Si acabas de llegar a esta historia y no conoces los primeros capítulos de la serie, te invito a visitar mi perfil para entender la historia. Muchas gracias.
Después de que tuvimos ese primer encuentro con Gabriel (el novio de mi esposa Ale), me encantaría decir que la relación siguió igual de fogosa y con muchos encuentros más de ese tipo, pero no fue así. En ese momento aprendí que el mundo liberal que tanto yo deseaba no era como lo imaginaba: hay altos y bajos. Vivimos más tiempo como una pareja común y corriente que como la pareja “adicta al sexo” y con hipersexualidad que muchas historias y pornografía nos han hecho creer a lo largo de la vida. La relación de mi esposa con su nuevo novio se fue apagando poco a poco. Tuvieron algunos encuentros más ellos dos solos; yo nunca volví a participar en alguno, no hubo oportunidad. Por cuestiones laborales de los tres, cada vez era más difícil quedar en vernos, así que decidimos que ellos podían seguir viéndose y tener relaciones. Aun así, Gabriel cometió el peor error que puede hacer un tercero en una relación abierta: empezó a ser celoso con mi esposa. No le gustaba cómo se vestía, o que saliera sin él o sin mí; si ella deseaba salir con amigas, él la celaba, etcétera. Así que seis meses después de ese encuentro tan rico donde mi esposa Ale tuvo por primera vez dos vergas frente a ella, decidimos terminar la relación con Gabriel. Fue un golpe duro para mi mujer, pues ya había sentimientos de por medio.
Después de una larga espera, llegó el día. Hicimos una reserva en el resort por tres noches. Nunca habíamos estado en un hotel liberal, así que entrando al lobby nos sorprendió y nos gustó mucho lo que vimos: chicas en tanga y mini bikinis, algunas en topless, chicos musculosos y tatuados en el bar. Se sentía el ambiente caliente y cachondo, todos muy amables. Llegando, sientes cómo las parejas te comen con la mirada. Ale tenía un vestido cortito blanco y debajo un bikini. Debo decir que era un bikini bastante modesto en comparación con los que se usaban ahí: el calzoncito no era una tanga, le cubría bastante el culo, y el top le levantaba las tetas pero no era atrevido. Llegamos a registrarnos, nos saludaron muy amables, hicimos todo el papeleo que tardó como media hora, en lo que nos dieron una copa de vino para refrescarnos del viaje. Como llegamos temprano nos dijeron que nuestra habitación no estaba lista, pero podíamos usar las instalaciones en lo que se hacía el check-in. Ale y yo decidimos que la mejor forma de utilizar ese tiempo era visitar el gimnasio del resort, ya que después íbamos a beber y comer hasta reventar; al menos necesitábamos ejercitarnos un poco antes. Para ir al gimnasio había que pasar por el área del bar y la alberca, donde, como en el lobby, había chicas en topless, chicos tomando unos tragos dentro del agua y en el bar; en fin, todo lo que esperas de un hotel para adultos.
Llegando al gimnasio nos percatamos de que no había mucha gente: una pareja (hombre y mujer) y un par de chicos con un cuerpo bastante decente, sin playera, levantando pesas. Ale y yo calentamos un poco. Ella se dispuso a hacer sentadillas y yo la acompañé igual. Mientras nos turnábamos la máquina, el vestido de Ale se levantaba un poco y mostraba un poco del calzón del bikini, a lo que la chica de la pareja se acercó y le dijo: “Amiga, quítate el vestido, estamos de vacaciones, aquí podemos entrenar en traje de baño”, mientras le sonreía. Ella tenía un mini short y un top de bikini en la parte de arriba. Ale sonrió, intercambiaron palabras y, momento después, mi esposa ya estaba en bikini solamente haciendo sentadillas. Su culo se veía delicioso cada vez que bajaba. Después de un rato, la pareja se despidió de nosotros, quedando en vernos en la piscina después. Solo se quedaron los dos chicos en el gimnasio, que no le quitaban la vista a mi esposa mientras ella caminaba por el gimnasio solo con su bikini y sus tenis. Pude observar cómo mi esposa se percató de la mirada de ambos chicos sin playera, con los músculos marcados, bronceados y sudados debido al ejercicio y también a la excitación que ella les provocaba. Yo me encontraba en una máquina diferente, apartado de ella, para disfrutar el espectáculo. Ella me miró, sonrió, observó mi cara de excitación; nos comunicamos solamente con la mirada, como pidiendo mi aprobación. Los chicos estaban levantando la barra haciendo pecho, se turnaban en sus series. Ella tomó una barra, se puso justo enfrente de ellos para mirarse al espejo y empezó a hacer peso muerto, bajando el torso lo suficiente para levantar el culo y dejárselos justo frente a ellos. Mi esposa tiene un trasero delicioso, moreno claro, bien trabajado. Entre los movimientos el calzón del bikini se le metió entre las dos rayas; el sudor hacía que su espalda baja y sus nalgas brillaran. Los chicos ya habían dejado de hacer ejercicio, solo le veían el culo a mi mujer. El que estaba en la banca se acomodó la verga debajo del pantalón. En ese momento yo observaba todo desde otro aparato, igual con la verga erecta. Ver a mi mujer calentando a dos jóvenes veinteañeros despertó en mí una calentura aún mayor que con el encuentro pasado con Gabriel. Unos segundos después el staff del hotel se me acercó: “Señor, su habitación está lista si gustan pasar, es por aquí”, me dijo. Me sacó de mi trance. Le agradecí. “Amor, ya está la habitación, vamos”, le dije a distancia. Ella me sonrió, volteó a ver a los chicos, les sonrió: “Hasta luego”, les dijo con una cara coqueta y excitada. Ambos chicos balbucearon algo y se despidieron. Ella se alejó moviendo el culo lentamente, un culo que ya estaba hinchado y duro debido al ejercicio. Se acercó a mí, me besó en la boca con lengua, un beso muy sexoso, mientras miraba a ambos chicos, que no habían apartado la mirada de mi esposa. Nos tomamos de la mano, seguimos al bellboy hacia nuestra habitación. “Estoy muy mojada”, me dijo al oído.
Llegamos a la habitación que estaba en un tercer nivel; el balcón daba frente al mar. El bellboy nos dio un pequeño recorrido, al que no presté nada de atención: no podía dejar de pensar en mi esposa y verle el culo y las tetas húmedas por el sudor. Por fin terminó el recorrido, nos quedamos solos en la habitación. Se aproximó a mí, me tocó la verga erecta debajo de mi traje de baño. “Me gustó mucho cómo me veían los chicos”, me dijo mientras la masajeaba. “¿Lo disfrutaste?”, me preguntó, mientras me pegaba sus tetas a mi pecho desnudo y me besaba el cuello. “Me encanta cómo te morbosean otros hombres”, le contesté, haciendo a un lado su top para sacar ese par de tetas húmedas con el pezón café y duro por la excitación. Ella metió su mano debajo de mi short, empezó a subir y bajar su mano en mi verga lentamente mientras metía su lengua en mi boca. Yo le apretaba las tetas con una mano, mientras que la otra acariciaba sus nalgas, buscando su culito para meter un dedo; luego pasé por su vagina, estaba extremadamente mojada. Le metí dos dedos, la empecé a masturbar rápidamente. Ella seguía el ritmo de la masturbación con su mano en mi pene. Me bajó el short, vio mi cabeza roja y babeando un poco. “¿Quieres que cojan hoy, papi?”, me preguntó mientras gemía. “Sí, amor, quiero que te metan la verga”, le contesté. “Me gusta ser tu putita, si tú me lo pides lo haré”, me decía mientras movía su cadera rápidamente para que mis dedos entraran aún más. Ya no dije nada más, me concentré en masturbarla. La acosté en la cama, le metí los dedos mientras observaba cómo disfrutaba. “Métamela”, me susurró. Mi verga ya estaba a punto de explotar; ella seguía masturbándome. “No”, le contesté, “quiero que estés ansiosa de verga, que busques vergas para ti en la piscina”. Ella se excitó aún más, me masturbó rápidamente. “Vente en mis tetas”, me ordenó. “Tampoco, amor, quiero estar excitado el tiempo, no quiero venirme aún”, le respondí. Ella sonrió y asintió con la cabeza. Me acosté a lado de ella en la cama, nos besamos y abrazamos tiernamente unos momentos. Un rato después nos dimos una ducha.
Ella se puso un bikini blanco con detalles dorados; la tanga se metía entre las nalgas, el top del brasier era pequeño igual y cruzado en la parte de atrás. Se recogió el cabello, unos aretes dorados tipo arracada en las orejas y los lentes de sol. Se veía deliciosa. Se maquilló poco. Así vestida nos dispusimos a ir a la alberca.
Pasamos a comer algo y, entre plática y otras cosas, nos dieron las 4 de la tarde para ir al área de la alberca. La fiesta estaba a todo lo que da: había chicas muy buenas en mini bikinis, algunas en topless, chicos atractivos. Yo podía ver cómo a mi esposa se le hacía agua la boca; yo todo el tiempo tenía la verga a media erección por todo lo que miraba. Todos bailando dentro y fuera de la alberca. Ya nos habíamos tomado un par de copas de vino y tequila, por lo tanto estábamos entonados para la fiesta. Nos fuimos a la barra dentro de la alberca, pedimos unos tragos. No pasaron ni veinte minutos cuando se nos acercaron un par de chicos: “Hola, ¿cómo están?”, escuchamos. Volteamos y eran los chicos del gimnasio. Tenían acento colombiano; los dos eran morenos claros con el cuerpo marcado. “Bien, mucho gusto, me llamo Esteban y mi esposa Ale”. Les estreché la mano a ambos. Se presentaron como Carlos y Miguel, saludaron a Ale, le dieron un beso cada uno, pegado a la comisura de su labio. “Somos de Medellín y estamos aquí por la despedida de soltero de Carlos”, dijo Miguel. Entre otras cosas nos enteramos de que tenían 28 años cada uno. Momento después se acercaron tres chicos más, junto con un par de americanas, todos bastante ebrios. Platicamos un buen rato con el grupo de la despedida. Después de un rato Miguel me preguntó: “¿Puedo sacar a bailar a tu esposa? Aquí dentro de la piscina, no me la voy a llevar a ningún lado”. “Sí, ella quiere; por mí no hay ningún problema”, contesté con la verga bien parada debajo del agua. “¿Qué dices, Ale?”, le preguntó Miguel y le extendió la mano. Ella sonrió, se puso de pie, metiéndose al agua con Miguel. Inmediatamente él le rodeó con los brazos la cintura a mi esposa, la pegó a su cadera y empezaron a bailar. La música de fondo ni siquiera se escuchaba bien. Ale igual le rodeó el cuello con los brazos, pegaron sus frentes, mientras yo platicaba con otros chicos y chicas de la despedida de soltero. Después de unos minutos miré a mi mujer, que ya estaba bailando con otro chico y luego con otro; le estaban dando unos tragos de tequila. El único que no participaba mucho era Carlos, el chico que se iba a casar. Ya eran como las seis de la tarde. Ale ya había dejado de bailar; seguíamos platicando en la piscina. Algunos ya se habían ido; quedaban Miguel, Carlos y un par de chicas que estaban con nosotros. Decidimos irnos a otra alberca que tiene jacuzzis, un área más tranquila. Nos metimos los seis al jacuzzi. Me senté a un lado de Ale; del otro lado de ella estaba Carlos y enfrente estaban Miguel con las otras dos chicas, a las que Miguel tenía abrazadas. Les jugaba las tetas, luego besaba a una y luego a la otra. “Tengo una idea”, dijo Miguel mientras le daba un sorbo a su copa de vino. “Que cada una de ustedes le haga un baile al novio”, dijo. “¿Te parece bien, Esteban?”, me preguntó. Yo miré a Ale; ella me sonrió, asintió. “Sí, yo no tengo problema si ella quiere”, contesté. Carlos quedó rojo de vergüenza, pero no dijo nada más. Primero pasó una de las chicas, que estaba muy borracha, así que no pudo hacer mucho; luego otra que sí le pegó a Carlos sus tetas en la cara, pero todo fue muy chusco. Y por fin fue turno de mi esposa. Se puso de pie frente a él, empezó a mover las caderas; luego se apoyó en las rodillas de Carlos con las manos y empezó a mover las nalgas para que yo viera. Posteriormente se puso de espaldas a él, le abrió las piernas y le pegó sus nalgas a su pene, recostándose sobre Carlos. Tomó sus dos manos y las puso en sus tetas para que él jugara con ellas. Ella empezó a mover las caderas. Noté que estaba súper excitada moviéndose sobre el pene del chico. Luego se puso de frente a él, se sentó sobre él y empezó a moverse como si se estuviera cogiendo. Carlos buscó la boca de mi esposa y se empezaron a besar muy cachondo. Después de unos segundos la canción terminó. “Bueno, ya sabemos quién ganó”, dijo Miguel y todos nos echamos a reír, mientras Ale regresaba a mi lado. Le di un beso en la boca, la abracé. “Qué rico estuvo eso”, le susurré al oído. Mientras tanto una de las chicas ya tenía la mano debajo del pantalón de Miguel y la otra ya estaba bastante ebria que se estaba durmiendo dentro del jacuzzi. Ya eran las 7 de la noche. Nos fueron a pedir que saliéramos de la piscina, porque ya no era permitido estar a esas horas dentro. Ya fuera, los seis. Miguel abrazó a las dos chicas, una en cada brazo. “Bueno, con su permiso nosotros nos vamos. Carlitos, no puedes entrar a la habitación por un buen rato”, dijo dirigiéndose a Carlos en tono burlón, mientras veíamos cómo se iba. “Bueno, chicos, me voy un rato al bar en lo que Miguel termina”, sonrió hacia nosotros. Ale y yo nos volteamos a ver, entendimos lo que nos queríamos decir sin palabras. “Espera”, lo interrumpí. “Puedes acompañarnos a nuestra habitación, tomamos un trago mientras termina Miguel”, le dije. Él aceptó. Nos dirigimos los tres hacia el pasillo del hotel.
Todo lo que pasó después fue muy rápido. No hubo plática previa ni mucho menos; todos sabíamos por qué iba Carlos y lo que íbamos a hacer. Luego me comentó Ale que estaba muy excitada porque le prendía mucho el hecho de que Carlos era joven y además estaba a punto de casarse; eso no dejó de dar vueltas en su cabeza. Llegando a la habitación, Ale tomó a Carlos de la mano, lo dirigió al sillón, le bajó el short y lo sentó. La verga de Carlos ya estaba completamente erecta y se veía recién rasurada. Le besó la boca y le dijo: “Te voy a dar la despedida de soltero que te mereces, amor”. Le hincó frente a él, metiéndose la verga de Carlos en la boca. Ella lo masturbaba mientras se la chupaba. Yo me dirigí al frigobar, tomé dos cervezas, abrí una, se la entregué a Carlos. Él me miró, sonrió, tomó la cerveza, le dio un sorbo, mientras disfrutaba la mamada que mi esposa le estaba dando. Yo me quité el short igual. En ese momento me acerqué a Ale, le quité el brasier de bikini, quedándose solo con su tanga. Se puso de pie frente a Carlos, lo empezó a masturbar mientras le quité su tanga que cayó al suelo. Yo estaba detrás de ella, la abracé, le empecé a besar el cuello; con una mano acariciaba sus tetas y con la otra le metía los dedos a su vagina bien caliente. Ella gemía. Era el espectáculo que estaba viendo Carlos desde el sillón. Ella se inclinó hacia él dejándome sus dos piernas abiertas, de pie. Deslicé mi verga en su vagina mojada, la empecé a coger lentamente en lo que ella besaba apasionadamente a Carlos. Aumenté mis embestidas; antes de venirme me detuve. Me salí. “Cógetelo”, le dije al oído. Ella solo asintió y se mordió el labio. Fui a la maleta a lado de la cama, saqué un condón, se lo entregué a Carlos; él lo abrió y se lo puso rápidamente. En ese momento, sin esperar, Ale se sentó sobre su verga, empezó a mover las caderas primero lento para agarrar el ritmo y luego más rápido. Carlos le chupaba las tetas, le apretaba las nalgas y se besaban. Los dos empezaron a gemir y luego Ale a gritar hasta que se pegó a él viniéndose delicioso. Ella estaba exhausta, pero Carlos quería seguir. La puso de pie contra el sillón y de una sola embestida se la metió al fondo. Ale lanzó un grito en ese momento. Carlos empezó a bombear la vagina de mi esposa, mientras le daba unas nalgadas y gemía. Yo disfrutaba el espectáculo sentado en la cama, mientras me acariciaba la verga. No pasó mucho tiempo cuando observé cómo Carlos se venía dentro de mi esposa; los dos gimieron al mismo tiempo. Carlos se desplomó sobre la espalda sudada de mi esposa, la empezó a besar. Unos segundos después sacó su verga, semiflácida, se quitó el condón y la leche chorreó por todo el piso del cuarto. Ale se volteó, le dio un beso en la boca, lo tomó de la mano, se dirigieron a la cama donde yo estaba acostado. Ella se montó sobre mi verga erecta y él se acostó a un lado, acariciándose el pene que a unos minutos ya estaba erecto de nuevo. Ale me empezó a dar sentones mientras yo le tomaba una teta con una mano, Carlos la otra y con su mano libre se masturbaba. Ale tomó la verga de Carlos, lo empezó a masturbar en lo que me cogía. No pasó mucho tiempo para que Carlos se volviera a venir, pero ahora en la mano de mi esposa. Tenía los dedos llenos de su leche; los acercó a su boca, los lamió e inmediatamente me besó. Sentí el sabor del semen de Carlos; nunca había probado leche de otro hombre, pero eso me excitó demasiado. Tomé a Ale de las caderas, la moví muy rápido, hasta que exploté dentro de ella. Saqué una cantidad impresionante de leche, no dejaba de fluir. Ella se acostó sobre mí, me besó el pecho mientras acariciaba la cara de Carlos. Lo miró: “¿Te gustó tu despedida de soltero?”, le preguntó. “Ya no quiero casarme con mi novia, quiero casarme contigo”, le dijo a mi esposa y todos sonreímos. Se desmontó de mí; mi semen chorreó sobre mi pubis. Ale se acostó entre Carlos y yo; los dos nos volteamos hacia ella, la acariciábamos y besábamos. Ella tenía una expresión de felicidad en el rostro. “¿Quieren una cerveza?”, preguntó Carlos. Asentimos los dos. Se puso de pie, desnudo, fue hacia el frigobar, nos dio una cerveza a cada quien. Platicamos un rato en la cama mientras bebíamos. Ya eran casi las 8 de la noche. Nosotros teníamos una reserva en un restaurante en la noche, donde conocimos a un par de ingleses, pero eso es para otra historia. Carlos se vistió, nos despedimos, le dio un beso de lengua largo a mi esposa, se dirigió a su habitación. Ale y yo nos metimos a bañar, pues la fiesta aún continuaba; nos faltaba mucho por descubrir.
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