Capítulo 6: "El vientre fecundo"
Tres años pasaron desde la boda. Tres años de sexo, amor y familia. Tres años en los que Pilar y yo nos consolidamos como pareja, en los que nuestros padres se volvieron más unidos que nunca, en los que la familia creció en confianza y en deseo. No en número todavía, pero sí en profundidad.
Esos tres años fueron una etapa dorada. Los fines de semana con los seis eran casi sagrados. A veces en casa de Miguel y Laura, a veces en la nuestra, a veces en casa de mis padres. La rutina era más o menos la misma: cervezas, hierba, tequila, plática, risas, y después el sexo. Siempre el sexo. Pero no era una rutina aburrida; era una rutina que se reinventaba porque Pilar, que cada día se volvía más caliente y más creativa, siempre traía algo nuevo.
Una vez nos llevó a un hotel con espejos en el techo. Otra vez compró unos juguetes que nos hicieron pasar una noche entera sin dormir. Otra vez nos propuso hacerlo en la azotea de casa de sus padres, a la luz de la luna, con el riesgo de que los vecinos vieran. Miguel se reía y le decía: "Hija, cada vez te pareces más a tu padre." Y Pilar le respondía: "Gracias, papá. Eso es un cumplido."
El amor entre todos también creció. No era nomás sexo. Era compañía, complicidad, cariño. Mis padres y los suegros se volvieron inseparables. Salían a cenar los cuatro, iban al cine, hacían viajes. Y nosotros con ellos, pero también por nuestra cuenta. Pilar y yo nos volvimos uña y carne. Nos conocíamos con una mirada, con un gesto, con un silencio.
Fue al cumplir los tres años de casados cuando Pilar me planteó lo que ya habíamos platicado antes, pero que ahora sentía como algo que deseaba, como algo que le nacía del cuerpo. Estábamos acostados en nuestra cama, desnudos, después de coger. Pilar me acariciaba el pecho y me dijo: "Jorge, ya quiero tener un hijo." Yo la vi a los ojos y le dije: "¿De verdad?" Pilar asintió. "De verdad. Ya siento que es tiempo. Ya sentí las ganas. Y quiero tener un hijo tuyo, Jorge. Un hijo de nosotros dos."
Yo le acaricié la cara y le dije: " Excelente, yo también quiero, mi amor. Pero hay que planearlo con cuidado, con la familia. Porque si dejas de cuidarte con anticonceptivos y seguimos cogiendo con la familia, no sabríamos de quién es el bebé." Pilar me sonrió. "Claro tonto, ya pensé en eso. Cuando decidamos embarazarme, nomás me la metes tú sin condón en la panocha. Los demás me la pueden meter también, pero con condón. Ah, pero si quieren, me la pueden meter sin condón por el culo. Hasta que quede embarazada." Yo le dije: "¿Y tus papás y los míos qué van a decir?" Pilar se rio. "Pos nada, se tendrán que aguantar hasta que quede embarazada. No se van a morir jajaja."
Al día siguiente, los seis nos juntamos en casa de mis padre
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión