Daniel se quedó unos minutos más contemplando a María Isabel. Seguía tendida sobre la cama, las piernas entreabiertas, el semen blanco y espeso resbalándole lentamente de la vagina recién abierta y manchándole el muslo interno y las sábanas. Tenía los ojos semi-cerrados, la respiración ya más calmada, y una expresión de absoluta entrega en el rostro. Parecía casi desmayada, perdida en el placer que todavía le recorría el cuerpo.
Él se levantó con cuidado, se limpió a medias con un paño y se vistió en silencio: ropa interior, pantalones negros, camisa y la sotana. El miembro, aunque satisfecho, seguía grueso y sensible bajo la tela. Salió de la habitación y se dirigió a la pequeña cocina de sus aposentos. El hambre le había llegado de golpe, y sabía que a ella también le haría falta recuperar fuerzas después del desgaste físico, mental y emocional.
Estaba untando mermelada de fresa sobre rebanadas gruesas de pan cuando sintió dos brazos suaves rodearle la cintura por detrás. El cuerpo desnudo de María Isabel se pegó a su espalda. El calor de sus pechos contra la sotana y el roce de su monte de Venus todavía húmedo le arrancaron una sonrisa. Se giró despacio.
Ella lo miraba con unos ojos completamente distintos a los de horas antes: ya no había solo nerviosismo o curiosidad. Había amor, pasión y una entrega total. Los labios se le entreabrieron y Daniel no dudó. La tomó por la nuca y la besó con profundidad, con lengua, saboreando todavía el vino en su boca. María Isabel respondió con hambre, gimiendo bajito, apretándose contra él, frotando su coño lleno contra el muslo del sacerdote.
Cuando se separaron, ambos jadeaban un poco.
—Estaba preparando algo de comer —dijo Daniel con voz suave—. El cuerpo y la mente necesitan recuperarse. Llevemos esto al cuarto.
Ella asintió, todavía desnuda, y lo ayudó a cargar los dos vasos de leche y los dos de jugo de naranja. Él llevó los emparedados. Caminaron juntos de regreso a la habitación. En un rincón había una mesita pequeña con dos sillas acolchadas. Dejaron todo allí y se sentaron. María Isabel no se cubrió. Se sentó con las piernas ligeramente abiertas, el semen todavía escapándosele un poco, y empezó a comer con genuina hambre. Mordía el pan con ganas, bebía la leche dejando un bigote blanco sobre el labio superior, y cada tanto miraba a Daniel con esa nueva mirada de devoción y deseo.
Cuando terminaron, él apoyó los codos sobre la mesa y habló con tono sereno, casi de sermón:
—María Isabel… este régimen de amor y de luz solo puede ser obtenido por las mujeres más devotas al Señor. Además, deben tomar voto de silencio sobre todo lo que ocurra en los aposentos del sacerdote. Porque está escrito: «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel». Y también: «Guarda tu corazón y tu lengua, porque de ellos mana la vida». Si rompes el secreto, el amor ya no podrá ser brindado a la creyente. La lealtad es la prueba de la fe verdadera.
Ella lo miró con sinceridad absoluta, todavía con una miga de pan en la comisura de los labios.
—Sí, padre. Guardaré el secreto. Pero… por favor, déjeme también venir a ayudarle. Y que me dé amor en su lecho a veces… porque estoy necesitada de caricias y de afecto.
Daniel sonrió apenas.
—Está bien, María Isabel. Pero desde ahora te digo que la bendición divina es para todos. Habrá más personas necesitadas de guía y de luz. Como dice el Señor: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». El pastor debe llenar a todos los que lleguen con el corazón abierto. ¿Aceptas que el padre ayude a los demás como lo ha hecho contigo?
María Isabel se quedó en silencio un momento. Bajó la mirada hacia su propia entrepierna, donde el semen de Daniel todavía le brillaba entre los labios hinchados y un hilo blanco le resbalaba despacio hacia el asiento. Sonrió con dulzura, casi con orgullo.
—Sí, padre. Al final de cuentas habrá más personas como yo que también sufren de no tener amor en su cuerpo y por dentro.
Daniel asintió, satisfecho.
—Entonces q
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