hasta la garganta. No podía entrar así. Me puse a caminar por las calles del rancho, sin rumbo, dando vueltas bajo los nogales, esperando que se me bajara un poco el alcohol y la rabia. El aire frío me pegaba en la cara. Seguía viéndote la cara cuando me dijiste que hiciera lo que quisiera. Como si ya no te importara.

En eso estaba cuando Juan me mandó inbox. Como siempre. Le contesté rápido. Le dije que habíamos peleado, que me habías dicho que hiciera lo que quisiera, que no quería llegar con mis papás hecha un desastre. Él me contestó casi de inmediato. Me dijo que fuera a su casa, que ahí podíamos platicar hasta que me sintiera mejor. Que su mamá ya estaba dormida. No sé por qué acepté. Me fui para allá.

Cuando llegué me habló desde el patio de atrás, en voz baja. Entré por el lado de la cerca. Nos sentamos en un tronco viejo bajo un árbol. Empezamos a hablar del problema. Yo le conté todo. Él escuchaba, asentía, a veces me tocaba el brazo o la rodilla. Estuvimos así buen rato. Yo seguía enojada contigo. Cada vez que recordaba tu “haz lo que quieras” me volvía a hervir la sangre.

De repente, sin avisar, él se inclinó y me besó. Fue rápido. La boca le sabía a cerveza y a cigarro. Yo le correspondí un segundo. No sé por qué. Pero inmediato me eché para atrás y le dije que no, que no estaba bien. Él se retiró. Se disculpó varias veces. Me pedía que no te dijera nada, que nuestra amistad era muy importante. Yo asentí. Nos quedamos callados un rato, incómodos.

Pasaron como cinco minutos. Yo estaba mirando el suelo. De repente, otra vez sin avisar, me volvió a besar. Esta vez con más fuerza. Me tomó de la nuca y me jaló hacia atrás. Caímos los dos sobre el tronco y un poco sobre el pasto. Mientras me besaba me metió la mano entre las piernas y me acarició la vagina por encima del mayón. Fuerte. Con los dedos abiertos. Eso fue lo que me rompió. Se me olvidó el “no”. Me calenté de golpe. Ya no pude empujarlo. Le correspondí el beso. Le abrí un poco las piernas. Él notó el cambio de inmediato. Me tocó más fuerte, me bajó un poco el mayón y me metió los dedos por encima de la tanga. Yo ya estaba mojada. Empezamos a tocarnos de verdad, todavía vestidos. Él me agarraba las nalgas, me subía la blusa, me mordía el cuello. Yo le tenía la mano en la verga por encima del pantalón y estaba dura como piedra.

Cuando notó que ya no me resistía, me habló al oído. Me dijo que no quería hacerlo ahí afuera, que lo quería hacer bien, que entráramos a su cuarto. Que su mamá estaba dormida en el de enseguida y que teníamos que ser silenciosos. Me levantó del tronco y me llevó de la mano hacia la puerta de atrás. Justo antes de entrar me detuve. Me dije otra vez que no, que estaba mal, que eras mi marido. Pero entonces recordé lo que me habías dicho en la puerta: “Haz lo que quieras”. Y el coraje me volvió de golpe. Entré.

Apenas cruzamos la puerta del cuarto él la cerró con seguro y me pegó contra la pared. Me besó otra vez, más bruto. Me quitó la blusa de un tirón. Después el brasier. Me bajó el mayón y la tanga juntos. Me dejó completamente desnuda en menos de un minuto. Yo le ayudé a quitarse la camisa y el pantalón. Me cargó un poco y me tiró en la cama. Se subió encima de mí de inmediato. Me abrió las piernas con las rodillas y se metió de un solo empujón. Estaba muy mojada, pero igual se sintió grueso, distinto a ti. Empezó a cogerme fuerte, profundo. Yo estaba tan caliente que te olvidé por completo. No pensé en tu cara, ni en la pelea, ni en nada. Solo en cómo me estaba llenando.

Cambiamos de posición varias veces. Primero yo arriba. Me subí sola, lo guie con la mano y me lo metí despacio. Empecé a moverme yo, mirándolo a la cara. Él me agarraba de la cintura y me empujaba hacia abajo. Después me volteó a cuatro. Me agarró del cabello y me cogió más duro. En esa posición yo gritaba más. Él me tapaba la boca con la mano y me decía al oído que me callara, que su mamá estaba a unos metros. Me mordía el hombro para que no hiciera ruido. Después me puso de lado, una pierna arriba, y me cogió así un rato más. En un momento me volteó otra vez boca arriba, me abrió las piernas todo lo que pudo y se vino adentro. Lo sentí pulsar. No se retiró. Se quedó encima de mí, todavía adentro, respirando pesado.

Ya acostados, todavía pegados, él me abrazaba fuerte y me pedía que me quedara. Que no me fuera. Yo me quedé quieta unos minutos, sintiendo cómo se me escurría el semen por el muslo. Después me levanté sin decir casi nada. Me vestí rápido, a oscuras. Él me miraba desde la cama. Me pidió otra vez que no te dijera nada. Yo solo asentí. Salí por la misma puerta de atrás, crucé el patio y caminé de regreso hacia tu casa. El aire frío me pegó en la cara y de golpe se me vino encima todo lo que había hecho. Lloré otra vez mientras caminaba. Cuando llegué y te vi dormido con los pantalones bajados… no supe qué hacer. Por eso salí llorando.

Eso fue todo.

Mientras ella me contaba, la verga se me puso tan dura que dolía. Cada detalle me iba subiendo la temperatura por dentro. Le agarré la muñeca y se la bajé hasta mi entrepierna.

—Tócame —le dije ronco—. Mientras me lo cuentas. No pares.

Al principio se resistió un segundo, pero yo insistí. Sus dedos me rodearon la verga y empezó a subirme y bajarme la piel despacio. Yo le pedía más detalles al mismo tiempo: cómo se la había metido, si le había dolido, si le había hablado sucio. Ella contestaba entre dientes y al mismo tiempo me la jalaba cada vez un poco más rápido. Cuando terminó de contar lo del semen escurriéndole por el muslo yo ya estaba al borde. Quise voltearla, abrirle las piernas y metérmela de una vez. Ella se negó en seco.

—No. No quiero. Se vino adentro de mí. Me siento sucia. No puedo.

Intenté bajarle a darle sexo oral, abrirla con la lengua, limpiarla yo mismo. Tampoco. Se cerró de piernas y negó con la cabeza una y otra vez. Al final solo aceptó darme una mamada. Se acomodó entre mis piernas, me sacó la verga y me la metió en la boca. La chupó con ganas, como si quisiera acabar rápido con aquello. Yo le agarré el cabello y le moví la cabeza al ritmo que necesitaba. Me vine en su boca a los pocos minutos, fuerte, mirándola a los ojos. Después nos quedamos callados otra vez. Ella se limpió la boca con el dorso de la mano y se acurrucó de espaldas a mí.

Los días siguientes fueron un vaivén raro y agotador. Cuando no andaba excitado, cuando estaba sobrio y solo en la cabeza, me sentía traicionado. Me dolía de una manera limpia, fea. Me imaginaba la cara de Juan encima de ella, cómo le había abierto las piernas, cómo se había venido adentro, y el estómago se me cerraba. Había momentos en los que la miraba y pensaba “me puso el cuerno”. Pero en cuanto fumábamos, en cuanto el humo nos aflojaba un poco la cabeza y la conversación se iba torciendo, el dolor se convertía en otra cosa. En algo caliente. Delicioso. La idea de que otro se la hubiera cogido, de que le hubiera dejado el semen adentro, me ponía duro al instante. Era como si el mismo hecho que me hería también me alimentara.

El siguiente fin de semana estábamos en la casa, sentados en la cama, pasando el porro. Yo ya traía la cabeza caliente. Le pedí que recordáramos esa noche. Que me contara otra vez cómo se la había cogido Juan. Ella negó de inmediato.

—No. Ya no. No quiero hablar de eso.

Insistí. Ella se molestó. Me dijo que ya estaba harta de todas esas cosas raras que yo le pedía desde hacía años. Que necesitaba explicaciones. Que no era normal que me excitara tanto que otro me la tocara, que me la manoseara, que me la cogiera. Que si no le explicaba de una vez por todas qué carajos me pasaba, no iba a seguir tolerándolo.

Hablamos horas. Yo daba vueltas, soltaba pedazos, me retractaba. Ella no soltaba. Al final, después de mucha insistencia y de ver que de verdad estaba a punto de cerrarse del todo, me animé. Le conté la fantasía completa. Desde el principio. Desde las primeras veces que le pedía que se tocara en el cine, desde los vestidos sin panties, desde el morbo de imaginarla con otros. Le dije que mi fantasía más profunda, la que me había acompañado desde antes incluso de conocerla, era verla coger con otros hombres. Que quería mirarla, oírla, olerla después. Que quería que me la cumpliera. Ella me escuchó en silencio, la cara seria. Cuando terminé negó con la cabeza.

—No. Eso no. No voy a hacerlo.

No aceptó. Al menos no esa noche.

La amistad con Juan quedó como si ella nunca me hubiera confesado nada. Seguíamos saliendo los cuatro, fumando, pisteando. Seguían pasando cositas: miradas, alguna mano en la cintura cuando nadie veía, alguna indirecta por mensaje. Yo lo notaba y no decía nada. Ella tampoco.

Una noche, ya en el cuarto de la abuela, fumando otra vez, a ella le llegó un inbox de Juan. Yo se lo vi en la cara. Le pedí que le contestara. Que volviera a platicar con él. Ella dudó, pero al final abrió la conversación. Estuvieron escribiéndose un rato. En un momento él preguntó por mí. Yo le dije al oído:

—Dile que estoy dormido.

Ella lo escribió. La plática se fue torciendo poco a poco hacia lo que habían hecho esa madrugada. Yo leía por encima de su hombro y le iba dictando qué contestar. Que le siguiera la corriente. Que le dijera que le había gustado. Que le preguntara si quería repetir. Ella escribía lo que yo le pedía, aunque se le notaba la tensión en los dedos. Al final Juan le propuso verse esa misma noche. Ella me miró. Yo asentí.

Aceptó.

Se levantó de la cama, se puso una sudadera y salió al patio. Yo me quedé en la ventana, a oscuras, mirando. Juan ya estaba esperándola junto a la cerca. Se saludaron en voz baja. Ella lo siguió hacia el fondo del patio, donde había unas bodegas viejas de lámina y madera. Desaparecieron detrás de ellas.

Estuvieron casi dos horas.

Cuando regresó traía el cabello revuelto, los labios hinchados y ese olor inequívoco a sexo. Se sentó en la orilla de la cama y me contó todo con detalle, igual que la primera vez: cómo la había empujado contra la pared de la bodega, cómo le había bajado los pants, cómo se la había cogido de pie primero y después sobre unos costales, cómo le había tapado la boca otra vez para que no se oyeran los gemidos, cómo se había venido adentro otra vez. Yo la escuché con la verga dura, acariciándomela despacio mientras hablaba. Cuando terminó se quedó callada un momento y después me miró fijo.

—Esa fue la última vez que te voy a aceptar que me pidas coger con él —dijo—. Puedo seguir platicando por mensajes si quieres. Puedo mandarle fotos. Puedo coquetear. Pero no voy a volver a coger con Juan. No otra vez.

Yo asentí. Todavía tenía la respiración agitada. El semen se me escurría entre los dedos. Ella se quitó la sudadera, se metió bajo las cobijas y me dio la espalda.

El silencio volvió a llenar el cuarto. Pero esta vez ya no era el mismo silencio de la primera noche. Ahora sabíamos los dos exactamente qué había del otro lado de la puerta. Y aunque ella hubiera puesto un límite, los dos sabíamos que la puerta ya no se iba a cerrar del todo.

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Hasta aquí el cuarto relato.

La historia sigue. La intensidad, también.

Si llegaron hasta el final, dejen un comentario. Nos ayuda más de lo que creen. Y sí… nos prende leerlos.

Gracias por acompañarnos.