A la semana siguiente estaba todo como lo había planeado. Mi marido había regresado de su seminario que lo mantuvo por fuera el fin de semana con puente. Seguía como siempre siendo todo un culeador, dándome sus buenas folladas profundas y salvajes que me dejaban temblando y con las piernas débiles durante horas. Y mi hijastro Raúl también lo hacía con la misma intensidad animal e insaciable. Como yo seguía de vacaciones, aprovechaba cuando estábamos solos las tardes en casa. Llegué a recibir más de 6 polvos en un solo día, pero cada día era más riesgoso pues me demoraba más tiempo en el cuarto de mi hijastro supuestamente ordenando mientras el papá esperaba en el comedor desayunando, ajeno o fingiendo ignorar las razones de mi tardanza.
Durante esa semana la tensión en casa se había vuelto casi insoportable. Cada vez que Mike llegaba del trabajo yo ya tenía el coño hinchado y lleno del semen de su hijo. Tenía que disimular, cruzar las piernas en la mesa mientras cenábamos, sintiendo cómo me chorreaba lentamente por los muslos. Raúl se había vuelto más atrevido: me agarraba por detrás en la cocina cuando su padre estaba en la ducha, me metía dos dedos sin aviso y me susurraba al oído lo puta que era por dejar que los dos me usaran. Yo me derretía. El riesgo me ponía tan cachonda que a veces me corría solo con sus palabras sucias.
El deseo y la energía sexual de Raúl era implacable. Había heredado ese don de su padre y en la edad que estaba era un semental listo para inseminar hembras fértiles, con una verga gruesa, venosa y siempre dura como acero, palpitante y llena de vida juvenil. Algunas de mis amigas y vecinas me hacían el comentario de lo bueno que estaba y las de más confianza me decían que se lo comerían con gusto y que cómo hacía yo para aguantarme las ganas. Pero yo mantenía el secreto; solo les contaba que lo había visto desnudo bañándose y que tenía una herramienta de alto calibre, gruesa como mi muñeca y larga como mi antebrazo, con venas que se marcaban prominentemente y un glande hinchado que prometía placer intenso. Eso las ponía más calientes y las dejaba imaginando escenas prohibidas. Algún día les ofrecería a Raúl para que las perfore y les drene sus huevos hasta dejarlas temblando y adictas. Pero mientras me enfocaba en mantener a mis hombres contentos, aunque creo que mi marido sospechaba algo y esa sospecha solo aumentaba mi excitación prohibida.
A veces Raúl observaba, pues a su petición dejaba la puerta entreabierta para que él mirara cómo cabalgaba a su padre como una puta en celo. Levantaba mi culo apuntando hacia la puerta y él miraba cómo me hacía llegar. Decía que le gustaba ver mi ojete guiñar con cada embestida fuerte. Y casi al instante de que su padre saliera, entraba y me penetraba sin demora, tanqueándome el culo por completo con su verga joven y dura. El chico era un morbo sucio y yo me volvía loca con esa sensación de ser usada por ambos.
Yo deseaba ser dominada por estos dos machos a la vez, que su padre lo invitara a participar mientras estoy sobre él y Raúl penetrara mi ano para sentir esas dos vergas, padre e hijo, estallando dentro de mí a la vez, llenándome hasta el límite y marcándome como su puta familiar compartida.
Había llegado el domingo y los invité a salir al patio a tomar el sol sobre unas sillas playeras que aunque no teníamos piscinas estaban en el patio más que todo por adorno.
—Aprovechemos y bronceémonos —les dije.
Ellos aceptaron, sali
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