Me llamo Gloria y tengo treinta y cuatro años. Soy una mujer del valle, de esas que crecieron creyendo que el matrimonio era para siempre y que el amor podía con todo. Vivo en una casa modesta pero acogedora en las afueras del pueblo, donde el aire siempre huele a tierra mojada y a café recién colado. Tengo el cabello negro y largo que me llega hasta la mitad de la espalda, ojos cafés grandes que antes brillaban de alegría y un cuerpo que, aunque ya no es el de los veinte, todavía atrae miradas: pechos medianos pero firmes, cintura estrecha, caderas anchas y unas nalgas redondas que a Luis le encantaban apretar cuando llegábamos del trabajo. Llevo doce años casada con Luis, mi marido de treinta y dos. Nos conocimos cuando yo tenía veintidós y él veinte. Él era el chico fuerte del taller mecánico, siempre con las manos llenas de grasa y una sonrisa que me desarmaba. Yo trabajaba en la panadería del centro y cada tarde le llevaba empanadas calientes. Nos casamos rápido, casi por impulso, y durante los primeros años todo fue perfecto. Hacíamos el amor casi todas las noches, con pasión, con risas, con ganas. Luis era vigoroso, duraba, me hacía sentir deseada. Yo me sentía la mujer más