Capítulo 5: Después del Banquete, el Hambre

El silencio de la mañana siguiente no era pacífico; era el silencio de un campo de batalla después de la masacre, cuando los gritos han cesado y solo queda el olor a pólvora, sangre y tierra revuelta. La luz del sol, implacable y alegre, se colaba por las ventanas del salón, iluminando el desastre con una crudeza obscena: copas volcadas, manchas de vino en la alfombra, ropa interior rasgada y abandonada como pieles mudadas, el mantel de lino arrugado y sucio de fluidos secos que brillaban bajo la luz. El aire, a pesar de las ventanas abiertas, seguía cargado con el olor dulzón y ácido del sexo, el sudor y la cera de velas derretidas.

Valentina fue la primera en moverse. Desnuda, su cuerpo pálido y marcado con moretones, amoratados y rojos —marcas de dientes en sus hombros, de dedos en sus caderas— se incorporó del suelo con la lentitud de una anciana. Su cuerpo le dolía en lugares que no sabía que podían doler, un dolor profundo, muscular, que hablaba de posiciones forzadas y de una actividad frenética y sin amor. Miró a su alrededor. Diego dormía boca abajo cerca de la chimenea, una manta arrugada cubriéndole solo las piernas, su espalda marcada con arañazos largos y rojos. Camila estaba acurrucada en un rincón, envuelta en el mantel, su rostro enterrado en sus brazos. Sebastián, imperturbable, estaba sentado en la butaca de cuero, desnudo también, observándola con ojos claros y despiertos, una copa de agua en la mano. Parecía descansado, como si la noche hubiera sido un ejercicio satisfactorio, pero no agotador.

“Buenos días”, dijo Sebastián, su voz ronca pero serena. “El amanecer después del diluvio. Siempre es interesante ver qué queda a flote.”

Valentina no respondió. Buscó su vestido lila, rasgado e inservible, y lo dejó caer. En su lugar, tomó una manta del sofá y se envolvió en ella, como un sudario. Caminó hacia la cocina, sintiendo cada mirada de Sebastián en su espalda como un dedo frío trazando las vértebras.

En la cocina, la normalidad era un insulto. El reloj de pared marcaba las ocho. Los pájaros cantaban fuera. Ella puso agua para el café con manos que temblaban ligeramente. El recuerdo de la noche le golpeó en oleadas: la furia en los ojos de Diego cuando la penetró sobre la mesa, la boca experta de Sebastián en su sexo mientras observaba a Camila, la sensación de tener a dos hombres, su hijo y el amigo de su marido, usándola al mismo tiempo, intercambiándola como un objeto. Y por encima de todo, la traición. Había traicionado a Diego al elegir a Sebastián primero. Y Diego la había traicionado al coger a Camila con esa rabia posesiva. Y Camila… Camila los había traicionado a todos al entregarse tan completamente al juego.

El agua hirvió. Valentina preparó el café con movimientos automáticos. Oyó pasos detrás de ella. Era Diego. Se había puesto unos pantalones cortos, pero estaba descalzo y sin camisa. Su cuerpo, delgado y musculoso, estaba cubierto de marcas: arañazos en la espalda, moretones en los brazos, un mordisco profundo en el hombro que ella reconocía como suyo. Su rostro estaba pálido, sus ojos verdes inyectados en sangre y llenos de una tormenta silenciosa.

“¿Café?”, preguntó Valentina, su voz neutra.

Diego no respondió. Se acercó, la agarró del brazo y la giró para enfrentarla. Su mirada era intensa, dolorida, furiosa. “¿Por qué?”, susurró, su voz quebrada. “¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué con él primero? ¿Delante de mí?”

Valentina sostuvo su mirada. En su interior, una parte de ella se desgarraba por el dolor en sus ojos. Pero otra parte, más fría, más endurecida por la noche, se encogía de hombros. “Tú también lo hiciste, Diego. Con Camila. En el estudio. Y luego anoche, con ella otra vez, delante de mí.”

“¡Eso fue diferente!”, gritó él, apretando su brazo con fuerza. “¡Ella me provocó! ¡Ella vino a mí! ¡Tú… tú elegiste a ese buitre sobre mí!”

“¿Y qu