Capítulo 3: Ofreciendo a su madre

Les platicaba en el capítulo anterior de cómo fue esa primera noche, cuando por fin los muchachos y su madre se conocieron de una manera diferente. Fue algo bonito, tranquilo, sin apuros. Como cuando abres un regalo que llevas tiempo esperando: lo abres con cuidado, lo disfrutas con calma, no lo quieres romper de la emoción.

Después de esa noche, las cosas en la casa cambiaron, pero no de manera drástica. No nos volvimos unos adictos al sexo que andaban cogiendo todo el día en cada rincón de la casa. Nada de eso. Seguíamos siendo una familia normal en el noventa por ciento del tiempo. Íbamos a trabajar, los muchachos seguían estudiando, Carolina atendía su negocio, yo seguía en la empresa. La vida cotidiana seguía su curso.

Pero ese diez por ciento restante, cuando se daba, era algo que nos llenaba a todos. Y cuando digo nos llenaba, lo digo en todos los sentidos.

Los días siguientes a la primera vez, hubo como un periodo de ajuste. Los muchachos estaban más callados de lo normal, no por incomodidad, sino porque estaban procesando lo que había pasado. Carolina también estaba un poco en sus pensamientos, y yo les di espacio. No quería presionar a nadie, no quería que sintieran que tenían que actuar de cierta manera. Lo que pasó, pasó, y lo que viniera después tenía que salir solo.

Fue como hasta el miércoles cuando Jorge me abordó en el patio, mientras yo regaba las plantas.

—Papá, ¿puedo hablar contigo?

—Claro, hijo. ¿Qué pasa?

—Pues... sobre lo del sábado. La verdad no paro de pensar en eso.

—¿Y cómo te sientes al respecto?

Jorge se quedó mirando el suelo un momento y después levantó la mirada.

—Me siento bien, papá. Muy bien, la verdad. Fue lo más rico que me ha pasado. Pero también me da vuelta en la cabeza que quizá no es normal.

—¿Normal según quién, hijo?

—Pues según... no sé, según la gente. Según lo que nos enseñan.

—Mira, Jorge, voy a ser honesto contigo. Lo que nosotros hacemos no es lo que la mayoría de la gente hace, eso lo sé. Y sé que para muchos estaría mal, sería pecado, sería lo que quieras. Pero también sé que nosotros somos felices, que nadie está siendo obligado, que todos queremos estar aquí. Y a veces, lo que la gente llama "normal" nomás es lo que la mayoría hace, no necesariamente lo que es correcto o lo que te hace feliz.

—¿Tú no te sientes culpable, papá?

—No, hijo. No me siento cu