Escamas y cenizas II: El rehén
Kael Drakkarth llevaba cuatro meses en Piedraluna, y en ese tiempo había aprendido tres cosas sobre los humanos.
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Kael Drakkarth llevaba cuatro meses en Piedraluna, y en ese tiempo había aprendido tres cosas sobre los humanos.
Isavel se miró en el espejo de plata pulida y no reconoció a la mujer que la miraba. El traje de novia era una cascada de encaje blanco y perlas cosidas a mano por las monjas del convento de Santa Vera. Le cubría hasta la garganta, le apretaba las costillas y la hacía parecer un cadáver amortajado.
Un reino medieval asentado entre montañas de pizarra y costas brumosas. Su capital, Piedraluna, es una ciudad-fortaleza de torres de mármol gris y murallas talladas con gárgolas. La corte rige mediante alianzas matrimoniales, juramentos de sangre y el culto a la Llama Eterna
La noche antes del viernes de enero, Diego apareció donde nunca antes se había atrevido a aparecer: en la puerta de la casa de Marta, sin avisar, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo como un chico que no sabe qué hacer con ellas.
La grieta se agrandó despacio, como agrandan las grietas de verdad: sin ruido, hasta que un día ya no se puede caminar sobre ellas.
Al principio fue solo un café. Diego lo dejaba servido en la cocina de servicio, todavía caliente, sin decir nada, como si fuera una casualidad que se repitiera con una precisión sospechosa. Marta se lo bebía de pie, mirando por la ventana, diciéndose que era simple cortesía de un hombre
El aguacero la agarró a media cuadra del edificio, con las bolsas del súper rompiéndose entre los dedos. Marta corrió los últimos metros con el pan bajo el brazo como si fuera un balón, empapada hasta los huesos, maldiciendo en voz baja el paraguas que se había dejado en la cocina de su madre
La víspera de su boda, la mansión era un sepulcro de mármol blanco. Valeria estaba de pie frente al inmenso ventanal de la suite nupcial, envuelta en un camisón de seda que se adhería a su piel como una segunda capa de hielo. Afuera, la luna llena bañaba los jardines impecables.
El invierno había caído sobre la ciudad con una crueldad implacable, helando las calles y congelando los espíritus. Habían pasado seis meses desde la playa de Oaxaca. Seis meses desde que Valeria fue arrastrada de vuelta a su jaula de cristal, donde los barrotes, ahora, eran de un aburrido.
El aire se había vuelto irrespirable. El calor tropical que la noche anterior había sido cómplice de sus caricias más íntimas, ahora se adhería a su piel como una mortaja. Valeria, temblando con una violencia que le nacía de los huesos, sentía el cuerpo de Mateo frente a ella.
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