Me llamo Laura y necesito sacar esto de mi pecho… es como una confesión que nadie más va a escuchar. Todavía tiemblo cuando lo recuerdo todo.
Soy profesora de la Universidad del Cauca. Tengo 37 años, vivo con mi novio, soy de piel blanca, mido 175 cm, tengo cabello negro y uso lentes siempre.
Era un domingo por la tarde. El día anterior había pasado un hermoso fin de semana en casa de mis padres. Habíamos hecho un gran asado familiar el sábado: carne a la parrilla, vino, risas con mis hermanos y sobrinos, música hasta tarde. Fue uno de esos días perfectos que te recargan las energías. Esa mañana del domingo desayuné con toda la familia, me despedí con abrazos y besos, y emprendí el regreso a la ciudad. Tenía que volver para trabajar el lunes. Conducía relajada, con un vestido veraniego ligero que me había puesto esa mañana, escuchando música y pensando en lo bien que lo había pasado.
Pero a mitad de camino, en una carretera secundaria que tomé para acortar distancia, el motor empezó a fallar. De repente salió humo blanco del capó y el coche se detuvo en medio de la nada. Campos, colinas y silencio absoluto. Sin señal en el celular, sin casas cerca, sin nada. Me bajé desesperada, revisé el motor aunque no entendía nada y esperé. Pasaron casi dos horas bajo ese sol infernal, sudando y cada vez más angustiada, hasta que vi una camioneta destartalada acercándose.
Del vehículo bajó Raúl, un hombre grande, de unos 45 años, moreno, con barba de varios días y brazos fuertes cubiertos de grasa. Llevaba un mono de mecánico abierto hasta el pecho. Me miró de arriba abajo de una forma que inmediatamente me puso nerviosa.
Le expliqué todo con voz temblorosa: que venía de pasar el fin de semana en casa de mis padres, que se había averiado el coche y que necesitaba llegar cuanto antes a la ciudad porque al día siguiente tenía que trabajar. Le pedí por favor que lo arreglara.
Raúl revisó el motor en silencio durante varios minutos, hizo algunas cosas, sacó una pieza, la limpió, la sopló, le ajustó algo, la reinstaló, finalmente cerró el capó, me pidió las llaves, lo encendió, lo apagó de nuevo y salió.
—Ya está. Arreglado de forma provisional. Te va a servir para llegar, pero después tendrás que llevarlo a un taller serio —dijo secamente.
Respiré aliviada. Le pregunté cuánto le debía, saqué mi billetera con confianza y le dije:
—No se preocupe, puedo pagarle con tarjeta. Tengo Visa y Mastercard.
Raúl soltó una risa corta.
—¿Tarjeta? —repitió, como si hubiera dicho una estupidez—. ¿Tú crees que aquí tengo un datáfono?
Su tono cambió por completo. Se puso visiblemente furioso. Su cara se endureció y dio un paso más cerca de mí.
—Aquí no hay nada. Ni cajero, ni señal, ni tarjetas que valgan. O me pagas… o te quedas aquí tirada toda la noche, sola en esta carretera. No sea abusiva: le arreglé el carro y me sale con esas bobadas.
El miedo me invadió. Intenté insistir, le dije que podía transferirle por el celular apenas tuviera señal, pero eso solo lo enfureció más.
—O me pagas como corresponde… o me subo a mi camioneta y te dejo aquí sola. Tú decides.
—¿Cómo le puedo pagar si no tengo efectivo? —susurré aterrorizada.
Él me clavó la mirada, oscura y dominante, y pronunció las palabras que lo cambiaron todo:
—Págame como una mujer.
El corazón me latió en la garganta.
—¿Qué… qué desea?
—Chúpamelo.
Quise gritar. Quise correr. Pero estaba atrapada en medio de la nada con un hombre que pesaba el doble que yo. No había escapatoria. Con lágrimas quemándome los ojos, acepté.
Me arrastró detrás de su camioneta. Me arrodillé sobre el pasto seco y áspero. Ajusté mis lentes. Con manos temblorosas bajé el cierre de su mono. Su pene salió pesado, grueso, venoso y ya medio erecto. El olor me golpeó como un puñetazo: sudor rancio, orina, macho sin lavar. Arcadas subieron por mi garganta.
—Qué esperas, chúpelo —ordenó.
Quería que terminara rápido para acabar con esto. Cerré los ojos, metí su verga en la boca y empecé a masturbarlo con la mano mientras lo chupaba.
—No, así no —gruñó molesto—. Solo con la boca.
Solté mi mano. Sabía que así tardaría más, pero no me atreví a contradecirlo. Entonces Raúl, impaciente, metió sus manos grandes y sucias dentro de mi vestido veraniego, bajó los tirantes de un tirón y me sacó las tetas al aire. Me dejó en cuclillas, con las tetas completamente desnudas, expuestas al sol y al aire libre. Sus manos ásperas y grasientas las manoseaban con fuerza, apretándolas, pellizcando mis pezones y sacudiéndolas mientras yo seguía chupando. Sentía vergüenza y humillación, pero no me atrevía a protestar.
Empecé a chupar con más fuerza, con determinación, tratando de hacerlo acabar cuanto antes. Movía la cabeza rápido, metiéndomela lo más profundo que podía e intentando que mis labios subieran y bajaran su prepucio. Aunque el olor y el sabor salado y amargo me revolvían el estómago.
Era inútil. Deseaba no tocar mucho ese glande sucio, pero si no lo hacía, jamás terminaría. Entonces tuve que chupárselo con más presión. El sabor era salado y amargo; a los minutos había perdido algo de ese sabor porque de tanto mamar se la había limpiado con mi boca. Aun así, sus huevos olían a puro sudor.
Tenía que hacerlo disfrutar para que llegara rápido. Entendí por sus reacciones que le gustaba cuando me lo tragaba todo y succionaba a la vez. Mis mejillas se hundían hasta el límite, tragué mucha saliva, lo miraba a los ojos para ver si estaba haciendo bien la mamada y me guiaba por sus reacciones. Cuando tragaba esa verga asquerosa casi hasta el fondo, el tipo se desencajaba de placer, así que tuve que usar más ese movimiento: lo tragaba hasta el fondo (su glande rozaba mi garganta), lo sacaba un poco y lo volvía a tragar, siempre chupando.
Cuanto más se ponía dura y gruesa en mi boca, más humillada me sentía. Odiaba admitirlo, pero cuando haces gozar a un hombre también disfrutas de hacerlo, y mi cuerpo estaba respondiendo: mi cuca se me mojó.
—Dame tus bragas —exigió de repente.
Pensé que me las pedía porque iba a penetrarme. El miedo me recorrió todo el cuerpo, pero en el fondo una parte de mí lo deseaba. Sin sacar su pene de mi boca, metí la mano bajo la falda, me las quité y se las entregué. Raúl las olió con fuerza, aspirando mi olor, y luego las apretó en su puño. Sin decir nada más, me empujó la cabeza hacia abajo con brutalidad, follándome la boca sin piedad. Yo solo lograba soltar algunos gemidos cada vez que su punta chocaba contra mi garganta, mientras él seguía apretando y manoseando mis tetas desnudas.
Sentía cómo su verga palpitaba, cada vez más hinchada. El olor penetrante se me metía por la nariz con cada embestida. De pronto soltó un gruñido gutural y eyaculó violentamente. Chorros espesos y calientes me llenaron la boca y la garganta. Aunque quería escupir todo eso, tragué gran parte porque me tenía bien agarrada y su pene estaba en el fondo. Algo logré sacar por las comisuras. El sabor era fuerte, amargo y pegajoso.
Cuando por fin me soltó, me quedé de rodillas, jadeando, con la boca llena de su semen y ese olor a pene sucio que no se iba. Me sentía violada. Usada. Sucia. Tenía la cara de asustada, con los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas.
Raúl hizo un último movimiento y, como cuando un pintor sacude su pincel para limpiar el exceso de pintura, el muy puerco sacudió su pene ya algo flácido frente a mi rostro. Un grueso hilo de semen mezclado con saliva salió disparado y me golpeó directamente en la frente, bajando en una línea lenta y pegajosa por mi nariz, cruzando parte de mis lentes y llegando hasta mi labio superior. El semen caliente y espeso cubrió el cristal izquierdo de mis lentes, distorsionando mi visión, y goteaba lentamente por mi mejilla. Me quedé paralizada, con esa cara de terror.
—Qué esperas, lárgate de aquí —me espetó con desprecio.
Aún de cuclillas y con las tetas al aire, le supliqué con voz quebrada:
—Por favor… las llaves… devuélvame las llaves.
Raúl soltó una risa baja y cruel. Agarró las llaves y las tiró con fuerza al pasto alto, varios metros lejos de la camioneta. Me vi obligada a gatear medio desnuda entre la hierba seca, buscando las llaves mientras sentía su semen escurriéndose por mi cara y mis tetas todavía expuestas.
—Si regresas te doy por el culo —dijo simplemente cuando por fin las encontré.
Me paré de inmediato, me subí casi corriendo a mi auto, aún con las tetas fuera y sin calzones. Arranqué y me fui sola por la carretera. Durante todo el camino de regreso no pude quitarme el sabor. El olor penetrante a pene sucio se me había pegado en la nariz y en la boca. Sentía su semen pesado en mi estómago y el rastro pegajoso secándose en mi cara y lentes.
Pensé varias veces en parar a un lado de la carretera y vomitar para sacar todo eso de mi cuerpo… pero tenía miedo de que volviera ese tipo. Me daba pena con mi novio que me oliera y notara ese inconfundible aliento a verga que tenía en la boca. Ya era tarde, estaba exhausta y solo quería llegar a casa. Cada trago de saliva me recordaba lo que había pasado. Todavía lo siento.
Llegué a casa horas después, con las bragas olvidadas en su camioneta y una mezcla de vergüenza, asco, miedo y una extraña excitación que aún no logro entender.
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