La cama de ellos estaba pegada a la pared de mi habitación en donde se apoyaba un mueblecito y un televisor. Retiré ambas cosas a un costado y me pegué a la pared para escuchar mejor. Los jadeos que le provocaba el negro a mi novia eran muy fuertes. Jamás en la vida yo la había hecho jadear así. Esto me generó celos y excitación al mismo tiempo. La oreja pegada a la pared aumentaba el volumen pero hacía los sonidos más graves, mezclándolos, ensuciándolos. Lo mejor era estar casi pegado. Sin embargo, aun cuando era excitante, me perdía todos los detalles, sólo tenía un panorama general de lo que estaba sucediendo. Cuando el negro comenzó a bombardear más violentamente mi novia arrancó a gritar de placer y la pared que une las dos habitaciones latió con cada sacudida del negro.
Todo esto me disparó la primera de una larga lista de pijamas.
No sé si acabé con ellos. Si no fue así, al menos fue cercano al evidente polvo de mi novia. Me di cuenta en ese gemido auténtico y desgarrador de todo lo que la estaba privando. Yo jamás había llegado a provocarle ni una pequeña parte de lo que acababa de escuchar. Me sentí inútil y culpable. Pero en seguida cambió el ánimo al darme cuenta que en realidad no la estaba privando de nada; Ella tomó todo por su cuenta.
Esto me ponía en una situación difícil de establecer. ¿Cogía con otros porque yo no la satisfacía? ¿O yo no la satisfacía porque cogía con otros? Es decir: ella se conformaba con mi pobre desempeño porque cubría sus necesidades en otro lado, pero esa condescendencia hacia mí conspiraba contra mi evolución en el campo sexual.
Parecía un círculo vicioso. Aunque el único que perdía era yo. ¿Pero estaba perdiendo? Me pregunté esto mientras me limpiaba el semen de mi mano y mi pija con papel higiénico. No había forma de negarlo: acababa de tener el orgasmo más intenso y espectacular de los últimos tiempos, sólo comparable con los primeros que había tenido con Debora, al principio de nuestro noviazgo.
Los primeros, sí. Cuando aún no sabía que me la cogía tan mal. Había sido durísimo tomar conciencia de ello. Desde ese día, quizás por culpa, quizás para emparejar las cosas con ella, comencé a gozar menos intensamente. Con este orgasmo caí en la cuenta de cuánto goce había yo también dejado en el camino para estar a tono con el pobre goce que le proveía a ella.