Capítulo 5: El culo de su madre

Les platicaba en el capítulo anterior de cómo Carolina propuso que la cogieran por el culo también, y de cómo yo les prometí a los muchachos que la próxima vez les ofrecería el culo de su mamá. Pues bien, esa próxima vez llegó, y fue diferente a las anteriores, porque salimos de la casa por primera vez.

Fue idea de Carolina, como la mayoría de las cosas buenas que pasaban en esta familia. Un miércoles, en la cama, me dijo:

—Fer, ¿qué te parece si el sábado vamos a un hotel?

—¿Un hotel? ¿Por qué?

—Pues para variar, para salir de la rutina. A veces siento que en la casa ya estamos muy vistos. Y quiero que esta vez sea diferente, algo más especial.

—¿Y qué tipo de hotel, Caro?

—Pues pensaba en un hotel de paso. De esos que tienen bar y habitaciones. Donde la gente va a... bueno, ya sabes para qué va la gente.

—¿Un hotel de paso? ¿Con los muchachos?

—Sí, Fer, con los muchachos. ¿Qué tiene de malo? Nomás vamos a tomar algo al bar y después subimos a la habitación. Lo que pase adentro es asunto nuestro.

—¿Y no te da pena que nos vean llegar los cuatro juntos?

—Fer, en un hotel de paso la gente no hace preguntas. Ven a una mujer llegar con tres hombres y piensan lo que quieran pensar, pero no dicen nada. Y además... —hizo una pausa y me miró con esa sonrisa pícara—. Me excita la idea de que nos vean. No que nos vean cogiendo, nada de eso. Nomás que nos vean en el bar, con mis hijos manoseándome discretamente, y que la gente se pregunte quién somos, qué relación tenemos. Me calienta esa idea.

—Caro, cada vez eres más caliente.

—¿Y a ti cada vez te gusta más, o no?

—Me gusta, Caro. Me gusta mucho la idea.

—Pues entonces el sábado vamos a un hotel de paso. Y ahí les ofreces el culo de tu esposa a tus hijos. ¿Te late?

—Me late, Caro. Me late mucho.

El sábado, Carolina se preparó con más cuidado que nunca. Se bañó, se perfumó, se arregló el cabello con ondas. Se puso un vestido negro, ajustado, que le marcaba las tetas y las nalgas. Debajo traía un conjunto de encaje rojo, sostén y una tanga preciosa. Unos tacones que le hacían las piernas más largas y las nalgas más paraditas. Se veía espectacular, como una mujer de la noche, pero con clase.

—¿Cómo me veo, Fer? —preguntó, modelando frente a mí.

—Te ves de escándalo, Caro. Tus hijos se van a volver locos. Y la gente del hotel también.

—Pues quiero que todos se vuelvan locos. Pero nomás mis hijos me van a tocar.

—Eso está claro, Caro. Nomás tus hijos y yo.

Los muchachos se arreglaron también. Jorge se puso una guayabera oscura y pantalón de vestir, y Luis algo parecido. Se veían guapos, como dos hombres jóvenes saliendo con una mujer buena. Y en cierta manera, eso era exactamente lo que iban a hacer. Pero nadie sabía que era su propia madre.

Salimos de la casa como a las nueve de la noche. Yo manejaba, Carolina iba en el asiento del copiloto, y los muchachos atrás. En el camino, Carolina se volteó hacia ellos y les dijo:

—¿Listos, hijos?

—Listos, mamá —dijo Jorge.

—Yo también —dijo Luis.

—Pues les adelanto algo: hoy su papá les va a ofrecer algo muy especial. Algo que han estado esperando.

—¿El culo, mamá? —preguntó Luis con una sonrisa.

—El culo, hijo. Hoy se van a coger el culo de su mamá.

—Qué rico, mamá —dijo Jorge, con los ojos brillando.

—Pero primero vamos a ir al bar del hotel, a tomar algo, a relajarnos. Y ahí los quiero bien cariñosos conmigo. Bésenme, tóquenme, háganme sentir deseada. Pero con discreción, sin llamar demasiado la atención. Aunque si alguien nos ve, no me importa. Me excita que nos vean.

—¿Te excita que la gente nos vea contigo, mamá? —preguntó Luis.

—Me excita que la gente se pregunte quién somos, qué hacemos, a dónde vamos. Me excita pensar que imaginen lo que va a pasar cuando subamos a la habitación. Pero nomás lo imaginen, porque lo que pasa adentro es asunto nuestro.

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