Capítulo 2: El compadre

Miguel llegó un jueves, cuando el sol empezaba a caer y el calor de la tarde se iba con la brisa. Lo anunció con el claxon de la camioneta, dos toques largos y uno corto, como siempre. Ese hombre no sabe llamar a una puerta: todo lo anuncia con ruido, con risas, con la presencia de un animal que no cabe en ningún lugar donde lo metan.

Salí a recibirlo con una cerveza en la mano, parado en el umbral de la casa, viéndolo bajar de la camioneta con esa panza que se le está formando, con la camisa a medio abrir mostrando el pelo del pecho, con las botas llenas de polvo del rancho. Me abrazó fuerte, con esa forma suya de abrazar que parece que te va a quebrar las costillas. Huele a tierra, a tabaco y a hombre. Siempre he dicho que Miguel huele a lo que es: un macho criado entre animales, que aprendió a domar yeguas antes que a besar mujeres.

"Compadre, carajo. Ya Hacía falta verte por estos rumbos."

"Ya ves, compadre. El rancho no se cuida solo, pero un hombre también necesita aire."

Se quedó parado en el patio, mirando la casa con esos ojos de halcón que no se les escapa nada. Después soltó la risa esa que le conozco, la que se le escapa cuando algo le gusta. "¿Y las mujeres? ¿Cómo están esas hembras que me presumías por teléfono?"

"Dentro. Espérate a verlas. Una es mía, y la otra es la joya que te tengo guardada."

Miguel arqueó una ceja y soltó otra carcajada. "Me gusta cómo hablas, compadre. Me gusta un hombre que sabe lo que tiene y lo que ofrece."

Entramos a la casa. Elena estaba en la cocina, preparando la cena, descalza y con un vestido de esos que yo le ordeno usar cuando hay visita: escotado, corto, que deja ver el nacimiento de las tetas cuando se inclina. Cuando Miguel la vio, se detuvo en seco, como un perro que huele una presa. Se quedó parado en medio de la sala, con los brazos cruzados, mirándola de arriba abajo sin disimulo, como quien examina una pieza de ganado antes de comprarla.

"Compadre, no me dijiste que era así de hermosa."

"Es más que hermosa", dije, sentándome en mi sillón. "Es además obediente. Que es mucho mejor."

Elena salió de la cocina, se secó las manos en el mandil y se acercó a saludar. Miguel le tomó la mano, se la besó, y luego la soltó y le pellizcó la nalga con una confianza que a cualquier otra mujer la hubiera ofendido. Elena no se ofendió. Se sonrojó, bajó la mirada, y vi cómo se le humedecían los ojos. No de miedo. De anticipación.

"Mucho gusto, Elena", dijo Miguel, con esa voz grave que parece que sale del vientre. "Tu marido me ha hablado mucho de ti."

"Espero que todo sea bueno", respondió ella, con voz tímida.

"Todo es bueno. Y lo que falta, pronto lo vamos a comprobar."

Samuel llegó después, saliendo de su cuarto con el pelo mojado, en camiseta y pantalón de mezclilla. Los dos hombres se saludaron con un apretón de manos y ese choque de pechos que usan los machos para medirse sin decirlo. Miguel lo miró de arriba abajo y asintió, aprobando.

"Este es el hijo, ¿no? Se parece a ti, compadre. Tiene la misma cara de cabrón."

"De cabrón y de hombre", respondí. "Ya verás."

Miguel se rio y le dio una palmada en el hombro a Samuel. "Me cae bien, compadre. Se ve que es de buena sangre. De sangre de su padre, que es lo que importa. Ahora, ¿dónde está la otra? La que me dijiste que era la joya."

"Lucía", llamé, alzando la voz hacia el pasillo. "Ven a saludar."

La puerta de su cuarto se abrió y salió Lucía, con unos jeans ajustados y una blusa holgada que no lograba ocultar la curva de sus tetas. Se acercó con pasos tímidos, con la mirada baja, y cuando levantó la cara para ver a Miguel, vi cómo se le detenía el aire. Ese hombre imponía, con su tamaño, con su presencia. Y la muchacha, que nunca había estado cerca de un hombre así, se quedó prendada, como un pájaro frente a una serpiente.

"Hola", dijo, con voz apenas audible.

"Mucho gusto, Lucía", respondió Miguel, tomándole la mano. "Tu padrastro me ha hablado maravillas de ti. Dice que eres la joya de la casa."

Lucía miró hacia mí, con una expresión que no supe descifrar: sorpresa, curiosidad, algo más. "¿Eso dijo?"

"Eso dije", confirmé. "Y no me gusta hablar de más."

Miguel le sostuvo la mano un segundo más de lo necesario. Después la soltó y se volteó hacia la sala, frotándose las manos. "Bueno bueno, ¿y qué se cena en esta casa? Con este viaje se me abrió el apetito. Y no solo de comida, compadre."

La cena fue larga, con carne asada, cervezas y una botella de tequila que Miguel trajo del rancho. La música sonaba bajito en la sala, algo de banda, de esas canciones que hablan de mujeres infieles y hombres que se las roban. Lucía se sentó a la mesa con nosotros, pero apenas hablaba. Comía despacio, mirando a Miguel con una mezcla de curiosidad y recelo. Yo la observaba, y veía cómo sus ojos se iban al cuerpo de ese hombre: a sus brazos gruesos, a sus manos enormes, a esa forma de partir la carne con el cuchillo como si estuviera partiendo a una mujer.

"¿Y tú, muchacha?", le preguntó Miguel, llenándole el vaso de tequila sin pedir permiso. "¿No tomas?"

"Yo... casi no tomo."

"Pues hoy tomas. Un hombre te ofrece un trago, y una mujer decente lo acepta. Así se enseña la educación en el rancho."

Lucía miró a su madre, buscando aprobación. Elena asintió, con una sonrisa. "Tómalo, hija. No te va a morder."

"No sé", dijo Miguel, con una risa baja. "No lo asegures, Elena. Puedo morder si me piden."

Lucía tomó el vaso y bebió un sorbo, haciendo una mueca por el ardor del tequila. Todos nos reímos. Y yo vi cómo esa primera copa le encendía las mejillas, cómo empezaba a soltarse, a reír con más facilidad, a mirar a Miguel sin tanta defensa. El tequila hace eso con las mujeres: les quita los frenos que ni ellas saben que tienen.

La segunda copa la tomó sin que se la ofrecieran. La tercera, ella misma se la sirvió. Cuando la cena terminó, Lucía ya reía con más soltura, y sus ojos brillaban de una manera que yo conocía bien. Esa manera que tienen las hembras cuando su cuerpo empieza a pedir lo que su cabeza todavía se niega a aceptar.

Pasamos a la sala. Yo me senté en mi sillón, Samuel en el sofá, Miguel en la butaca. Elena sirvió café, pero Miguel pidió algo más fuerte. "Tráeme otro tequila, mujer. Y si tienes hierba, mejor."

Elena me miró. Yo asentí. Ella fue a mi cuarto y volvió con una bolsita de marihuana y papel para liar. Miguel lió un cigarro con una destreza que delataba años de práctica, lo encendió, dio una calada larga y me lo pasó. El humo dulzón llenó la sala, y con él, las defensas empezaron a caerse, una a una.

"¿Y tú, Lucía?", dijo Miguel, pasándole el cigarro. "¿Nunca has probado?"

Lucía lo miró, dudando. "Mi mamá dice que eso es malo."

"Tu mamá dice muchas cosas que después se le olvidan", respondió Miguel, con una sonrisa pícara. "Pruébalo. Una calada. Así se te quita lo tiesa y te sueltas."

Lucía tomó el cigarro con dos dedos, como si fuera a quemarle, y dio una calada corta. Tosió, con los ojos llorosos, y todos nos reímos. Pero la segunda calada fue más larga, y la tercera, más profunda. En diez minutos, la muchacha ya estaba recostada en el sofá, con los ojos entornados, con una sonrisa floja, con el cuerpo suelto como si le hubieran quitado un peso de encima.

"¿Ves?", dijo Miguel, dándole una palmada en el muslo. "No era tan malo. Ahora sí que estás lista para ser mujer." Sin embargo, al poco rato, Luicia se retiró discretamente a su cuarto, seguramente se sentía un poco mareada por los tequilas y la marihuana; o quizá simplemente se imaginaba lo que venía y para lo que ella todavía no estaba completamente lista.

Después de un rato de silencio, con el humo de la hierba flotando en el aire y el tequila haciendo su trabajo, Miguel se recostó en la butaca y me miró con esos ojos que ya estaban puestos en el negocio.

"Compadre", dijo, con la voz ya pastosa. "Me dijiste por teléfono que tenías algo que ofrecerme. Algo que necesitaba ver con mis propios ojos. ¿Qué es?"

Miré a Elena. Estaba sentada en el brazo de mi sillón, con una mano en mi hombro, y supe que ella sabía exactamente lo que venía. Se lo había dicho esa tarde, antes de que llegara Miguel. Le había dicho que su cuerpo iba a ser la ofrenda, que el compadre venía a probarla, y que ella iba a recibirlo como se recibe a un invitado de honor: de rodillas, con la boca abierta.

"Esto, compadre", dije, poniendo la mano en el muslo de Elena. "Te ofrezco a mi mujer. Esta noche, esta casa, y esta hembra son tuyas. Pídeme lo que quieras, y te lo doy."

Miguel se quedó mirándome, con el cigarro humeando entre los dedos. No dijo nada por un momento. Luego soltó el humo, lento, y una sonrisa se le fue formando en la cara, esa sonrisa de depredador que yo había visto en el rancho cuando se trataba de domar a un potro salvaje. Se pasó la lengua por los labios, saboreando la idea, y luego miró a Elena, despacio, de arriba abajo.

"¿Y ella está de acuerdo?"

"Pregúntale tú mismo."

Miguel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, mirando a Elena con esos ojos oscuros. "Elena. ¿Estás de acuerdo? ¿Quieres que te coja delante de tu marido y de tu hijastro?"

Elena tragó saliva. Vi cómo se le movía el pecho, cómo se le marcaban los pezones bajo el vestido. Y luego, con una voz que apenas era un susurro, respondió:

"Sí, Miguel. Quiero que me cojas."

"¿Y qué me das?", preguntó él, saboreando cada palabra. "¿Qué me ofreces?"

"Todo. Te ofrezco mi boca, mi panocha, mi culo. Te ofrezco mis tetas y mis pies. Te ofrezco todo mi cuerpo para que lo uses como quieras. Y... y te agradezco, Miguel. Te agradezco que me aceptes."

"Habla más fuerte", dijo Miguel. "Quiero que todos te oigan bien."

Elena alzó la voz, con las mejillas encendidas, con los ojos brillantes de una mezcla de vergüenza y deseo: "Te agradezco, Miguel. Te agradezco que me aceptes. Gracias por venir a esta casa a usarme."

Miguel se recostó en la butaca, con una sonrisa de satisfacción. "Me gusta, compadre. Me gusta cómo la tienes entrenada. Se nota que has hecho un buen trabajo con esta hembra. Ahora, que se desnude. Despacio. Quiero ver lo que me voy a coger."

Elena se levantó y se paró en el centro de la sala, frente a los tres hombres. La música seguía sonando bajito, una canción lenta de guitarra y acordeón. Se quitó el vestido con movimientos pausados, dejándolo caer al suelo, y quedó en ropa interior: el sostén negro que yo le había puesto esa tarde sabiendo lo que iba a pasar, y el calzón de encaje que apenas le cubría la panocha.

"Quítate el sostén", ordenó Miguel. "Pero con las manos detrás de la espalda. Que se te salgan solas."

Elena obedeció. Se llevó las manos a la espalda, desabrochó el sostén con dificultad, y las tetas le quedaron libres, cayendo pesadas, con los pezones erectos y oscuros. Miguel las miró un buen rato, como quien admira una obra de arte, y luego chasqueó la lengua.

"Son perfectas, Elena. Ni muy grandes ni muy chicas. Tienen la edad justa, la caída justa, el tamaño justo. Mírenla, muchachos: esta mujer no necesita sostén para presumir. Párate derecha. Que se vean bien. Ahora el calzón. Bájalo tú, lento, con las caderas moviéndose."

Elena se bajó el calzón, moviendo las caderas como yo le había enseñado, y quedó completamente desnuda. Miguel se levantó de la butaca, se acercó a ella, y empezó a caminar a su alrededor, mirándola como se mira a un caballo de raza: por delante, por detrás, de lado. Le pasó la mano por las tetas, pellizcándole un pezón. Le pasó la mano por el culo, apretándolo. Y luego se agachó, tomó uno de sus pies, y lo levantó para mirarlo de cerca.

"Compadre, me dijiste que te gustaban los pies. Ya veo por qué. Mira estos dedos, estos tobillos. Son pies de hembra, pies que han caminado descalzos esperando que un hombre se los lama. Son perfectos, Elena. Tienes los pies de una reina, pero vas a usarlos para servir a los hombres."

"Son tuyos esta noche", dije. "Todo es tuyo."

Miguel se llevó el pie de Elena a la boca y chupó sus dedos, uno por uno, con una lentitud obscena. Elena dejó escapar un gemido, echando la cabeza hacia atrás, y vi cómo se le humedecía la panocha, brillando bajo la luz de la sala. Miguel le lamió el empeine, el talón, el arco, con la lengua larga y caliente. Después soltó el pie, tomó el otro, y le dio el mismo tratamiento, sin prisa, saboreando cada centímetro de esa piel.

"¿Te gusta, Elena?", preguntó, con la boca llena de sus dedos. "¿Te gusta que un hombre te lama los pies delante de tu marido?"

"Sí... sí, Miguel... me gusta..."

"Pues mira", dijo, soltándole el pie y poniéndose de pie. "Esto es lo que vamos a hacer. Tú te vas a arrodillar frente a mí, y me vas a chupar la verga hasta que yo te diga. Y después, cuando yo esté listo, te voy a coger de todas las formas que se me ocurran. ¿Entiendes?"

"Entiendo, Miguel."

"Y cuando termine contigo, vas a quedar en el suelo, llena de leche, agradeciendo a los tres hombres que te hemos usado. ¿Entiendes?"

"Entiendo, Miguel. Y... y lo quiero. Lo quiero todo."

Elena se arrodilló frente a Miguel. Él se desabrochó el pantalón, lo bajó junto con el boxer, y ahí apareció lo que yo sabía que estaba guardado: la verga de Miguel era un monumento. Gruesa, enorme, con las venas marcadas como ríos, con la cabeza morada y brillante. Los huevos, también, eran grandes, pesados, colgando como dos frutos maduros. Samuel silbó bajito, impresionado. Yo me sonreí por dentro. No hay nada como el orgullo de un hombre que sabe que su compadre está bien dotado, porque eso habla bien de la familia a la que se une.

Elena lo vio también. Giró la cabeza, miró esa verga enorme, y supe que estaba haciendo cálculos: cómo le cabría, cuánto le dolería, cuánto le gustaría. Y supe también que el miedo que sentía era parte del placer. Que esa mezcla de temor y deseo era exactamente lo que la hacía temblar.

"¿Te gusta?", preguntó Miguel, con la verga en la mano, moviéndola para que ella la viera bien. "¿Te gusta lo que te voy a meter, Elena?"

"Sí... sí, Miguel. Me gusta."

"Pues ábrela."

Elena abrió la boca y tomó la verga de Miguel. No pudo meterla toda: era demasiado grande, demasiado gruesa. La tomó hasta donde pudo, con las manos en la base, y empezó a chupar con una dedicación que yo le conocía bien. Esa mujer chupa una verga como si estuviera rezando: con devoción, con entrega, con el deseo de agradar a un dios. Se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no se detenía. Al contrario: cada vez que tosía, volvía a tomar más, como si su garganta tuviera que aprender a recibir a ese hombre.

"Eso es, Elena", gruñó Miguel, poniéndole las manos en la cabeza. "Chupa rico. Chupa como la perra que eres. Toda la verga, hasta el fondo. Quiero sentir tu garganta."

Elena lo intentó. Tomó aire por la nariz, relajó la mandíbula, y empujó la cabeza hacia adelante. La verga de Miguel le llenó la boca, le tocó la garganta, y ella tosió, con los ojos llorosos, pero no se retiró. Volvió a empujar, y esta vez logró meterla un poco más. Miguel la guiaba, con las manos en su pelo, con los movimientos de sus caderas, marcando el ritmo.

"Ahora los huevos", ordenó Miguel, sacándole la verga de la boca. "Lámelos. Los dos. Con calma."

Elena bajó la cara y empezó a lamerle los huevos, primero uno, después el otro, con la lengua plana, con cuidado, como si estuviera lamiendo algo sagrado. Miguel dejó escapar un gruñido de placer y se volteó, poniéndose de espaldas a ella. "Ahora el culo", dijo. "Ponte debajo de mí. Boca arriba. Quiero que me lamas el culo mientras te miro la cara."

Elena se acostó en el suelo, boca arriba, y Miguel se colocó sobre ella, poniendo su culo directamente sobre su cara, sentándose prácticamente sobre ella. Elena extendió la lengua y empezó a lamer, sumisa, abriendo las nalgas de Miguel con las manos, metiendo la lengua en su culo con una entrega que me sorprendió incluso a mí. Yo la miré, desde mi sillón, y vi cómo sus ojos se cerraban, cómo su cuerpo se relajaba, cómo se entregaba a esa humillación como quien se entrega a un placer prohibido.

"Eso es, Elena. Lame rico. Lame como si no hubiera un mañana. ¿Te gusta, verdad? ¿Te gusta tener la cara llena de mi culo?"

"Sí... sí, Miguel... me gusta..."

"¿Y tú, Samuel?", dijo Miguel, con la voz ronca. "¿Qué esperas? Ven, pónganse los dos. Yo me siento en la cara de esta perra, y tú la coges. Que no se desperdicie nada."

Samuel se levantó del sofá, se desabrochó el pantalón, y su verga saltó libre, dura, con la leche lista. Se colocó detrás de Elena, que seguía boca arriba con la cara enterrada en el culo de Miguel, y le abrió las piernas. La panocha de Elena estaba chorreando, abierta, lista. Samuel la penetró de una sola embestida, y Elena soltó un gemido ahogado, atrapada entre el culo de Miguel y la verga de mi hijo.

Fue una escena que nunca olvidaré. Mi compadre sentado en la cara de mi mujer, restregándole el culo, haciéndose lamer el culo por esa lengua entrenada. Mi hijo cogiéndola por la panocha, con la verga entrando y saliendo de su panocha, con las tetas de Elena rebotando al ritmo de las embestidas. Y yo, desde mi sillón, con la verga en la mano, masturbándome lentamente, viendo cómo mi mujer servía a dos hombres a la vez.

"Compadre", dijo Miguel, girando la cabeza para mirarme. "Esta hembra es una joya. ¿Me la prestas para el rancho un fin de semana?"

"Te la presto cuando quieras", respondí, con la voz ronca. "Pero primero termina con ella. Que sepa que la hemos usado bien."

"Descuida, compadre. Yo termino lo que empiezo. Y esta perra se va a acordar de esta noche por mucho tiempo."

Samuel cogía a Elena con un ritmo cada vez más rápido, más profundo, y ella gemía entre las nalgas de Miguel, con la lengua siempre trabajando, siempre obedeciendo. Miguel se movía sobre su cara, frotándose, buscando el ángulo exacto que le diera más placer. Y yo, desde mi sillón, veía cómo mi mujer se convertía en un puente de carne entre dos hombres, y sentía que esa era la imagen más hermosa que un patriarca podía contemplar.

Miguel se vino primero. Se levantó de encima de la cara de Elena, se paró frente a ella, y con la verga en la mano, se masturbó un par de veces antes de estallar, llenándole la boca y la cara de leche. Ella se la tragó toda, sin derramar una gota, con los ojos cerrados, agradeciendo. Después fue Samuel, que se vino dentro de su panocha con un gruñido animal, enterrado hasta el fondo, vaciándose en ella.

Cuando terminaron, Elena quedó en el suelo, desnuda, con la cara marcada por la leche de Miguel, con la panocha chorreando la de Samuel. Respiraba agitada, con los ojos vidriosos, con una sonrisa de satisfacción que me dijo que estaba en el lugar exacto donde quería estar.

"Levántate", le ordenó Miguel. "Y ven aquí."

Elena se levantó, tambaleándose, y se acercó. Miguel la tomó de la barbilla y le levantó la cara, mirándola con esos ojos de bestia. "¿Sabes lo que falta, Elena? ¿Sabes lo que un hombre de rancho hace con una perra después de usarla?"

"No... no sé, Miguel."

"Pues te va a gustar aprender. Arrodíllate. Aquí, frente a mí."

Elena se arrodilló. Miguel se paró frente a ella, con la verga flácida y húmeda, y se la puso en la cara, restregándola por sus mejillas, por su frente, por su boca. Después dio un paso atrás, abrió las piernas, y dejó que un chorro de orina caliente cayera sobre ella.

El líquido le cayó en la cara, en el pelo, en las tetas. Elena cerró los ojos, abrió la boca, y recibió la lluvia de Miguel sin protestar. Al contrario: la veía tragar, la veía agradecer, la veía temblando de placer mientras el calor le corría por el cuerpo. Yo me puse duro de nuevo, mirando la escena. Samuel también, porque lo vi moverse en el sofá, acomodándose la verga.

"Ahora tú, compadre", dijo Miguel, cuando terminó de orinar. "Es tu mujer. Márcala tú también."

Me levanté, me desabroché el pantalón, y me paré frente a Elena. Ella me miró desde el suelo, con la cara empapada, con los ojos suplicantes, con la boca abierta. "Por favor, Carlos. Por favor... márcame tú también."

No lo dudé. Dejé que el chorro caliente cayera sobre ella, mezclándose con el de Miguel, bañándola entera. Y cuando terminé, la tomé de la mano, la levanté, y la abracé. No como se abraza a una perra, sino como se abraza a una mujer que acaba de entregarse por completo.

"Esa es mi hembra", le dije al oído. "Esa es la mujer que gobierna esta casa. No por mandar, sino por servir."

Miguel se acercó y le pasó la mano por el pelo mojado, como quien acaricia a un animal después de domarlo. "Eres una joya, Elena. Una verdadera joya. Tu marido tiene razón: naciste para esto."

"Gracias, Miguel", susurró ella, con la voz rota. "Gracias por usarme. Gracias por hacerme sentir viva."

"Y esto es solo el principio", dijo Miguel, mirándome con una sonrisa. "¿Verdad, compadre? Aquí falta una más. La joya de la casa."

Lucía no había salido de su cuarto en toda la noche. Pero yo sabía que estaba despierta. Había oído sus pasos, había oído el crujido de su cama, había oído sus gemidos ahogados detrás de la puerta. Y cuando terminamos, cuando Elena se fue a bañar y Miguel y Samuel se quedaron en la sala con otra botella, yo me levanté y fui a su puerta.

No entré. Me quedé afuera, escuchando. Y la oí llorar. No de tristeza: de confusión. De deseo. De no entender lo que su cuerpo le estaba pidiendo. La oí moverse en la cama, con la respiración agitada, y supe que había estado escuchando cada gemido de su madre, cada gruñido de Miguel, cada embestida de Samuel. Supe que se había estado tocando, mojando, imaginando.

Volví a la sala y me senté con los hombres. Miguel liaba otro cigarro, con las manos ya torpes por el alcohol. "¿Y la muchacha, compadre? ¿Cuándo la vas a traer a la manada?"

"Pronto. Muy pronto. Elena ya está trabajando en eso."

"¿Y ella quiere?", preguntó, con una sonrisa pícara. "La vi mirándome toda la noche. Con esos ojazos. Esa muchacha tiene hambre, compadre. Hambre de hombre."

"La tiene", confirmé, tomando un trago de tequila. "Pero todavía no lo sabe. Y cuando lo descubra, va a ser un espectáculo."

"¿Y tú qué opinas, Samuel?", dijo Miguel, girándose hacia mi hijo. "¿Te gusta tu hermanastra?"

Samuel sonrió, con esa sonrisa que yo conozco porque es mía. "Es bonita. Y tiene un cuerpo que no sabe usar. Pero yo le puedo enseñar."

"Me gusta ese muchacho, compadre", rio Miguel, dando una calada al cigarro. "Tiene la sangre de su padre. ¿Y sabes qué? Cuando esa muchacha esté lista, quiero ser yo el primero. Quiero ser yo quien le abra las piernas. Quiero ser yo quien le quite esa virginidad que seguro todavía guarda."

"Lo serás", dije, con la voz firme. "Te lo prometo, compadre. Antes de que termine la semana, Lucía va a estar de rodillas frente a ti. Y vas a ser tú el que la estrene."

Miguel sonrió, con esa sonrisa de depredador que me gusta. Levantó su vaso de tequila y lo chocó con el mío. "Por la joya de la casa. Por Lucía. Y por esta familia, compadre, que cada día es más grande."

"Por la familia", respondí, bebiendo.

Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, me quedé un rato despierto en la sala, con el último cigarro del día. Elena salió del baño, envuelta en una bata, con el pelo mojado, y se sentó en mis piernas.

"¿Estás contento, Carlos?", me preguntó, acariciándome el pecho.

"Muy contento, mujer. Has sido perfecta. Exactamente como te enseñé."

"Miguel es... impresionante", dijo, con la voz baja. "Nunca había sentido una verga así. Apenas entraba en mi boca, Carlos. Y me encantó."

"Lo sé, mujer. Lo vi todo. Y me gustó verte así, entregada, usada, feliz."

"¿Y Lucía?", preguntó, con la voz todavía más baja. "¿Cuándo?"

"Pronto. Mañana empiezas a trabajar con ella. De verdad. Sin rodeos. Necesito que la convenzas, Elena. Necesito que le enseñes que esto no es una humillación, sino un honor. Que ser la mujer de esta casa, de estos hombres, es el mejor destino que puede tener."

Elena asintió, con los ojos brillantes. "Lo haré, Carlos. Te lo prometo. Haré que mi hija entienda lo que es ser una mujer de verdad. Que entienda que su cuerpo es un regalo, y que los hombres de esta casa son los únicos dignos de recibirlo."

"Eso es lo que quería oír", dije, tomándola de la barbilla y besándola. "Ahora, ven. Acompáñame a la cama. Aún tengo energía para otra ronda."

Elena sonrió, con esa sonrisa de hembra satisfecha, y se levantó, ofreciéndome la mano. "¿Y qué quiere mi señor esta noche? ¿Otra vez mis pies? ¿Mi boca? ¿Mi panocha?"

"Todo", respondí, tomándola de la cintura. "Todo lo que me puedas dar. Porque eres mi mujer, Elena. Y porque esta noche has demostrado que mereces ser la reina de esta casa. Aunque tu reinado sea de rodillas."

Ella se rio, bajito, y se dejó llevar a la recámara. Y esa noche, mientras la cogía una vez más, con el sabor de Miguel todavía en su piel y la leche de mi hijo todavía escurriéndole de la panocha, supe que estábamos en el camino correcto. Que esta casa, esta familia, estaba a punto de alcanzar su forma definitiva.

Solo faltaba una pieza.

Solo faltaba Lucía.

--------------------------- Continua en capítulo 3 --------------------------------