Daniel se acercó con calma a Sandra. Ella seguía de pie en medio de la nave, desnuda, el cuerpo todavía marcado por las horas de sexo intenso, el cabello revuelto y una expresión de agotamiento dulce. Él le posó un beso suave en la frente y le habló en voz baja:

—Ya es tarde, Sandra. Casi van a dar más de las siete. Tu esposo ya debe estar preocupado…

En lugar de mostrar inquietud, ella levantó el rostro, lo tomó por la nuca y lo besó en la boca con hambre contenida. Lo abrazó con fuerza, pegando todo su cuerpo desnudo al de él, y le habló al oído con la voz quebrada por la emoción:

—Padre… gracias por todas sus bendiciones y atenciones…

Unas lágrimas de pura felicidad le resbalaron por las mejillas. Lo miró a los ojos, brillantes, y continuó:

—Me siento muy contenta, padre… muy contenta.

Daniel le acarició el cabello y respondió con suavidad, citando:

—«El Señor es mi fuerza y mi escudo; en Él confió mi corazón, y fui ayudado. Por eso se gozó mi corazón, y con mi cántico le alabaré».

La dicha verdadera se siente así. Pero también tienes familia, Sandra. También debes ir con ellos. El pastor seguirá aquí.

Ella lo besó de nuevo, más profundo, más lento, y cuando se separó habló con una mezcla de súplica y determinación:

—Por favor, déjeme servirle. Déjeme atenderle. Quiero hacerle de comer, cuidar de usted… Sé que tengo esposo, pero mi fe y mi amor son hacia usted. ¿Me dejaría servirlo como Dios manda, padre?

La preocupación apareció en su rostro al hacer la pregunta, como si temiera un rechazo.

Daniel la sostuvo por la cintura y respondió con serenidad:

—Aceptaré tus servicios, Sandra. Pero has de saber que el padre es del pueblo y está ligado a toda la comunidad.

Como está escrito: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo».

Todos son importantes. Tendré que llevar a más personas al camino de la luz… como te he llevado a ti, si es necesario. ¿Tienes problema con eso, Sandra?

Ella respondió de inmediato, sin dudar:

—¡No, padre! No tengo ningún problema. Incluso… si es necesario, cuente conmigo para ayudar a las almas en pena que necesiten de su bendición.

Se quedaron abrazados un momento más. Se sonrieron y se besaron con calma, sin prisa, saboreando la nueva complicidad que acababa de sellarse entre ellos.

Después Daniel volvió a hablar, esta vez con auténtica preocupación:

—¿Y qué pasa, Sandra? ¿No regresarás a tu casa? Estoy preocupado por tu familia que te espera…

Ella negó con la cabeza, todavía sonriendo:

—Mi esposo sale a trabajar lejos y no está en casa. Mi hijo de ocho años está con sus abuelos. Así que, padre… soy suya. ¿Me dejará quedarme con usted hoy? Le preparo la cena.

Daniel parpadeó. En ningún momento había imaginado que Sandra tuviera un hijo; su cuerpo cuidaba y su presencia era tan voluptuosa y entregada que la idea de la maternidad no le había cruzado por la mente. Asintió despacio.

—Está bien, Sandra. Haz lo que debes.

«Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres».

La emoción se le dibujó en toda la cara. Se puso de puntillas, lo besó una vez más y dijo con una gran sonrisa de satisfacción:

—Entonces déjeme ver qué encuentro en su despensa, padre. Cocinaré para usted.

—Bueno, hija. Mientras tanto me daré un baño e iré preparando la cama para después de la cena.

—No se preocupe, padre —respondió ella, ya casi cantando de alegría—. Tómese su tiempo. Su servidora hará lo demás.

Se separó de él y partió desnuda hacia la cocina, casi corriendo, las nalgas grandes balanceándose y el cabello ondeando detrás de ella. Se la veía ligera, feliz, completamente entregada a su nuevo papel.

Daniel la siguió con la mirada un segundo y después caminó despacio hacia la regadera. Mientras el agua empezaba a caer sobre su cuerpo, sus pensamientos regresaron a las palabras del padre Mateo y a las de la mujer de ojos rojos en el sueño:

Aceptar los regalos… y dar felicidad a los demás al aceptar lo que ofrecen.

Se quedó bajo el chorro y murmuró para sí mismo, casi como una oración final del día:

—«Gozaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Gozaos!».

El agua caliente le corría por la piel mientras, en la cocina, Sandra —desnuda, marcada y llena todavía de su semen— empezaba a abrir gabinetes y a preparar la cena para su pastor.

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Daniel se estaba secando el cuerpo con la toalla cuando la puerta del baño se abrió. Sandra apareció desnuda, el cabello todavía un poco revuelto y una sonrisa luminosa en el rostro. Se acercó sin dudarlo, le dio un beso rápido pero intenso en los labios y lo tomó de las manos.

—Padre, ya está la cena. La mesa está lista.

Lo jaló suavemente hacia el pequeño comedor. Sobre la mesa había dos platos humeantes de carne de puerco en salsa verde, acompañados de arroz blanco y unas tortillas caliente