La noche antes del viernes de enero, Diego apareció donde nunca antes se había atrevido a aparecer: en la puerta de la casa de Marta, sin avisar, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo como un chico que no sabe qué hacer con ellas.
La grieta se agrandó despacio, como agrandan las grietas de verdad: sin ruido, hasta que un día ya no se puede caminar sobre ellas.
Al principio fue solo un café. Diego lo dejaba servido en la cocina de servicio, todavía caliente, sin decir nada, como si fuera una casualidad que se repitiera con una precisión sospechosa. Marta se lo bebía de pie, mirando por la ventana, diciéndose que era simple cortesía de un hombre
El aguacero la agarró a media cuadra del edificio, con las bolsas del súper rompiéndose entre los dedos. Marta corrió los últimos metros con el pan bajo el brazo como si fuera un balón, empapada hasta los huesos, maldiciendo en voz baja el paraguas que se había dejado en la cocina de su madre