Capítulo 3: La hija

Hay dos formas de domar a una mujer joven. La primera es con la fuerza: someterla a golpes de autoridad, quebrarle la voluntad hasta que solo quede el reflejo de la obediencia. Esa forma funciona, pero deja cicatrices que tarde o temprano se infectan. La segunda es con la verdad: hacerle entender, con paciencia y con caricias, que su cuerpo ya eligió, que su panocha ya sabe lo que su cabeza todavía se niega a aceptar. Esa forma es más lenta, pero el resultado es para siempre.

Con Elena usé la segunda. Con Lucía, iba a usar las dos.

La mañana después de la visita de Miguel, la casa amaneció con otro aire. El compadre se había ido de madrugada, como siempre hace, sin despedirse, dejando su olor a tabaco y a rancho en la sala. Samuel dormía como un tronco en su cuarto. Y yo, sentado en mi sillón con el primer café del día, esperaba a que las mujeres despertaran para empezar el trabajo.

Elena salió primero, con el pelo recogido y una bata ligera. Se sentó en mis piernas sin decir nada, apoyando la cabeza en mi hombro, y se quedó así un rato, respirando hondo. "¿Dormiste bien?", le pregunté, pasándole la mano por la espalda. "Dormí como no había dormido en años, Carlos", respondió, con la voz ronca. "Miguel me dejó vacía. Pero vacía de una forma que se siente llena, si me entiendes." La entendía perfectamente. Esa clase de vacío que deja un hombre cuando te ha usado bien es la que más llena a una mujer como Elena.

"¿Y Lucía?", pregunté. "¿Cómo amaneció?"

Elena se incorporó, mirando hacia el pasillo. "Todavía no sale. Pero la oí moverse toda la noche. Y esta madrugada, la oí llorar. No de dolor. De algo que no sabe explicar."

"¿Crees que está lista?", insistí, porque necesitaba medir bien el terreno.

Elena pensó un momento, con la mirada perdida en la ventana. "Su cuerpo está listo, Carlos. Eso te lo aseguro. Pero su cabeza todavía pelea. Ayer la vi mirando a Samuel de una forma que no me gustó. No de deseo: de comparación. Se está midiendo conmigo, tratando de entender si ella podría hacer lo que yo hago. Y esa duda la está carcomiendo."

"Es el momento, entonces", dije, tomándole la barbilla. "Hoy empiezas a trabajar con ella. De verdad. Sin rodeos. Necesito que la convenzas, Elena. Necesito que le enseñes que esto no es una humillación, sino un honor. Que ser la mujer de esta casa, de estos hombres, es el mejor destino que puede tener."

Elena asintió, con los ojos brillantes. "Lo haré. Pero quiero que me dejes hacerlo a mi manera, Carlos. Yo conozco a mi hija. Sé cómo llegarle. Si la presiono demasiado, se va a asustar y va a cerrarse como una ostra. Pero si la voy llevando despacio, con caricias, con verdades dichas en el momento jus