Capítulo 6: Los tres al mismo tiempo
Les platicaba en el capítulo anterior de cómo salimos por primera vez de la casa, de cómo fuimos a un hotel de paso donde Carolina y los muchachos se exhibieron en el bar, y de cómo después subimos a la habitación donde les ofrecí el culo de mi mujer por primera vez. Fue una noche de las que te cambian la vida, de las que te dejan marcado para siempre.
Pues bien, después de esa noche en el hotel, las cosas en la casa entraron en una etapa nueva. Ya no había tabúes, ya no había fronteras. Carolina había sido cogida por sus hijos por la panocha, por el culo, por la boca, y de todas las combinaciones posibles. Los muchachos habían aprendido a moverse, a leer el cuerpo de su madre, a saber qué le gustaba y qué no. Y yo había cumplido mi papel de esposo, padre y director de orquesta, guiando todo con calma y con morbidez.
Pero había algo que todavía no habíamos hecho, algo que Carolina había propuesto al final del encuentro anterior: que los tres la cogiéramos al mismo tiempo. Padre e hijos, los tres adentro de ella, llenándola por todos lados.
Eso era lo que iba a pasar el siguiente sábado.
La semana previa fue de una anticipación que se sentía en el aire. Carolina andaba con una energía especial, como una gata en celo, mirándome con ojos hambrientos, rozándome cuando pasaba cerca, susurrándome cosas al oído.
—Fer, ¿estás listo para el sábado? —me preguntó el jueves, acostada a mi lado.
—¿Tú estás lista, Caro?
—Fer, no te imaginas lo que he estado pensando. Tener a mis tres hombres adentro al mismo tiempo. Mi esposo y mis hijos. Los tres llenándome. Es algo que me hace mojar nada más de imaginarlo.
—¿Y cómo lo quieres, Caro?
—Los tres adentro. Uno en la panocha, uno en el culo, uno en la boca. No me importa el orden, nomás quiero sentirlos a los tres al mismo tiempo. Y después quiero que me llenen de leche los tres. Que me dejen completamente bañada en leche por dentro y por fuera.
—Caro, me estás poniendo duro nomás de escucharte.
—Pues imagínate cuando lo estemos haciendo. Voy a estar tan caliente que me voy a venir como nunca.
—¿Y hay algo más que quieras, Caro?
—Sí, Fer. Quiero que tú seas el que nos dirija, como siempre. Que nos digas qué hacer, cómo movernos, quién va dónde. Me calienta que tú manejes todo, que seas el que controla.
—Con gusto, amor. Con gusto.
El sábado, Carolina se preparó con un cuidado especial. Se bañó, se perfumó con esa fragancia que me volvía loco, se arregló el cabello suelto con ondas. Se puso un baby doll transparente, de esos que no esconden nada, color negro, con un calzón de hilo que era más un adorno que una prenda. Se veía como una diosa del sexo, como una mujer hecha para el placer.
—¿Cómo me veo, Fer? —preguntó, parándose frente a mí.
—Te ves como un sueño, Caro. Como algo que no debería ser real pero lo es.
—Pues tus hijos se van a desmayar cuando me vean.
—Y yo también, Caro. Y yo también.
Los muchachos llegaron como a las ocho. Cuando vieron a Carolina con ese baby doll transparente, se
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