El misterioso caso de Dr Jekyll y Mr Hyde.

Amo a Alejandra, la amo con una devoción que va más allá del deseo físico; la amo por su perseverancia, por su caracter, por como complementamos como pareja. Es mi mujer, mi socia, mi refugio. Durante el día, la veo con los ojos de un hombre enamorado: admiro sus curvas, confio ciegamente en ella y protejo su integridad.

Soy el Dr. Jekyll: el marido que trata de mejorar, tratando de ser compañero y le sostiene la mano en los momentos donde ella pierde la cabeza.

Pero hay un umbral. Una línea invisible trazada por el borde de nuestro colchón.

En el momento en que nos metemos bajo las sábanas, cuando la luz se apaga y la privacidad nos envuelve, algo se quiebra dentro de mí. Las sábanas, blancas y cómplices, actúan como un interruptor. Dejan de ser un lecho matrimonial para convertirse en una arena primal. Y allí, en la oscuridad, Mr. Hyde despierta.

Ya no veo a mi esposa. Veo a una hembra.La transformación es instantánea y aterradora en su intensidad. Cuando ella se monta sobre mí, dándome la espalda para que yo pueda contemplar la curva de su columna, mi amor romántico se disuelve en una lujuria cruda, casi violenta. Admiro su cintura de avispa, esa estrechez frágil que parece quebrarse bajo mis manos, pero no para acariciarla con ternura, sino para sujetarla con fuerza. Mis ojos se clavan en sus caderas, que se ensanchan con una generosidad obscena, y en ese trasero perfecto, redondo, firme, que se mueve con un ritmo hipnótico. En esos momentos, mi mente no piensa en nuestra vida juntos, ni en nuestros planes futuros. Piensa en la posesión. Piensa en la degradación. Mientras ella se monta en mi dandome la espalda hundo mis dedos en su cola, con una voz oscura que susurra en mi oído: Esto no debería ser solo tuyo.

Imagino, con una claridad dolorosa, a otro hombre detrás de ella. Visualizo su verga gruesa entrando en ella al mismo tiempo que yo, o yo simplemente viendo, deleitandome de su lujuria y su olor a sexo inundnando la habitación.

La veo así como mi puta de lujo, pero no como una propiedad de mi persona si no a una puta que puede dar rienda suelta a sus deseos sin que yo pueda juzgarla, es un objeto de deseo tan potente como su mismísima figura, esa figura de mujer fatal, esa mismísima mujer que ella no ve, no se reconoce así, no sabe lo que despierta en los hombres, ni de lo que es capaz.

Esa imagen, sucia y prohibida, me excita más allá de los límites.

Quiero verla siendo usada, quiero verla abierta, disponible, gimiendo, por la saturación física de ser tomada.

Y después, cuando el acto termina y ella queda inmóvil, recuperando el aliento, mi mirada se vuelve clínica. Después de poseerla observo cómo sus fluidos y esa mezcla de nuestros jugos, comienzan a correr lentamente por sus muslos internos. Esas gotas blancas y viscosas resbalando por su piel morena son la prueba de su naturaleza dual. Verla así, mojada, desordenada, con el rastro del sexo brillando en sus piernas, confirma mi teoría secreta: bajo la esposa recatada late una hembra primitiva, una criatura hecha para ser llenada y vaciada. Y esa contradicción —amar a la mujer mientras deseo a la puta— es el motor que me llevó a a encontrar por casualidad a Gonzalo.

No lo hice por falta de amor. Lo hice porque necesitaba que esa otra parte de ella, la que yo veía bajo las sábanas, saliera a la luz. Necesitaba que el mundo exterior confirmara lo que yo ya sabía: que mi mujer era capaz de una depravación exquisita.

Así fue como se fueron dando las cosas.

Pero no todo fue fácil, cuando la veía tan poseída encima mío mientras yo imaginaba verla más allá de lo que estaba sucediendo, se me escapó como me gustaría verte con dos vergas. Ella se sorprendió pero siguió con su quehacer de bajar y subir cerrando los ojos .

Después salió el tema y le dije que me calentaba mucho el de verla con dos vergas o yo mirandola disfrutar y entrar cada tanto al juego.

Ella me dijo que estaba loco que nunca iba a hacer algo de eso.

Con el tiempo le hablé del cuckold, le dije que fantaseaba con eso y que me dejara tomarle fotos para agregar a una página de contactos.

Ella me dijo que no tenía problemas mientras cuidara identidad y no muestre el rostro.

Cuando cogiamos le contaba lo que me escribían las personas admirando todo su cuerpo.

Ella me seguía el juego pero después volvió a ser tajante su No.!

Pero un día en el que navegaba por la página de contactos di con Gonzalo. Hablamos muy cordialmente parecía educado y de buena educación, envié algunas fotos de Alejandra, solo su torso inferior, la curva de su cadera, Algunas en ropa interior, algunas desnudas y algunas de calza.

La respuesta fue inmediata."Espera... ¿ella no trabajaba para Micaela? Hace un par de años."El aire se me escapó de los pulmones.

Micaela era una chica para la que había trabajdo Alejandra en un negocio de ropa.

Le confirmé que sí."La reconozco por esas calzas", escribió Gonzalo. "Nunca olvidé cómo las llenaba. Cómo se le marcaba todo, como la miraba disimuladamente mientras ella estaba en sus cosas.

Siempre me pregunté que había abajo de esas calzas que delineaban esa figura tan femenina pero tan potente a la vez.

Me contó que Micaela había sido su novia por dos años y que cuando iba al negocio la solía ver a Ale.

"Intercambiamos números. Esa noche, la ansiedad me carcomía, pero también me excitaba de una manera sucia y nueva.

No sabía como podía caerle esa información a Alejandra

Vimos nuestra serie en la cama y cuando apagamos la luz le dije.—¿Conociste a alguien llamado Gonzalo? —pregunté, tratando de mantener la voz steady—. Era ex de Micaela, la chica para la que trabajaste antes de conocernos.Ella frunció el ceño, sorprendida. —Sí, claro. Lo recuerdo. ¿Por qué? Le conté todo. Le dije que Gonzalo está en la pagina de contacto la había reconocido solo por las calzas cuando yo le estaba pasando fotos por la silueta inconfundible de su trasero. Le relaté, palabra por palabra, lo que él me había contado: cómo la miraba cuando ella estaba doblando ropa, cómo se le hacía agua la boca al verla agacharse para guardar alguna prenda, tratar de adivinar como eran esas tangas que se marcaban por debajo de la tela de las calzas.

Le describí la obsesión silenciosa de Gonzalo, la forma en que la devoraba con los ojos mientras ella, inocente o quizás no tanto, caminaba por el local.

Al principio, Ale se mostró estuporada. Pero a medida que yo hablaba, detallando la lujuria contenida de aquel hombre, noté un cambio. Su respiración se hizo más pesada. Sus mejillas se tiñeron de rojo. No había rechazo en sus ojos, sino una humedad creciente, una aceptación dócil que me encendió. Se mordió el labio, imaginándose siendo observada, deseada con esa crudeza. Esa noche, hicimos el amor con una intensidad frenética, y supe que la barrera se había roto. Pasaron semanas de charlas, de mensajes cifrados, de una tensión eléctrica que saturaba nuestra casa.

Llegó el día que le pedí permiso para pasarle su wsp a Gonzalo, que solo era hablar para ver si fluía algo más.

Ale me dio el ok y eso ya me hizo profetizar el triunfo, sabía que algo había cambiado.

Pasaron una semana hablando hasta que pusieron día al encuentro.

Una noche comer y hablar pero si ella se sentía incomoda iba a decir que no.

Hablé con Gonzalo le comenté de las condiciones y el aceptó con caballerosidad.

La noche Llegó al fin, la vestí yo mismo, Elegí un vestido negro, de tela fina, que se adhería a su piel como una segunda capa, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una abertura lateral que revelaba la longitud de sus piernas. Debajo, nada de ropa interior convencional, solo una tanga diminuta, casi un hilo dental de encaje rojo que sabía que desaparecería bajo la tela negra. Se peinó con una cola alta, pintó los labios y se puso su perfume más embriagador.—Estás increíble —le susurré al oído, a mi se me salía el corazón del pecho—. Tenía miedo que ella no lo disfrute, pero a parte me comia la cabeza el morbo de que ella iba a ser poseida por otro hombre.

El celular vibró, está en la puerta dijo Alejandra, mi corazón latía con fuerza, me dio un beso apasionado, y le susurré al oido "Pásala bien" la vi marcharse con un poco de nervios pero segura.

Las horas pasaron lentas. Imaginaba la escena: la casa de Gonzalo, la luz tenue, las copas de vino. Imaginaba a Alejandra sentada frente a él, escuchando cómo él le describía sus fantasías, cómo le confesaba que aquellas calzas habían sido el motivo de esas calentruas, de como no había podido evitar tocarse todos esos días previos a su encuentro, envalentonado por las fotos que yo le había mandado.

De repente, el teléfono vibró.Una foto,

Era Alejandra, Estaba Gonzalo acostado y ella con una mano sostenía su pene erecto, ella miraba la cámara con esa cara que yo conocía tan bien, podía notar que lo estaba disfrutando, No me había hecho quedar mal; al contrario, había liberado a la bestia que llevaba dentro.

Minutos después, otra foto. Esta vez, Alejandra estaba apoyada en una silla, frente a un espejo grande. Gonzalo la penetraba desde atrás. La imagen era brutalmente erótica: el tono tenue de la luz iba a tono de su piel morocha y daba un brillo mate a su perfecta espalda femenina que se ina ensanchando a medida que bajaba y terminaba en sus caderas ensamchadas de donde Gonzalo se agarraba.

El espejo capturaba cada detalle y era el reflejo de la mujer que yo siempre vi en mis deseos más humedos.

Luego, en la cama. Fotos de ella desde abajo , la cara de Alejandra cerrando sus ojos para sentir mejor todo el recorrido de la verga de Gonzalo, ella era dominadora en esa esena.

Finalmente, la imagen que selló mi fantasía: Valeria en cuatro, con el semen de Gonzalo brillando sobre su culo perfecto, chorreando por los costados de sus muslos, una marca blanca y viscosa que declaraba propiedad temporal.

Tres horas. Estuvo con él tres horas.Cuando escuché la llave en la cerradura, me sequé las palmas de las manos. La puerta se abrió y Alejandra entró. Caminaba diferente. Había una laxitud en sus movimientos, una satisfacción pesada en su cuerpo. Su cabello estaba despeinado, sus labios hinchados, y sus ojos tenían ese brillo vidrioso de quien ha alcanzado el clímax múltiples veces.Se acercó a mí sin decir nada. Olía a sexo, a vino, a otro hombre.

Deje que se desvistiera mientras yo esperaba tapado con mi verga hinchada esperando su relato.

—Contame todo. com Tres veces.La abracé, hundiendo la nariz en su cuello, inhalando la evidencia de su traición consentida. Sentí la humedad en su entrepierna, los jugos mezclados, la prueba física de que mi esposa, la mujer recatada, era capaz de una depravación exquisita. Gonzalo no solo la había deseado; la había despertado. Y al verla llegar así, destruida y reconstruida por el placer ajeno, supe que nunca volvería a verla solo como mía. Era de todos los que supieran mirar, y eso, paradójicamente, la hacía más mía que nunca.Pero mi mente, obsesiva y hambrienta de detalles, necesitaba reconstruir cada instante. Aleandra aún temblando por la resaca del placer, me lo contó todo mientras yo la desnudaba lentamente, besando cada marca que Gonzalo había dejado en su piel.

—La casa olía a madera antigua y a ese perfume suyo, denso —me contó, con la voz entrecortada—. Bebimos vino al principio. Él no me tocaba, pero sus ojos...,sus ojos me desnudaban. Me preguntó si sabía por qué me había reconocido. Le dije que no. Y él me lo dijo: "Por las calzas, me volvían loco esas calzas, te las conocíaa todas. Me volvía loco verte caminar. Cada vez que te agachabas, la tela se tensaba... Imaginaba arrancártelas con los dientes".Sentí cómo se me endurecía el miembro solo de escucharlo repetir esas palabras. Ale continuó, describiendo cómo Gonzalo se había levantado, acercándose a ella hasta invadir su espacio vital.—Me tomó de la barbilla. Me obligó a mirarlo. Y luego bajó la mano por mi cuello, por mi escote, hasta mi cintura. Me apretó la carne y me dijo: "Como esparaba tenerte así para mi.

No me aparté. Al contrario, me dejé caer hacia él. Me besó... no fue un beso tierno. Fue una invasión. Metió la lengua profundo, me exploró con violencia, como si llevara años hambriento de mí. Me sentí sucia, y eso me excitó más.

Me describió cómo él la había llevado frente al espejo del living. La luz tenue, amarillenta, creando sombras.—Me puso de espaldas a él, pero de frente al cristal. "Mírate", me ordenó. "Mírate mientras te cojo.

Me quitó el vestido, me bajó la tanga de un tirón brusco, rasgando la tela. Me vi desnuda, vulnerable. Quedé arrodillada a la silla mientras el se arrodillo en el piso y me besaba el culo y la concha al mismo tiempo.

Yo miraba el espejo y me sentía tan vulnerada, veía como el se hundía en mis carnes.

Luego se paró vi su cara de perversidad yo me acomode mejor en la silla parando mi cola para que el pueda penetrarme, apuntó su verga hacia mi concha que ya a esta altura estaba empapada y me la introdujo muy despacio, una dos y tres veces, despacio y sin hacer tope, hasta que en un momento, me la i tradujo toda, mis manos se agarraron fuerte de la silla como si fueran garras, me empezó empinar a fondo toda su verga pero de forma lenta aún, luego fue dandole más ritmo y ya de una forma bestial me empezó a coger fuertemente agarrandome de los pelos y acercandose a mi oído susurrandome, que puta sos.... de quien sos la puta ahora ? Preguntó mientras bajaba su ritmo... Tu putab le dije vi su sonrisa a travez del espejo y mira cara transformada por el placer, el empezó de nuevo a cogerme de manera bestial.

Mi cuerpo esperaba esa violencia. Alejandra cerraba los ojos, reviviendo el momento, mientras yo estaba al palo tocando su concha humeda

—Él no tenía piedad. Me cogía con furia, embistiendo contra mi siguió su relato Alejandra.

Y entonces... la primera ola llegó. Mientras él me tiraba del cabello, arqueándome la espalda, sentí cómo mis músculos se contraían alrededor de él. Una explosión eléctrica. Largue un gemido mientras le daba mi primer orgasmo. .Hice una pausa, imaginando esa escena, visualizando a mi esposa gimiendo por otro hombre mientras se corría.—Pero él no paró —continuó ella, con la voz más baja, más íntima—. Me giró, me puso en cuatro patas sobre la cama, Me penetró de nuevo, desde atrás, aún más violento. Agarraba mis caderas, clavándome los dedos, marcándome como ganado. Apoyaba la frente contra el acolchado sintiendo cada embestida empujarme hacia adelante, después se hizo vez más lento, más tortuoso. Él ralentizó el ritmo, rozando apenas mi entrada, negándome el clímax, jugando con mi necesidad. Supliqué, seguí por favor, rogándole que me terminara. Y cuando volvió a embestir con fuerza... el segundo orgasmo me desgarró por dentro. Una onda expansiva que me hizo perder el tiempo, sentí como se humedecian sus huevos y como me corría todo el jugo por los muslos.

Se acurrucó contra mí, temblando.—Luego se puso de bajo y me hizo subirme encima, me dijo, "Ahora quiero ver esa cara de puta de frente" mientras metía su dedo gordo en mi boca lleno de mis jugos para que yo los chupara mostrandole esa cara que el tanto quería ver.

Le cabalgue mirandolo con esa cara de puta, mientras el se sonreía perversamente, diciendome tu marido debe estar orgulloso. Vi que sacó una foto mientras yo ya alcanzaba el climax y le daba todo mi torrente a su hermosa verga.

Ne dijo chupame la verga un ratito que tengo que mandarle a tu marido una foto así, baje. y le empece a chupar la verga sintiendo la mezcla de todos nuestros jugos, me dijo, mostrale esa cara a tu marido, mire el celular y el sacó la foto.

Luego me tumbó boca abajo. Expuso mi trasero, esa curva que él admiraba. Se colocó detrás, sin entrar, solo frotándose contra mi piel, cubriéndome con su sudor, con su olor. Estaba exhausta, pero mi cuerpo seguía húmedo, abierto. "Ahora vas a recibir todo", dijo. Entró en mí una última vez, con una profundidad que me tocó el alma. Me llenó por completo. Empezó a poseerte desenfrenadamente cada vez más rápido más animal Y entonces... se corrió. Con un gruñido. Se vació dentro de mí, pero también sobre mí. Sentí el chorro caliente de su semen impactar contra mi culo, cubriendo mi piel, resbalando por mis muslos. Una marca blanca y viscosa. Caí desplomada, jadeando, con el cuerpo salpicado.

No me aguanté más le pedí que se suba arriba mío y mientras ella me cogía yo le preguntaba, vas a ser la puta de Gonzalo ahora ??

Ella me miró con esa cara pícara y me dijo si mi amor, voy a ser su puta.

No aguanté más y le di toda mi leche en su concha ya totalemente dilatas y mojada

El espejo de Gonzalo fue ese martillo.Cuando Alejandra se miró en aquel cristal, no vio a la mujer que había huido de sus propias sombras. Vio cómo la nieve se derretía instantáneamente, evaporada por el calor de unas manos ajenas que no pedían permiso. En ese reflejo, la grieta que yo había imaginado durante años se abrió de par en par. Ya no era la mujer correcta; era la lava fluyendo libremente, brillante, peligrosa, incandescente.El espejo no le mostró su rostro, sino su esencia desnuda: la confirmación de que ella era exactamente lo que yo había temido y anhelado. Al verse siendo poseída con esa violencia cruda, Alejandra dejó de huir de la fantasía morbosa para abrazarla como su propia verdad. El cristal le devolvió la imagen de la devoradora, no como un castigo, sino como una liberación. Entendió entonces que yo no la había querido romper para destruirla, sino para dejarla ser, finalmente, lo que siempre fue: fuego puro, sin la hipocresía de la nieve. Y al verla llegar así, marcada por otro pero liberada por mí, supe que mi rol no era el de compartir su cuerpo, sino el de catalizar su alma. Las sábanas ya no eran un límite, sino el escenario donde mi amor y mi lujuria más oscura podían, por fin, coexistir.