Capítulo 12: La Isla de los Placeres Infinitos

La planeación de la “luna de miel filmada” fue un torbellino de listas, correos electrónicos y llamadas que duró semanas. La baronesa, fiel a su palabra, había transferido un adelanto sustancial de quinientos mil euros y puesto a nuestra disposición a su asistente personal, una mujer eficiente y discreta llamada Greta. La isla, llamada “Kythira” (como la diosa del amor), estaba ubicada en el Adriático, cerca de la costa croata. Privada, con una villa moderna de estilo minimalista, playas de arena blanca, acantilados escarpados y —crucialmente— infraestructura completa para filmación: equipo de iluminación y sonido de gama alta, cámaras Red de 8K, drones con estabilizadores y un pequeño estudio de edición con servidores. Todo estaba preparado para que nosotros solo tuviéramos que llegar, con nuestro elenco, y crear.

El elenco era un sueño perverso hecho realidad. Henrik había contactado a las gemelas suecas, Linnea y Freja, quienes aceptaron encantadas. Felix, el director, también vendría, no solo para dirigir, sino para participar en algunas escenas. Además, reclutamos a dos modelos masculinos europeos muy solicitados: Marco, un italiano moreno y musculoso con un miembro impresionante de veintidós centímetros, y Sven (el mismo de antes), el nórdico tatuado con el torso cubierto de tinta y una mirada intensa. También se uniría una pareja de performers franceses, Claire y Julien, especialistas en acrobacias sexuales y bondage. En total, seríamos diez personas, más un equipo técnico mínimo proporcionado por la baronesa: Jonas (cámara), Lena (sonido) y un asistente de producción.

El vuelo privado desde Berlín a Split fue otra experiencia de lujo. Un avión privado con asientos de cuero blanco. Champagne Dom Pérignon, canapés de caviar y la excitación palpable en la cabina. Las gemelas, sentadas juntas, cuchicheaban y nos lanzaban miradas coquetas. Marco y Sven charlaban sobre rutinas de entrenamiento, pero sus ojos recorrían nuestros cuerpos con una claridad que no dejaba dudas. Claire y Julien, en un rincón, ya estaban en su mundo, besándose profundamente, sus manos explorándose bajo la manta. En un momento, Julien desabrochó el pantalón de Claire y empezó a acariciarla bajo la ropa interior; ella gemía suavemente, sin importarle quién viera.

—Esto va a ser increíble —susurró mi mamá, apretando mi mano—. Pero también me da un poco de vértigo. Tantos cuerpos, tantas cámaras…

—Confía —dijo Henrik, tomando su otra mano—. Es lo que hacemos, pero elevado a la máxima potencia. Y estamos juntos.

—Increíble y exhaustivo —añadí yo—. Pero no puedo esperar.

Después de la intensidad del castillo, mi cuerpo anhelaba más, pero en un entorno de belleza y libertad, no de oscuridad gótica. Quería sentir el sol en la piel, el agua salada y el placer sin restricciones.

Un yate de veinte metros nos esperaba en Split para llevarnos a la isla. El cap