Capítulo 1: La casa y sus reglas

Mi padre era lo que hoy en día se considera un “macho”, y sobre todo en el tema del sexo.

Decía. Una casa se gobierna desde la cama. Eso lo aprendí de mi padre, y él lo aprendió del suyo. No me refiero a política ni a cuentas bancarias: me refiero a lo que pasa cuando las puertas se cierran y la luz se apaga. Ahí es donde una mujer decide si va a ser tu compañera o tu hembra. Y yo, desde el día en que traje a Elena a esta casa, tuve muy claro cuál de las dos cosas iba a ser.

No fue difícil. Esa es la verdad que casi ningún hombre acepta: las mujeres como Elena no nacen sumisas, se vuelven sumisas cuando encuentran al hombre correcto. Y ella llevaba toda la vida buscándome sin saberlo.

La conocí en un bar del centro, hace ya cinco años. Estaba divorciada, con una hija de dieciocho años a cuestas, trabajando de mesera en un lugar donde los clientes le manoseaban el culo por una propina de veinte pesos. Cuando la vi por primera vez, con ese vestido negro ajustado y el pelo recogido, supe que era una mujer que necesitaba que alguien la sacara de ahí. No por lástima. Porque esa clase de mujer, cuando encuentra un hombre que la domina, se convierte en algo que ni ella misma se imagina.

Me acerqué, le pedí una cerveza, y mientras me la servía le dije: "Elena, ¿verdad?". Asintió, sorprendida. "Me llamo Carlos. Y tengo una propuesta para ti. No me respondas ahora. Piénsalo esta noche. Mañana te espero en el mismo lugar, a la misma hora."

Le dije que venía a buscarla para llevármela a mi casa, que yo no quería una esposa que trabajara de mesera, que yo quería una mujer que me sirviera sólo a mí y que me obedeciera, que me recibiera descalza y con la cena lista, que se arrodillara cuando yo entrara por la puerta. Se rio, claro. Pensó que era un viejo verde con delirios de grandeza. Pero al día siguiente volvió. Y a la semana estaba viviendo conmigo, con su hija Lucía, en esta casa que hoy es un templo de orden y lujuria.

Elena no era virgen en esto. Había tenido hombres, claro, pero ninguno que le hubiera enseñado nada. Su primer marido, el padre de Lucía, era de esos que se suben encima, hacen su cosa en cinco minutos y se dan la vuelta a roncar. Ella pensaba que el sexo era eso: una obligación que las mujeres soportan a cambio de que las mantengan. No sabía que podía ser otra cosa. No sabía que podía dolerle rico, que podía hacerla llorar de placer, que podía quedar temblando en el suelo con la panocha llena y agradeciendo.

Las primeras semanas fueron de enseñanza. Yo no le pedí que hiciera nada que ella no quisiera, pero sí le dejé claro cómo iban a ser las cosas. En esta casa se camina descalza (esto porque soy adorador de los pies bien cuidados). En esta casa las tetas se muestran cuando yo lo ordeno. En esta casa no se dice "no" sin pensarlo dos veces, porque un "no" dicho sin convicción es un "sí" que no ha encontrado la forma de expresarse.

Le enseñé a arrodillarse. Le enseñé a recibir mi verga en la boca como quien recibe una hostia: con devoción. Le enseñé que sus pies, esas pantorrillas torneadas y esos dedos pintados de rojo, existían para que yo los besara, los lamiera, me los pusiera en la cara mientras me la cogía. Ella al principio se reía, nerviosa. "¿Mis pies, Carlos? ¿En serio te gustan mis pies?" Y yo le respondí cogiendo uno de ellos y llevándolo a mi boca, chupando cada dedo, uno por uno, mirándola a los ojos. "Esto es lo que quiero, Elena. Todo de ti. Hasta lo que tú crees que no vale nada."

A los tres meses ya no se reía. A los seis, se arrodillaba sola cuando yo entraba a la casa. Al año, me pedía por favor que la usara.

El fetiche de sus pies se volvió una obsesión. Me gusta verla caminar descalza por la sala, con ese andar de hembra que no sabe que la estoy mirando. Me gusta sentarme en mi sillón, con un whisky en la mano, y ordenarle que se siente en el suelo con los pies hacia mí. Ahí me quedo un buen rato, acariciando sus tobillos, sus empeines, mientras ella se va humedeciendo, esperando. Sé que le moja la panocha cuando juego con sus pies porque después, cuando le ordeno que se levante el vestido, la encuentro lista, chorreando.

Con el tiempo le fui metiendo otras cosas. Los dildos. Las órdenes de masturbarse frente a mí mientras yo la miraba sin tocarla. Las sesiones en las que la hacía aguantar el orgasmo hasta que yo se lo permitiera, hasta que ella llorara pidiendo permiso. Todo eso la fue moldeando, convirtiéndola en la mujer que es hoy: una hembra de cuarenta y seis años, con un cuerpo que sigue siendo un monumento, con unas tetas que cuelgan apenas lo suficiente para ser perfectas, con un culo redondo que rebota cuando la cojo por detrás. Y sobre todo, con una sumisión que le brillaba en los ojos cada vez que yo le ordenaba algo.

La casa es grande. Tres recámaras, un patio con árboles frutales, una sala amplia con muebles de piel. Cuando llegó Elena, ya tenía mis reglas puestas. Cuando llegó Lucía, tuve que adaptarlas. Esa muchacha llegó con sus dieciocho años, sus jeans apretados y su cara de niña que se creía adulta. Los primeros meses no me hizo caso. Me miraba con desconfianza, como si yo fuera el ogro que le había robado a su madre. Y en cierto modo, tenía razón.

Pero yo no soy hombre de apurar las cosas. Los frutos maduran cuando tienen que madurar.

Lucía era distinta a Elena. La madre necesitó que le enseñaran a ser sumisa; la hija ya lo llevaba en la sangre, solo que no lo sabía. Se notaba en la forma en que se mordía los labios cuando yo hablaba. Se notaba en cómo se ruborizaba cuando yo entraba a la cocina y ella estaba en short, con esas piernas jóvenes y esa piel tersa. Se notaba en que, cuando su madre se arrodillaba para recibirme, ella desviaba la mirada, pero no se iba. Se quedaba, mirando de reojo, con las manos apretadas entre los muslos.

Aunque era mayor de edad, nunca le toqué un pelo en esos años. No era el momento. Pero sí fui preparando el terreno.

Elena y yo hablábamos de ella en la cama, después de coger. Ahí es donde se dicen las verdades, cuando el cuerpo está satisfecho y la mente se afloja. "Tu hija te mira", le dije una noche, mientras le pasaba la mano por el pelo sudado. "Te mira a ti, más bien", respondió Elena, con una sonrisa. "Te mira como yo miraba a los hombres cuando tenía su edad. Como si quisiera saber qué se siente."

"¿Y qué se siente?", le pregunté.

Elena se rio, bajito, y se giró para besarme la mano. "Se siente como si te estuvieran partiendo en dos, Carlos. Pero de una forma que no quieres que pare."

Esa conversación se repitió varias veces, con distintos matices. Elena no era celosa; era cómplice. Poco a poco, sin que Lucía lo notara, su madre fue sembrando en ella la idea de que esta casa no era una cárcel, sino una escuela. Que yo no era un ogro, sino un hombre que sabía lo que las mujeres necesitan. Que ser sumisa no era ser débil: era entregarse a algo más grande que uno misma.

"Cuando yo tenía tu edad", le contaba Elena, en la cocina, mientras Lucía pelaba verduras, "creía que el sexo era una cosa fea que había que aguantar. Tu papá me hacía eso, ya sabes, lo de siempre, y yo me quedaba mirando el techo. No fue hasta que conocí a Carlos que entendí que podía ser otra cosa. Que podía entregarme completa, sin miedo. Que podía llorar de placer y no sentir vergüenza."

Lucía escuchaba. No respondía, pero escuchaba. Y yo, que soy hombre de mirar sin que me vean, notaba cómo se le aceleraba la respiración cuando su madre hablaba de esas cosas. Cómo se le ponían los pezones duros bajo la blusa, marcándose a través de la tela. Cómo se le humedecían los ojos, como si estuviera a punto de llorar, pero no de tristeza.

Tenía veintidós años cuando empezó esta historia. Ya no era una niña, pero tampoco era una mujer. Era un campo listo para ser sembrado.

Samuel llegó un viernes por la tarde, sin avisar, como es su costumbre. Mi hijo. Veinticuatro años, el mismo porte que yo, la misma mirada. Cuando abrió la puerta y lo vi parado ahí, con su mochila al hombro y esa sonrisa de quien sabe que está en su casa, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: ganas de empezar.

"Papá", dijo, y me dio un abrazo fuerte.

"Samuel", respondí, palmeándole la espalda. "¿Hambre?"

"De todo, papá. De todo."

Elena salió de la cocina al oír el escándalo. Venía descalza, como es la regla, con un vestido ligero que dejaba ver la curva de sus tetas. Cuando vio a Samuel, sonrió y se acercó a darle un beso en la mejilla. "Mira nada más, el niño se hizo hombre", dijo, midiéndolo con la mirada de arriba abajo. Yo vi cómo los ojos de Samuel se le fueron a las tetas, y cómo Elena lo notó, y cómo no se ofendió. Al contrario: se irguió un poco, sacando pecho, como una hembra que sabe que está siendo examinada.

"No soy ningún niño, Elena", respondió Samuel, con una sonrisa que yo conocía bien. Era mi sonrisa.

Lucía llegó después, saliendo de su cuarto con unos audífonos puestos. Cuando vio a Samuel, se los quitó y lo saludó con un gesto tímido. "Hola, Samuel". "Hola, hermanita", respondió él, mirándola con esos ojos que ya estaban calculando, desnudando, planeando. Ella no lo notó. O lo notó y no quiso admitirlo, que es casi lo mismo.

Esa noche comimos todos juntos, como una familia normal. Pero no éramos una familia normal, y todos lo sabíamos menos Lucía.

Después de la cena, cuando las mujeres se fueron a lavar los trastes, Samuel y yo salimos al patio. Nos sentamos en las sillas de hierro, con un par de cervezas y un paquete de cigarros. El aire estaba fresco, la noche despejada, y se oía el ruido lejano de los perros del vecindario. Perfecto para hablar de lo que había que hablar.

Samuel encendió un cigarro, dio una calada larga y me miró. "Está buena la vieja, papá."

No era una pregunta. Era una constatación.

"Se llama Elena", le dije, pero sin corregirlo de verdad. "Y sí, está buena."

"¿Y ella sabe que está buena? Quiero decir... ¿tú se lo haces saber?"

Me reí, bajito, y di un sorbo a mi cerveza. "Elena sabe exactamente lo que es, Samuel. Es una mujer que ha aprendido a vivir para servir. Descalza por la casa, con las tetas listas para cuando se las pida, con la boca abierta cuando yo entro por la puerta. No hay nada que ella no sepa de sí misma."

Samuel silbó, impresionado. "Me la imaginaba sumisa, pero no tanto."

"Es más que sumisa. Es obediente. Y hay una diferencia. La mujer sumisa aguanta porque le toca. La mujer obediente agradece porque le gusta."

Se quedó pensando, mirando el humo del cigarro perderse en la noche. "¿Y Lucía? La vi toda tímida. ¿Qué hay con ella?"

Ahí estaba la conversación que yo había estado esperando tener. No me apresuré. Di otra calada, dejé que el humo me llenara los pulmones, y luego le dije, con calma:

"Lucía es el proyecto, Samuel. Tiene veintidós años, un cuerpo que no sabe lo que tiene, y una madre que ya está trabajando para ablandarla. Yo he esperado todo este tiempo porque quería hacer las cosas bien. No quería asustarla. Quería que llegara sola, con las piernas abiertas, pidiendo que le enseñen."

"¿Y ya está lista?"

"Casi. Le falta un empujón. Le falta ver, con sus propios ojos, lo que es una mujer cuando se entrega de verdad. Necesita ver a su madre en el suelo, llena de leche, agradeciendo. Y necesita entender que eso no es una humillación, sino un honor."

Samuel apagó el cigarro en el borde de la silla y me miró con esos ojos que son míos. "¿Y para qué me llamaste, papá? ¿Para que sea el empujón?"

Sonreí. Me gusta cuando mi hijo demuestra que es mi hijo.

"Te llamé porque esta casa está lista para crecer. Elena necesita más de un hombre. Yo la domino, sí, pero hay algo en la mujer que se enciende cuando es compartida. Cuando dos hombres la toman, la usan, la llenan, ella descubre que su cuerpo tiene más usos de los que imaginaba. Y yo quiero que seas tú, mi sangre, el que esté conmigo cuando eso pase."

"No es que yo no pueda sola con ella", agregué, por si acaso. "Es que quiero que sea más que eso. Quiero que Elena sepa que pertenece a esta casa, a los hombres de esta casa. Y después, cuando Lucía esté lista, quiero que también ella aprenda esa lección. Tu hermanastra va a ser la joya de esta familia, Samuel. Pero primero hay que pulirla."

Samuel se quedó en silencio un momento. Luego asintió, lentamente, y vi cómo se le formaba esa sonrisa que yo le había visto desde niño cuando iba a cazar conmigo: la sonrisa de quien está a punto de cobrar una pieza grande.

"Está bien, papá. Cuenta conmigo. ¿Y la vieja... digo, Elena... ella qué dice? ¿Está de acuerdo?"

"Ella no solo está de acuerdo. Ella lo desea. Hace meses que me lo pide, con indirectas primero, y después directamente. 'Carlos, ¿cuándo vamos a compartir la casa con tu hijo?', me dice, mientras me lame los huevos. '¿Cuándo voy a tener dos hombres encima de mí?'"

"Esas son palabras mayores", dijo Samuel, y se relamió.

"Las mujeres como Elena no se conforman con migajas, hijo. Necesitan que las llenen. Y tú y yo vamos a encargarnos de eso."

Dos días después, la noche del domingo, llegó el momento.

Habíamos estado tomando toda la tarde. Yo, Samuel y Elena, en la sala, con una botella de ron y música de los viejos. Lucía se había encerrado en su cuarto, pero sabía que estaba despierta, que estaba escuchando. Las paredes de esta casa son delgadas y yo las mandé hacer así a propósito. Me gusta que se oiga lo que pasa en la sala. Me gusta que las mujeres sepan lo que les espera.

Elena se sentó en el brazo del sillón donde yo estaba, con su vestido corto, las piernas cruzadas. El ron le había puesto las mejillas rosadas y los ojos brillantes. Samuel estaba en el sofá de enfrente, con la botella en la mano, mirándola sin disimulo.

"Elena", le dije, pasándole la mano por el muslo. "¿Sabes por qué está Samuel aquí?"

Ella me miró, y yo vi en sus ojos que lo sabía. Que lo había sabido desde el día en que le conté mis planes, desde mucho antes de que Samuel pusiera un pie en esta casa.

"Porque tú lo quisiste, Carlos", respondió, con voz baja.

"Y tú, ¿lo quieres?"

No respondió con palabras. Se levantó, me miró, y luego miró a Samuel. Y en un gesto que yo ya conocía, pero que nunca deja de excitarme, se arrodilló en el suelo, frente a los dos, y se quedó así, esperando.

"Desnúdate", le ordené. "Lentamente. Que Samuel vea lo que se va a coger."

Elena se desabrochó el vestido con calma, como si estuviera haciendo un ritual. Dejó caer la tela al suelo, y quedó en ropa interior: un sostén negro que apenas contenía sus tetas, y un calzón diminuto que no ocultaba nada. Samuel se movió en el sofá, incómodo, con la verga ya marcándosele en el pantalón. Yo sonreí. Me gusta ver a mi hijo excitado. Me gusta saber que la sangre corre igual en los dos.

"Quítate todo", dije. "Y ven, siéntate aquí."

Ella obedeció. Se quitó el sostén y el calzón, quedando completamente desnuda frente a nosotros. Sus tetas, esas tetas maduras de cuarenta y ocho años, cayeron libres, pesadas, con los pezones oscuros y erectos. Su panocha, afeitada casi por completo, brillaba, húmeda. Se acercó a mí y se sentó en el suelo, entre mis piernas, apoyando la cabeza en mi rodilla. Como una perra esperando una caricia.

"Samuel", le dije. "Ven. Acércate."

Mi hijo se levantó y se acercó. Se paró frente a nosotros, con las manos en los bolsillos, mirando a Elena de arriba abajo. Podía ver el hambre en sus ojos. Esa hambre que yo también tenía cuando tenía veinticuatro años y el mundo era una mujer abierta esperándome.

"Elena", dije, tomándola de la barbilla y levantándole la cara. "Este es mi hijo. Samuel. Sangre de mi sangre. ¿Sabes lo que va a pasar esta noche?"

"¿Qué va a pasar?", susurró ella, con la voz temblorosa.

"Va a pasar que vas a tener dos hombres. Dos vergas. Dos pares de huevos que te van a restregar en la cara. Y vas a agradecerlo. ¿Entiendes?"

"Sí, Carlos. Entiendo."

"¿Y qué se dice?"

"Gracias... gracias por compartirme."

Samuel sonrió, y yo también. La lección había empezado.

Lo primero que le ordené fue que se pusiera de rodillas frente a Samuel. "Desabotónale el pantalón", le dije. "Y sácalo con la boca."

Elena obedeció. Se acercó a mi hijo, le desabotonó el pantalón con manos temblorosas, y bajó el cierre. El bulto de Samuel era imponente, marcado en el boxer. Elena lo miró, tragó saliva, y luego, con una lentitud que me encendió, bajó el boxer con los dientes. La verga de mi hijo saltó libre, dura, gruesa, con las venas marcadas. Más grande que la mía, cosa que no me ofende. Al contrario: me gusta que mi hijo tenga una verga que haga justicia a esta familia.

"Métela en la boca", ordené.

Elena lo hizo. Abrió la boca, tomó la cabeza de la verga de Samuel y empezó a chupar, lenta, con la lengua dando vueltas alrededor del glande. Samuel dejó escapar un gruñido, echando la cabeza hacia atrás. "Mierda, papá... está deliciosa."

"Más", dije. "No la chupes como si fuera un helado, Elena. Chúpala como si fuera tu obligación. Como si tu vida dependiera de sacarle la leche a este hombre."

Elena entendió. Tomó la verga entera, hasta el fondo, y empezó a mover la cabeza con un ritmo que yo conocía bien. El ritmo de la sumisión. El ritmo de la mujer que ya no piensa, solo obedece. Samuel le puso las manos en la cabeza, guiándola, y ella no resistió. Al contrario: aceleró, con las mejillas hundidas, con los ojos llorosos, con la boca llena.

"Ahora los huevos", le dije, cuando vi que Samuel estaba a punto de venirse. "Suéltale la verga y lámale los huevos. Los dos. Uno por uno. Con calma."

Elena obedeció. Sacó la verga de la boca, con un hilo de saliva que le colgaba de los labios, y bajó la cara. Le lamió los huevos a mi hijo, primero uno, después el otro, con la lengua plana, con cuidado, como si estuviera lamiendo un manjar. Samuel la miraba desde arriba, con los ojos encendidos, y yo lo miraba a él, y sentía que estábamos haciendo exactamente lo que debíamos hacer.

"Ahora", dije, levantándome de mi sillón. "Elena, ponte en cuatro, aquí, en la alfombra. Que Samuel te coja por detrás. Y mientras él te coge, tú me chupas a mí."

Esa es una de mis posiciones favoritas. La mujer en medio de dos hombres, la panocha abierta para uno, la boca abierta para otro. Esa es la posición que define a una hembra: la que sirve, la que recibe, la que agradece.

Elena se puso en cuatro. Levantó el culo, ese culo redondo y maduro que yo había poseído tantas veces, y lo ofreció. Samuel se colocó detrás, tomó su verga en la mano, y la frotó contra la panocha de Elena, mojándola, burlándose. Ella gimió, empujando el culo hacia atrás, buscándolo.

"Métela", dije. "Toda. Hasta el fondo."

Samuel la penetró de una sola embestida. Elena soltó un gemido profundo, de esos que salen del vientre, y yo me la acerqué, poniéndome la verga frente a su cara. "Abre la boca", le dije. "Y no la cierres hasta que yo me venga."

Así pasó un buen rato. Samuel cogiéndola por detrás, con un ritmo que empezó lento y fue subiendo, mientras yo me dejaba chupar la verga por esa boca que ya estaba entrenada, que ya sabía exactamente qué hacer. Elena estaba en su gloria: con la panocha llena de un lado y la boca llena del otro, con los ojos cerrados, con el cuerpo temblando.

Me vine primero yo. Le llené la boca de leche, y ella se la tragó toda, sin derramar una gota, mirándome con esos ojos de perra agradecida. Después fue Samuel, que se vino dentro, con un gruñido animal, enterrado hasta el fondo, vaciándose en la panocha de mi mujer.

Cuando terminó, la dejó caer al suelo, y ella quedó ahí, boca arriba, con la respiración agitada, con la panocha chorreando leche, con las tetas subiendo y bajando. Samuel se arrodilló junto a ella y le restregó la verga todavía húmeda por la cara, por las mejillas, por la frente. "Agradece", le dijo. "Agradece como se debe."

"Gracias... gracias, Samuel... gracias, Carlos... gracias por usarme..."

Yo me acerqué y le puse la mano en la cabeza, acariciándole el pelo sudado. "Esa es mi hembra", le dije. "Esa es la mujer que gobierna esta casa. No por mandar, sino por servir."

Lo que no sabía, o más bien lo que sabía y me complacía, es que Lucía estaba despierta.

La había oído moverse en su cuarto, había oído el crujido de su cama, el silencio tenso detrás de la puerta. Y cuando terminamos, cuando Elena quedó dormida en la alfombra con la cara marcada por la leche de mi hijo, yo me levanté, me puse el pantalón, y caminé descalzo hasta el cuarto de Lucía.

La puerta estaba entreabierta. Un centímetro. Lo suficiente para que ella hubiera visto, desde la penumbra, lo que pasaba en la sala. Me asomé sin hacer ruido. Lucía estaba en su cama, con las sábanas hasta la cintura, la respiración agitada. Tenía la mano entre las piernas, moviéndose con desesperación, y los ojos cerrados, y la boca entreabierta, dejando escapar unos gemidos que ella creía que nadie oía.

No dije nada. No entré. Me quedé un momento, mirándola, sintiendo cómo la sangre me hervía. Luego cerré la puerta, con cuidado, y regresé a la sala.

Samuel me esperaba, sentado en el sillón, con un cigarro en la mano. Me miró y sonrió.

"¿Y bien, papá?"

"El fruto está madurando", respondí, tomando mi propio cigarro. "La semilla ya cayó. Ahora solo falta que germine."

"¿Cuánto tiempo crees que falta?"

"Menos del que piensas, hijo. Mucho menos. La sangre joven no aguanta. Cuando una muchacha descubre que le gusta ver, muy pronto quiere ser vista. Y después, quiere ser tocada. Y después, quiere ser penetrada."

"¿Y la vamos a coger?", preguntó Samuel, con la voz ronca.

"La vamos a coger, sí. Pero primero hay que prepararla. Y para eso, ya tengo un plan. Un plan que se llama Miguel."

Samuel arqueó una ceja. "¿El compadre?"

"El compadre", confirmé. "El hombre más bestia que conozco. El que no tiene paciencia, ni modales, ni miedo. El que toma lo que se le da y lo agradece cogiéndose a la mujer hasta dejarla sin aire. Elena va a ser la ofrenda. Y después, cuando Lucía esté lista, la vamos a ofrecer a ella también."

Samuel apagó el cigarro en el cenicero y me miró, con esa mirada que yo conozco porque es mía. "Me gusta cómo piensas, papá."

"Es la única forma de pensar, hijo. Con la cabeza fría y la verga dura. Así se gobierna una casa. Así se doma a una mujer. Así se construye una familia."

Nos quedamos un rato en silencio, fumando, mirando a Elena dormida en el suelo, desnuda, con la panocha todavía abierta y la leche secándose en el muslo. Después me levanté, la tomé en brazos y la llevé a la recámara. La acosté en la cama, la arropé, y me quedé mirándola un momento.

No es perversión. Es amor. El amor de un hombre por su hembra, que la cuida después de usarla. Que la respeta después de humillarla. Que la gobierna porque ella necesita ser gobernada.

Esa es la regla de esta casa. Y como toda regla, se cumple.

Cuando volví a la sala, Samuel ya se había ido a su cuarto. Me senté en mi sillón, me serví otro trago de ron, y me quedé pensando en Lucía. En su mano entre las piernas. En sus gemidos. En la forma en que su cuerpo ya estaba pidiendo lo que su cabeza todavía no entendía.

Mañana hablaría con Elena. Mañana empezaríamos a trabajar a la hija con más fuerza. Y en unos días, llamaría a Miguel.

La casa estaba lista para crecer.

--------------------------- Continua en capítulo 2 --------------------------------