Capítulo 3: El Pacto y el Primer Intercambio
La mañana llegó con una luz demasiado brillante que se colaba por las rendijas de las persianas. Me desperté antes de que sonara la alarma, con el cuerpo tenso y la mente ya en alerta. Lo de anoche con mi padre no había sido un sueño. El sabor de mi propia semen todavía parecía estar en el aire de mi cuarto, un fantasma de sal y transgresión. Me levanté y me miré en el espejo del baño. Mis ojos tenían sombras, pero también un brillo que no reconocía. Excitación, ansiedad, y algo más: determinación.
Desayunamos en un silencio cargado. Mi madre, Claudia, movía su cuchara en el cereal sin mucha convicción. Mi padre, Rodrigo, leía el periódico con una concentración forzada. Renata era la única que parecía completamente en su elemento, comiendo fruta con una sonrisa pequeña en los labios, sus ojos recorriéndonos a cada uno como si estuviera evaluando el menú del día.
—Entonces —dijo ella finalmente, rompiendo el hielo—, ¿todo listo para la sesión de hoy?
Mi padre bajó el periódico. —Sí. ¿A qué hora quieren empezar?
—Después de que limpie la cocina —dijo mi madre, su voz un poco temblorosa—. Digamos, en una hora.
—Está bien —asintió mi padre.
Nadie mencionó lo de “intercambio” o “sexo”. Las palabras flotaban invisibles sobre la mesa, pero todos las escuchábamos.
Una hora después, estábamos reunidos en el dormitorio principal. Era la habitación más grande de la casa, con una cama king size, paredes color beige y ventanales que daban al jardín trasero. Las persianas estaban semi cerradas, creando una luz tenue y dorada. Renata había preparado el espacio: sábanas limpias, algunas toallas a la mano, y hasta había encendido un difusor con aroma a sándalo.
Todos estábamos vestidos aún. La tensión era palpable, un animal vivo que respiraba entre nosotros.
—Bueno —dijo mi padre, cruzando los brazos—. Aquí estamos. ¿Cómo queremos hacer esto?
—Lo que acordamos —respondió mi madre, con más firmeza de la que esperaba—. Gael conmigo. Tú con Renata. Aquí, en la misma habitación. Empezamos… despacio.
Renata asintió. —Sí. Y sin prisa. Hoy no hay cámaras. Solo nosotros.
—¿Alguna objeción? —preguntó mi padre, mirándome a mí.
—Ninguna —dije, mi voz sonando más segura de lo que me sentía.
—Entonces empecemos —dijo mi madre.
Comenzamos a desvestirnos. Esta vez no había ritual artístico, no había poses para una cámara. Era solo nosotros, quitándonos la ropa frente a los otros con un propósito claro y