Capítulo 5: "La boda y la luna de miel familiar"

Los preparativos para la boda cayeron como una avalancha. De repente había que escoger iglesia, banquete, invitaciones, música. Pilar y yo queríamos algo discreto, nada ostentoso, porque la verdadera fiesta la haríamos nosotros seis, sin testigos externos. Nuestros padres se repartieron las tareas con una eficiencia que me asombró. Miguel y Laura se encargaron del lugar de la recepción; mis padres del banquete y las flores.

Mi madre vivía en un estado de excitación permanente. Cada vez que iba a buscar flores o a ver manteles, terminaba jalándome a la recámara. "Aprovecha ahora que todavía vives aquí", me decía mientras me bajaba el pantalón. "Cuando te cases, voy a tener que hacer fila para cogerte." Se reía con esa risa suya, medio pícara medio canalla, y me la mamaba con una devoción que me derretía. Mi padre nos veía desde la puerta, cruzado de brazos, asintiendo como quien aprueba un examen. "Déjala que te la mame bien, hijo. Tu madre necesita practicar también." Y mi madre le levantaba el dedo medio sin soltar mi verga, y los dos nos retorcíamos de risa.

Por su lado, Pilar me contaba que Miguel la había vuelto loca esa semana. "Ayer me cogió tres veces. Tres. Me dijo que tenía que aprovechar antes de que fuera una mujer casada, como si fuera a cambiar algo." Se carcajeaba. "Mi mamá se sumó en la segunda ronda y me comió la panocha mientras papá me daba por el culo. Fue una locura." Yo le dije: "Pues mi madre me despierta mamándomela todas las mañanas. Creo que están compitiendo." Pilar me miró con esos ojos travieos y me dijo: "Que sigan compitiendo. Mientras nosotros ganemos."

Una semana antes de la boda, los seis nos reunimos en casa de Miguel y Laura para ultimar detalles. Laura había preparado ceviche y guacamole, Miguel sacó cervezas y su hierba de siempre. Nos sentamos en la sala, medio acostados, medio borrachos, medio fumados. El ambiente era de esos que sólo se dan cuando la confianza es absoluta.

Mi madre, que siempre iba al grano, soltó de pronto: "Oigan, ¿los chamacos ya platicaron lo de los hijos?" Pilar me miró de reojo y yo asentí. "Sí", dije. "Por ahora no queremos hijos. Queremos disfrutar esto que tenemos, nuestra familia, nuestra libertad." Mi madre asintió despacio. "Nosotros hicimos lo mismo. Esperamos tres años antes de tener a Jorge. Fueron de los mejores años de mi vida."

Laura, que estaba acostada con la cabeza en el regazo de mi madre, levantó la vista. "¿Y cuando decidan embarazarse, ¿qué pasará con todo esto?" Hizo un gesto amplio que abarcaba a los seis. Pilar se sentó derecha y se sirvió otro tequila. "Jorge y yo ya lo platicamos. Cuando yo quede embarazada, no vamos a parar nada. Queremos seguir cogiendo con ustedes, seguimos con las fiestas, seguimos con todo, claro, yo sin alcohol y si hierba."

Miguel, que estaba fumándose un toquete en el sillón de enfrente, levantó la cabeza. "¿De verdad, hija?" Pilar le sonrió. "De verdad, papá. Me gusta demasiado el sexo para dejarlo nueve meses. Y además..." bajó la voz como si fuera a confesar un secreto, "me calienta la idea de que me cojan con la panza grande. Con las tetas infladas. Con todo sensible."