Daniel abrió los ojos con la sensación de haber dormido profundamente por primera vez en mucho tiempo. La sábana estaba enredada a sus pies y su cuerpo desnudo se sentía ligero, como si el orgasmo de la noche anterior hubiera drenado no solo el semen sino también una parte del peso que cargaba desde hacía días. Se incorporó despacio, estiró los brazos y notó que el miembro, aunque suave, seguía grueso y pesado entre los muslos. Se pasó una mano por la cara, sonrió un poco para sí mismo y se levantó.

Se vistió con movimientos prácticos: ropa interior, pantalones negros, camisa y la sotana de todos los días. En la pequeña cocina improvisada de sus aposentos preparó un desayuno sencillo, igual al que había comido durante años en la abadía: una rebanada gruesa de pan de centeno ligeramente tostado, un trozo de queso fresco, un puñado de aceitunas negras y un café negro y amargo servido en una taza de barro. Comió en silencio, sentado solo en la mesa de madera, escuchando el canto de los pájaros fuera de la ventana. El sabor austero le resultó reconfortante.

Todavía no había terminado el último sorbo de café cuando alguien tocó en la puerta lateral, la que daba directamente a sus aposentos. Daniel frunció el ceño. Era demasiado temprano para la hija del feligrés. Se levantó, acomodó la sotana y abrió.

Del otro lado estaba el padre Mateo.

El mismo hombre que años atrás le había enseñado a servir en el altar, el mismo cuyas “exorcismos” había escuchado desde la sacristía siendo adolescente. Ahora lucía un poco más canoso, pero la misma sonrisa calmada y las mismas manos grandes.

—Hola, Daniel. Perdona que llegue tan temprano. ¿Tienes algún inconveniente si conversamos un rato?

—Ninguno, padre. Pase, por favor.

Lo hizo entrar al pequeño comedor. Le ofreció lo que quedaba del desayuno: más pan, queso, aceitunas y una taza de café recién calentado. Mateo aceptó con un gesto agradecido y se sentó frente a él.

Durante unos minutos hablaron de cosas triviales: la primera misa, el estado de la capilla, los padres de Daniel. Después el tono de Mateo cambió. Dejó la taza sobre la mesa y miró al joven sacerdote con seriedad.

—Daniel… más adelante tendrás servidoras de la fe. Y tendrás que aceptar esos servicios.

Daniel parpadeó, perplejo.

—¿Servidoras de la fe? ¿Qué es eso? ¿Cuáles servicios?

Mateo sonrió con una mezcla de paciencia y algo más oscuro.

—Ay, Daniel… se nota que estás empezando. Una iglesia, una capilla, un centro de fe como el tuyo o el mío… tarde o temprano llegan mujeres agradecidas a apoyar. Algunas por agradecimiento, otras por fe verdadera… y otras porque tienen necesidades que solo encuentran en el credo. Y en quien lo representa.

—¿Pero cómo me ayudarán? ¿Qué es lo que harían? ¿Y cómo se les paga?

—Unas te preparan la comida. Otras cuidan tus vestiduras y las lavan. Otras te hacen compañía cuando el silencio se vuelve demasiado pesado. Muchas organizan eventos religiosos, limpiezas, adornos… pero hay más. Muchas más estarán a tus órdenes. De cuerpo y alma, si así lo necesitas.

Daniel abrió la boca, atónito.

—¿Cómo es eso?

Mateo se inclinó un poco hacia adelante, la voz baja y firme.

—Tienes que crecer, Daniel. El pueblo agradece… y el padre debe aceptar los regalos. Si no lo haces, la comunidad se pone recelosa. Es mejor que tengas a tu gente atendida. Ellos te protegerán y te llenarán de regalos: unos en dinero, otros en especies… y también en almas y en cuerpos. Ya lo he vivido. Tendrás que adaptarte al pueblo que te ha tocado, hermano. Acepta lo que te ofrezcan. Así tu comunidad estará en paz.

Daniel tragó saliva. Las palabras se le atragantaban.

—¿Cómo… cómo sabes todo eso?

—Porque yo también pasé por lo mismo. Y porque este mundo, Daniel, es de los hombres. Y como hombre también tienes que responder.

Hicieron una breve señal de la cruz juntos, agradeciendo el alimento. Después Mateo se levantó, se despidió con el protoco